Cinco años han pasado desde la última vez que Ayden Emory vio por última vez a Arya Harley. Sabía que estudiaba en el extranjero, pero nunca dónde. Ella había hecho un contrato aparte para que nunca se le informara al millonario de su paradero. De nada servía revisar las redes, ella no estaba en ellas. De nada servía buscarla, es como si se hubiera desvanecido cuál espuma en el mar.
—Señorita Edwards, tiene una llamada por teléfono —anuncia su asistente en el umbral de su puerta—. Es de Mark Emory.
—Pásemela, por favor. Cierra la puerta, Dalila, por favor —pide amablemente.
—¡Hola Annie! —saluda Mark cuando esta descuelga.
—Hey, hola Mark, ¿qué tal va todo? —inquiere ella mientras quita pelusa imaginaria de su falda ajustada debajo de su bata de doctor.
Mark no solía llamar seguido, pero cuando lo hacía, ella solía responder.
—Aquí, esperando que me digas cuando estarás en Nueva York —comenta él, esperando que ella le diga que ese mismo día.
Annie Edwards ríe descaradamente.
—Buen chiste —dice ella—. Mejor deberías venir acá un par de días. La próxima semana tengo libre sábado y domingo —aclara ella y añade antes de que se haga ilusiones—. Estoy saliendo con un neurocirujano, bueno, no saliendo, nos estamos conociendo. Le he hablado de ti y que somos buenos amigos, él desea conocerte.
Mark siente como si le dieran un puñetazo en el vientre. Él quería ir para conquistarla y declararle su amor.
—Oh... no creo poder —miente fingiendo pena—. Realmente quisiera ir, pero ya sabes cómo son las cosas en el hospital. La pandemia nos ha traído muchos pacientes últimamente.
—Vale, entonces cuando puedas —sugiera ella sonriendo—. Igual no pienso moverme de aquí en un buen tiempo. Florida es hermosa.
—Lo sé... —dice él sin ahondar más en el tema—. Tengo que dejarte, nos hablamos después.
—Hasta entonces —se despide ella.
Mark cuelga sin añadir más, tiene un sabor amargo en su boca, así que saca una de sus botellitas escondidas de vino y toma un poco.
—Maldita sea... —murmura enojado.
Mientras tanto, Annie Edwards se parte de risa.
—¿Se lo ha creído? —pregunta su asistente al entrar.
—Tenías razón, solo bastó mencionar que estaba conociendo a alguien y desistió de venir —cuenta contenta.
—Es un pesado —dice la asistente con mala cara.
—No lo es... bueno, a veces. Es raro, pero no me cae mal, solo que es un poco intenso en eso de querer verme cuando yo no quiero —declara Annie acomodando las cosas de su escritorio.
—En fin, veremos cuánto dura el desencanto para que vuelva al ruedo —comenta la pelinegra riéndose del desconocido Mark.
Annie se pone de pie y observa por la ventana del edificio que yace edificado en una de las zonas más prolíficas de Miami, Brickell. Desde dónde está puede ver el mar y la ciudad a su derecha. Es simplemente hermoso.
—Una vez, veía por una ventana parecida —cuenta ella con melancolía—. Solo que esa vez observaba la ciudad de Nueva York.
—¿Extrañas esa vida? —pregunta su asistente.
Annie Edwards suspira, pero no responde. Una acción vale más que mil palabras.
—Tu siguiente paciente llegará en diez minutos —asegura la asistente mirando su Tablet.
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El enigma del millonario
RomanceArya Harley accede a un acuerdo millonario con Ayden Emory, un magnate de Nueva York, a cambio tendrán un hijo y una relación ficticia, pero con la regla inquebrantable de no tocarlo ni enamorarse. ¿Descubrirá este enigma que rodea al millonario?
