Cuarta Carta

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Querida Irene,

Irene, ¿dónde estás? Te necesito más que nunca. Mi vida es un auténtico caos y estoy dudando hasta de mi propia cordura.

¿Qué piensas si te digo que lo de Daniel es todo mentira y no hay apenas una pizca de verdad? Es un hijo de puta, como ha demostrado desde hace unos años. Sólo le importan las chicas y seguir engordando su lista de conquistas. Y ahora yo soy una más. Tan solo eso, una más.

Si lo llego a saber antes no dejo que me bese. Sí, sí, me besó. No hace falta que estés aquí para que sepa con exactitud la cara que estás poniendo. Por fin mi primer beso y con nada más y nada menos que con mi amor de la infancia y la adolescencia, el chico que me ha gustado toda la vida, el capullo de mi vecino.

Fue en la piscina, todo muy romántico y todo eso, pero si a la mañana siguiente descubro que ha sido un auténtico capullo, que yo soy una más para él, le quita todo el romanticismo.

Tengo que decir que después de derramar tantas lágrimas y de atreverme a escribirte, he deducido que le dejo vía libre a Andrea. Se acabó Daniel.

Lo peor va a ser cuando tenga que verlo en la fiesta sorpresa que le va a hacer a Álvaro el día de su cumpleaños. Porque podré evitarlo en el barrio y en el instituto, pero en su casa estaré en terreno suyo y me tendré que tragar los besitos que se da con Andrea. Sólo espero encontrar pareja para la fiesta.

Irene, te lo prometo, si no vuelves pronto ni sé nada de ti creo que me moriré. Me moriré y pediré que envíen mi cuerpo a tu casa en Nueva York para que me tengas presente allí y te sientas culpable por no haber dado señales de vida.

Irene, te necesito.

Un millón de besos y un abrazo de oso.

Elena.

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