La semana transcurre tranquila: yo no le pregunto nada a Álvaro sobre sus escapadas nocturnas antes de cenar, y él no me pregunta con quién me vengo a casa después de clase. Entre Hugo y yo la cosa va realmente bien, y, aunque me traiga todos los días a casa, ya no me besa siempre tan seguido como el primer día, si no que parece que me espera.
A Dani, por otra parte, me lo encuentro más a menudo que antes de que pasara todo, parece que se sabe mis horarios o que el destino es un graciosillo. Cuando nos vemos, cada uno hace como que no ha visto al otro; o por lo menos eso hago yo ya que él no para de mirarme hasta que me pierde de vista bien sea por el pasillo y el patio como por mi calle.
Y, por supuesto, cada tarde cuando Hugo me deja en mi casa, Dani siempre está saliendo, entrando, abriendo la ventana o cualquier cosa, pero siempre me ve, y eso hace que me sienta algo mal, en parte porque sé que lo que hago no está bien, y en parte porque le dije que lo perdonaba y no lo he hecho.
Maika ahora está en mi casa y cuando la sacamos siempre va de la correa. Cuando le conté a Álvaro dónde estaba puso cara de póquer, algo que aún no he entendido del todo. ¿Intenta ocultarme algo? Es una tontería ya que yo sé mejor que nadie que no se lleva con Dani, ni siquiera se miran. No sé por qué no dice lo que piensa de Maika y Bobby.
Encima, cada día que pasa, queda un día menos para el cumpleaños de Álvaro y yo no tengo ni regalo ni sé nada de la fiesta.
El viernes por la tarde quedo con las chicas para ir al centro comercial y echar un vistazo a las tiendas. Después de horas y horas dando vueltas, al final llevo compradas una chaqueta de cuero falso y unas Vans rojas, le irán genial con su nuevo estilo rebelde. Las chicas le han comprado entre todas y Jorge —que no viene de compras pero sí lo hará el día de su cumpleaños— una funda nueva para la guitarra de mi hermano.
A las siete y media de la tarde nos dejamos caer en un banco del centro comercial. Todas resoplamos al mismo tiempo.
—No siento ninguna parte de mi cuerpo. —dice Vicky.
—Qué exagerada. —le contesta Olivia.
—Exagerada no. ¿Serías capaz de ir a entrenar ahora?
—Pues sí. De hecho, tengo entrenamiento a las ocho y me voy ya que llego tarde. —dice mi amiga levantándose—. ¡Hasta luego chicas!
Olivia nos deja a las tres medio tumbadas en el banco.
—¿Esa chica nunca deja de tener energía? —pregunta Vicky.
Claudia ríe tímidamente.
—Bueno, ¿qué hacemos ahora? ¿Queréis venir a mi casa? —propongo. Entre las siete y las ocho normalmente es cuando queda Álvaro y no llega hasta más tarde de las nueve y a mí no me apetece estar sola en mi casa.
—Yo voto por entrar al cine. A las ocho ponen una peli sobre magos o algo de eso. Tiene que estar bien.
—¿Ahora me ves? —pregunta Claudia.
—¡Si! ¡Esa! ¡Vamos a verla!
—Eh... Yo he quedado, chicas. Lo siento. —nos dice Claudia levantándose del banco.
—Dile a la persona con la que has quedado que se venga, la mía va a venir.
Miro a Vicky en cuanto termina de hablar. ¿Que Vicky había quedado y yo no sabía nada? Jesús, qué de cosas que no sé.
—No me mires así, Elena. Yo tampoco sé con quién te vas en coche todos los días.
«Touchè»
Depués de unos segundos pensando propongo:
—Te digo quién me lleva a mi casa a cambio de que me digas quién es tu cita antes de que venga.
—Hecho. Empieza tú.
Nos retamos bajo la atenta mirada de Claudia quien, bajo su flequillo, intenta evitar entrar en nuestro reto.
—Mi chófer es Hugo.
—¡¿Hugo el profesor?! —grita en medio del centro comercial haciendo que muchas personas se giren. Claudia se tapa la boca.
—Chssssst. Baja la voz. —le susurro tapándole la boca.
Vicky me aparta las manos y sigue hablando, aunque esta vez en un susurro.
—¿En serio es él tu chófer? —asiento—. Y... ¿ha habido beso ya?
Vuelvo a asentir tímidamente. Ahora Claudia y Vicky realizan a la vez el mismo gesto tapándose sus bocas para ahogar sus respectivos gritos. Qué payasas.
—Te toca, María Victoria. —le digo levantando una ceja.
—Bueno, Claudia ya lo conoce.
—¿Dani?
—¡No! Es tu hermano, tonta.
—¿Estás viéndote con mi hermano?
Vicky asiente entusiasmada.
—Sí, bueno, nos vimos el otro día en el supermercado cuando yo acompañaba a mi madre y estuvimos charlando, le di mi teléfono y quedamos anoche.
—¿Estáis juntos?
—No, aún no. —contesta mi amiga apenada.
—Y... ¿ha habido beso ya? —pregunto imitándola.
—¡Sí! —grita Vicky. Dios, qué efusiva es para todo. Claudia junta las cejas pero no deja de sentirse divertida por la situación. Da la impresión de que querría que Jorge se lo hubiese contado.
—Madre mía, ¡no me lo creo! ¡Y Jorge sin decirme nada! —dice Claudia.
—¿Ya te lo ha contado? —dice Jorge apareciendo casi de la nada.
Claudia le pega en el pecho.
—¿Cómo no me has contado nada?
—Tú tampoco me cuentas a qué vienen tantas visitas al parque.
Claudia retrocede un paso palideciendo.
—Bueno, yo me voy, que he quedado.
Y se va, dejándome de carabina de estos dos. Vaya pareja hacen. Ya me extrañaba a mí que mi amiga no le hubiera lanzado el anzuelo. Río divertida para mis adentros hasta que recuerdo que voy a ver una peli con estos dos, a solas.
—Vicky, me alegro mucho por vosotros, pero yo creo que también me voy. ¡Ya nos vemos! —y salgo rápidamente antes de que se arrepientan.
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Cartas para Irene
Teen FictionElena, a sus quince años, tiene los problemas típicos de su edad: deberes, chicos inmaduros, amigas y discusiones con su familia; y la única manera que tiene Elena para escapar de esa realidad es escribirle cartas a su hermana, Irene, que vive en el...