Los días habían pasado, Arya estaba cerca de su séptimo mes de embarazo y su vientre prominente seguía creciendo. Ayden había prometido que no volvería a saber de Cathy y así fue.
Ya habían pasado tres días desde entonces y la promesa de que le daría paz fue cumplida. Arya no le había vuelto a ver desde aquel día. Sabía que llegaba noche, pero nada más, al despertar él ya no estaba y John era el encargado de llevarla al trabajo y traerla de vuelta.
—¿Sabes algo de Ayden? —pregunta con un deje de preocupación a John.
—Está trabajando, señorita —responde él sin ahondar más, pero al ver la cara de pena de la joven decide añadir—. Si lo necesita, solo llámele.
Arya sonrió con timidez. «¿Necesitarlo?» pensó en ello. Realmente no es que lo necesitara, solo quería saber de él.
—No te preocupes John, solo quería saber si estaba bien —responde mientras el chofer conduce—. Es todo.
—Está bien, señorita. ¿Usted, cómo está? ¿Cómo se ha sentido? —pregunta él intentando distraerla.
—Bien...
Y hasta ahí llegó la conversación. Ella realmente no tenía ganas de explicarle cómo es que se sentía. Si hubiera sido Ayden, todavía, ya que era el padre del bebé. Extrañaba verlo, su presencia, aunque sea por un momento. Lo que no extrañaba eran los reclamos mal infundados, pues no lograba comprender el alcance de sus acciones.
Al llegar al departamento la esperaba Sebas en la entrada junto a Bea.
—Buenas noches, señorita —saludan al verla.
—Buenas noches, chicos, ¿alguna novedad? —pregunta casual al entrar.
Sebas toma su maleta y Bea le ayuda a bajar los pocos escalones de la entrada.
—Quizás quiera acompañarnos un momento —dice Sebas a lo que ella le observa con curiosidad.
—Vale, mientras no traten de asesinarme los acompaño —responde risueña—. Solo dejen que me quite los zapatos, ya no los soporto. ¿Saben de algo para el dolor de ciática? He estado haciendo unos ejercicios, pero el dolor solo aumenta.
—Dicen que el pescado al mojo de ajo ayuda en tales casos, así como una dieta mediterránea y duchas calientes —informa Bea, quien en más de una ocasión le ha dado algunos consejos prácticos.
—Vale, eso me gustaría cenar, ¿hay pescado? —pregunta Arya preocupada.
—Usted no se preocupe, señorita —dice Bea conduciendo del brazo a la joven quien ya se ha descalzado.
Ambas caminan resguardadas por Sebas detrás en caso de que Arya le necesite. En el hospital ella bien puede ser una joven cualquiera que anda sin ningún problema por todos lados, pero al llegar al departamento, sabe que debe ponerse en las manos de quien esté, pues eso le da calma a Ayden. Además de que son sus órdenes y por lo que ha aprendido, las peticiones del millonario nunca son negadas.
Al llegar al final del pasillo, Sebas les abre la puerta y lo que encuentra le deja anonadada.
—¡Bienvenida a su lugar de reposo, señorita Arya! —saluda Ayden con un ramo de flores que le entrega sin tocarle.
El sitio está iluminado de luces amarillas y acogedoras. Una chimenea en la esquina del sitio hacen de aquel cuarto el más cálido del departamento. La luz de las ventanas estaba bloqueada por extensas cortinas gruesas que llegaban del techo al suelo. Un sofá reclinable. Su masajeador de pies y una cama de masaje también están ahí instalados. Música clásica llena el lugar al mismo tiempo que un aroma suave.
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El enigma del millonario
RomanceArya Harley accede a un acuerdo millonario con Ayden Emory, un magnate de Nueva York, a cambio tendrán un hijo y una relación ficticia, pero con la regla inquebrantable de no tocarlo ni enamorarse. ¿Descubrirá este enigma que rodea al millonario?
