Cuarenta y Uno

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Estoy estudiando para los exámenes trimestrales cuando escucho las voces de Andrea y Clara en la calle. Esperaba que vinieran pero lo han hecho demasiado pronto, apenas me ha dado tiempo a pensar nada. Me asomo a la ventana de mi habitación y las veo enfundadas en sus abrigos a la última, andando en dirección a la casa de Dani desde el final de la calle. Sabía que vendrían, qué predecibles son.

Sin coger chaqueta ni ningún tipo de abrigo, bajo de dos en dos los escalones y dejo atrás mi casa vacía a excepción de Álvaro para encararme a ellas pisando con fuerza antes de que se planten en la casa de mi vecino.

—¡Eh! —llamo la atención de las chicas que casi estaban en la puerta de Dani—. ¿Qué hacéis aquí?

—¿Y tú? ¿No deberías estar estudiando? —me espeta Andrea con una sonrisa de superficialidad. No sabe las ganas que tengo de borrarle esa sonrisa de la cara.

—Andrea, por aquí no vives. No me digas que te has perdido. —le digo, amenazante.

—Yo no, pero tú parece que has perdido algo. ¿Vienes a recuperar lo que nunca fue tuyo? —suelta una risita. Ingenioso pero despreciable. Yo respiro hondo por no lanzarme contra ella—. Tengo que decirte que ya es tarde, otra te ha quitado el puesto.

—No vengo por Dani, guapa. Sé reconocer cuándo algo no es mío, no como tú, que te niegas a aceptar la realidad de que Dani no te quiere ni ver. —hago una pausa esperando una contestación de Andrea y al ver que sólo frunce el ceño, prosigo—. Nunca dejó de gustarte, ¿verdad? Siempre quisiste algo más, ser la novia de Dani y como no lo lograbas, cambiaste de estrategia, que simplemente se basaba en llamar su atención yéndote con otros chicos, y al ver que no lo conseguías, decidiste ir a por él directamente sin saber que tú has sido una más de su lista de líos y que nunca podrás tener algo más. —casi escupo las palabras.

Mi respuesta deja a Andrea perpleja y no sabe qué contestar. Su amiga retrocede un paso intentando esconderse detrás de ella y así no acabar metida en nuestra pelea.

—Soy... soy la que más cerca he estado de ser su novia formal. —titubea. Luego, más segura, añade:— Al menos lo he estado más que tú, aunque más que tú lo han estado todas. —termina con una sonrisa vanidosa.

Vuelvo a respirar hondo. Nunca me he peleado con nadie y ahora mi corazón va a mil por hora. Esa zorra se está ganando un gran puñetazo en su bonita cara.

—Te equivocas, yo soy la razón por la que Dani dejó de verse contigo.

Andrea palidece.

—Tú... —murmura con odio con los ojos entrecerrados—. ¿Tú vienes a cenar a su casa?

—No. —estoy a punto de decir que no, que no estoy con Dani y que no soy yo quien le hace visitas a su casa, pero entonces recuerdo que la verdadera razón por la que me enfrento a mi examiga es para defender a Claudia—. Quiero decir, sí. Sí, soy yo esa a quien vienes a descubrir. Enhorabuena, me has ganado pillando nuestro secreto. —anuncio con alegría fingida.

—¡Serás perra! —grita antes de lanzarse hacia mi pelo y comenzar a tirar de él.

—¡Tú sí que eres la perra aquí! Vas de perfecta supermodelo por la vida y sólo llegas a Barbie sin cerebro. —le devuelvo los tirones a Andrea. En realidad creo que me encaro a ella de esta manera por todo lo que me ha hecho y llevo callado. Ya me tocaba. Defender a Claudia es sólo una excusa, o quizá la gota que colma el vaso.

Mis insultos sólo agravan la ira de Andrea y aumentan sus ganas de darme una paliza. En menos de un minuto nos convertimos en dos chicas peleando por un chico y mucho pelo arrancado de por medio además de los gritos de las dos. Clara se aparta a un lado y la veo, por el rabillo del ojo, que comienza a captar fotografías de nuestra pelea.

—¡Envidia! Eso es lo que tienes, ¡en-vi-dia! —silabea—. Nunca dejarás de ser esa gorda que eras.

