Seda y susurros

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Los elogios de los pashás, consejeros y ministros colmaban el aire como incienso dulce, llenando de orgullo los pechos de Hürrem y Suleimán. Un año había pasado desde que el joven Mehmed fue enviado a Manisa, y sus informes eran impecables. El muchacho brillaba.

—Será un buen sultán —murmuró Suleimán, su voz cargada de una serenidad inesperada.

—No tanto como usted, mi sultán —respondió Hürrem con una sonrisa tranquila.

—No me elogies por cortesía, Hürrem. Sé que tú también lo crees en el fondo.

Ella bajó la mirada.

—Bueno... la verdad es que no pienso en Mehmed y el trono. No puedo imaginar a otro en él... Al principio creí que era por amor. Pero ahora sé que es lealtad.

—¿Eres feliz? —le preguntó Suleimán sin mirarla.

—En su mayoría, sí. Soy una mujer plena.

Hubo un silencio breve, tibio como un atardecer.

—Hürrem... No sé si quiero volver a tu lado —confesó él, con una calma que ocultaba grietas—. No puedo ofrecerte estabilidad.

—Lo entiendo. Y lo respeto. Eres mi sultán, el padre de mis hijos. Pero ya no quiero vivir en la angustia de preguntarme si me amas o no. Pasé demasiado tiempo así. Creo que es momento de volar… hacia otros rumbos.

—¿Otros rumbos? —La frase dejó un vacío en el pecho de Suleimán. ¿Acaso ella pensaba irse?

—Sí. Usted con sus deberes, sus mujeres... y yo con mis hijos, y mi fundación. —Se levantó con suavidad y lo dejó solo en la sala de mármol. La quietud que dejó detrás era casi insoportable.

Suleimán se quedó mirando la lámpara de aceite, cuya llama parpadeaba en silencio. Alivio y desasosiego se mezclaban en su interior. ¿Y si tenía a otro?

🥀

—Necesito una tropa mediana —pidió Firuze en voz baja.

—Es demasiado —respondió Tagmasp con frialdad—. Bien cuidado no significa invulnerable.

—¿Puedes tenerme algo de fe?

—Firuze... Han pasado años desde que estás en esta misión. Y aún no veo resultados.

—¿Nada? —gritó ella, lanzando una daga a sus pies—. ¿Te parece que es fácil? ¡Entonces ve tú y hazlo, Tagmasp!

—¿Estás loca?

—¿No eres el gran soldado que tanto presume? ¡Hazlo tú! —El hombre la empujó con desdén, y su mirada recayó sobre el niño que Firuze había tenido con Suleimán.

—Haz lo que se te pide. Cría a ese bastardo para que sea útil al Imperio. Y prepárate. Pronto te quiero en Persia.

—Primero necesito tu ayuda. Después partiré.

—Veremos —masculló él, saliendo con pasos bruscos. Al salir, dio órdenes a su soldado sin mirarlo a los ojos.

—¿Sucede algo, señor?

—Mi esposa quiere soldados. Entrégaselos. Lo que pida.

🥀

—¡Por Dios, Mihrimah! Si sigues comiendo así, no quedará nada. ¿En tu palacio no te alimentan? —bromeó Selim, observando cómo su hermana devoraba un plato de perdices.

—¿Y a ti qué te importa? ¡Madre! ¡Selim es un grosero!

—Basta —intervino Hürrem con voz suave, posando los cubiertos. Sus ojos brillaban, no de furia, sino de una tristeza contenida.

—¡Mira lo que has hecho, Selim! —le reprochó Bayaceto.

Pero Hürrem solo miraba a su hija con una ternura infinita. Mihrimah mantenía el mentón en alto, pero sus labios temblaban.

—Lo siento, hermana. Solo bromeaba... Come lo que quieras, por favor —murmuró Selim, acercándose a ella.

Y cuando la abrazó, Mihrimah estalló en un llanto incontenible.

—¿Madre...? ¿Llora porque tiene hambre? —preguntó Cihangir, confuso.

Hürrem rió suavemente, despeinando a su hijo.

—No, mi amor. Tu hermana va a tener un bebé. Está más sensible.

—Vayan a comer a sus aposentos. Quiero quedarme un momento a solas con Mihrimah —dijo, acariciando los rostros de sus hijos uno por uno. Incluso a Selim.

Las criadas se llevaron los platos y los pasos de los niños se perdieron en el pasillo.

—No estoy embarazada —dijo Mihrimah, negando con la cabeza—. Solo estoy... abrumada.

—Lo estás. Reconozco la maternidad cuando la veo —susurró Hürrem.

—¿Me darás consejos?

—No soy experta. Pero pase lo que pase, no planeo separarme de ti.

—¡Esma! —llamó Mihrimah.

—¿Sí, majestad?

—Llama a la doctora. Quiero salir de dudas.

🥀

La fiesta por el supuesto embarazo de Mihrimah trajo júbilo al harén y más allá. Hasta los cielos parecían sonreírle a la dinastía: Allah, en su infinita gracia, les regalaba una nieta de cabellos rojizos.

Dilara Nurbahar Hatun llegó con una sorpresa en brazos: la pequeña Hümashä Sultán.

La mujer irrumpió en medio de la celebración, y entre risas y canciones se unió a su cuñada Mihrimah en la dicha. Por un momento, el palacio era paz.

Firuze observaba en silencio, con su hijo a su lado.

—No puedo creerlo... —susurró.

—No sufra, sultana. El príncipe es aún joven. A diferencia de los hijos de la sultana Hürrem, el suyo vivirá más allá... —dijo su criada con una sonrisa ambigua.

Firuze se sintió aliviada, pero su mirada se deslizó hacia su hija Humeyra, quien miraba con extraña intensidad a Mihrimah.

—¡Humeyra! A tus aposentos. Ahora.

—Pero madre...

—Dame ese regalo. Yo se lo entregaré. ¡Neilan, llévatela!

Mientras tanto, Murhan se acercó a Nurbahar.

—Señora. No volverá sola a Manisa. Regresará conmigo.

—¿Murhan? ¿Hay alguna razón para que yo prescinda de ti? —intervino Sharazad.

—Sultana Sharazad, son órdenes del sultán. Acompañaré a la kadin y a la sultana Hümashä.

Suleimán asintió desde la distancia. La decisión estaba tomada.

—Bien. Te daré algunas cosas para mi sobrino. Luego, ve a mis aposentos.

—Sí, sultana.

—Tengo miedo... —susurró Nurbahar a Hürrem.

—No pienses así, cariño. Hümashä lo sentirá.

—Lo intento. Pero me es inevitable... Que Allah cuide al príncipe Mehmed.

Gizli se acercó, con una sonrisa confiada.

—No tema, Kadin. El príncipe Mehmed está bendito por Allah. Es hijo de una sultana devota.

Nurbahar se limitó a sonreír. Algo en los ojos de la criada la inquietaba, pero no dijo nada. Solo quería proteger a su amor… y a su hija.

La celebración terminó con danzas lentas y risas apagadas. Pero Firuze no sonreía. Sentía una presión en el pecho, como si el destino la asfixiara.

¿Qué debía hacer para que su hijo estuviera primero?

¿Por qué siempre Hürrem era la favorita del destino?

¿Y si…? No. Aún no. Pero la idea flotaba como una nube negra al borde del cielo estrellado.

La calma reinaba. Pero la tormenta ya se acercaba, vestida de seda y susurros.

Serpiente Rusa |Finalizada|Donde viven las historias. Descúbrelo ahora