—¡Quita tus pezuñas de encima mía! ¡Ni me toques! —le chillo a su oído para intentar frenar, sin éxito, los tirones de pelo de Andrea.

—¡Para tú! ¡Me vas a dejar calva!

Los gritos, además, parecen alertar a los perros de alrededor y a algunos vecinos, que salen a ver qué pasa. Sin embargo yo no puedo ver quién sale ni quién nos observa sin hacer nada.

Empujo a Andrea y provoco que caiga a la acera de la calle de espaldas. Rápidamente se da la vuelta y agarra mi tobillo con fuerza para que también me caiga. En el suelo sigue tirando de mi corta melena sin dejar de gritar y con los ojos cerrados.

Al cabo de unos segundos, unos brazos envuelven mi cintura y tiran de mí para alejarme de Andrea.

—¡Suéltame! ¡Aún no hemos acabado! —grito dándole puñetazos a la persona que me aparta. 

—¡Elena! ¿Quieres tranquilizarte? —Álvaro por fin me suelta y me agarra de los brazos—. No vas a conseguir nada así.

—Qué pena, tiene que venir su hermano a ayudarla porque su novio es demasiado mayor como para meterse en peleas. —piensa Andrea en voz alta mientras se levanta del suelo.

Giro mi cabeza bruscamente hacia ella.

—¿Qué estás diciendo?

—¿Yo? —dice con una inocencia fingida al mismo tiempo que Dani y Claudia salen de casa de mi vecino y se colocan a su lado—. Nada, sólo comentaba que Hugo no parece tener edad para estas peleillas. — hace una pausa—-. No intentes negarlo, ya sé que estás liada con el profe de informática.

Mi cara de repente se torna mucho más blanca que la cal y mis ojos se abren totalmente. La ira de nuevo vuelve a mí y me revuelvo bajo las manos de Álvaro para intentar agarrarla por el cuello pero, sin que me de tiempo a alcanzarla, Álvaro me vuelve a agarrar de la cintura y Dani me empuja hacia atrás por los hombros.

—¡Dejadme! ¡Os juro que la mato! —grito tan fuerte que temo lastimarme la garganta.

—Elena, olvídala. No sabe lo que dice. Nosotros te apoyamos, tranquila. —intenta calmarme Dani, quien dedica una mirada a Álvaro de "déjame ayudarte a calmarla". Álvaro como respuesta aprieta la mandíbula: aún hay desconfianza por su parte, pero no le queda otra que dejarlo.

—Dani, he dicho que me dejes. —lo aparto de un empujón mirándolo fijamente a los ojos—. Tu amiguita venía a pillar a Claudia porque sabía que cenaba hoy contigo. Yo sólo la defendía, no intentes pensar que venía por ti. —hago una pausa—. Claudia es mi amiga, tú me importas una mierda. —acabo susurrando mis palabras.

Dani me mira lo más herido que he podido verlo en mi vida y me da la espalda. Bajo mi atenta mirada va hacia Andrea y la advierte:

—Te he dicho ya dos veces que no voy a quedar más contigo. Olvídame de una puta vez, niñata. Y deja en paz a mi prima.

—Elena, ¿estás bien? —pregunta Claudia.

—Sí, lo está. Vámonos, Claudia.

Dani entra en su casa sin mirar atrás y empujando con suavidad a Claudia, quien me lanza miradas de preocupación.

—Dani... —murmuro una vez cerrada la puerta de un portazo.

—Elena, escucha... —Álvaro me obliga a mirarlo a la cara.

—Álvaro, tú no lo entiendes. —consigo decir antes de romper a llorar. No sé si es la impotencia o el daño que Andrea me sigue haciendo—. No-no sé cómo se ha enterado, pe-pero lo va a usar para arruinarme la vida. —tartamudeo entre sollozos—. No puedo más, Álvaro.

Mi hermano chasquea la lengua y me envuelve en sus brazos mientras yo no puedo dejar de llorar. Los vecinos bajan la guardia y se van dejándonos a Álvaro y a mí abrazados en medio de la carretera. Mi mundo se derrumba, se desmorona, y no están Irene ni Hugo para ayudarme. Y una vez más, Andrea ha aportado su granito de arena. Maldita pija de mierda.

Cartas para IreneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora