En ocasiones la persona que más sonríe es la que más entra en bajón y la que más veces se derrumba. Es como su forma de ocultarse, como su forma de esconder las lágrimas que mientras sonríe, aún siguen derramándose a escondidas de los ojos de quien no conoce a esa persona. Es por ello que el lunes por la mañana, cuando ya no me quedan más lágrimas que derramar, salgo a la calle con una sonrisa: la sonrisa de la hipocresía, pues ni yo misma me creo que mi sonrisa sea verdadera.
La tarde antes me la paso llorando, odiando a Dani y disfrutando de la soledad de mi habitación con la única compañía de Maika, que parece entender mis penas, ajena a las voces entre mis padres que no dejan de gritarse, y ajena a las risas de Álvaro y Laura en su habitación. Ni siquiera encontré fuerza suficiente para estudiar. Dejo en manos de Dios el examen de matemáticas del martes. Por supuesto mi madre no nota nada. Ni tampoco Álvaro que se pasa el camino al instituto enviándose mensajitos al móvil con su novia. Sin embargo a los ojos de mis amigas no paso inadvertida. Dudaba que colara en ellas, pero seguía manteniendo la esperanza de no tener que contar nada.
Las chicas esperan al recreo para empezar a atacar:
—Elena, ¿no desayunas hoy?
Olivia es la primera que habla trayéndome de vuelta de mi mente, donde me escondo, con la mirada perdida y las manos calentándose en los bolsillos de mi abrigo verde militar.
—No tengo hambre. —Olivia intenta ver a través de mis ojos pero no consigue nada—. No te preocupes, no es nada. Simplemente que no tengo hambre.
—Elena, bonita, que nos conocemos.
Vicky es más directa. No sé cómo aún no se ha lanzado a Jorge.
—Estoy bien, de verdad.
Vicky levanta una ceja.
—Te conozco desde hace poco pero se nota que te pasa algo.
¿Ahora Claudia? ¿Qué es esto? ¿Tres contra uno? Resoplo. Creo que me voy a rendir. No me quedan fuerzas para la resistencia.
—Está bien, está bien. —hago una pausa para suspirar—. Soy una más en la lista de líos de Daniel.
—¡¿QUÉEEE?!
Vicky casi escupe el batido se fresa. Qué exagerada.
—No me digas que al final te besó.
Y a Olivia casi se le salen los ojos de las órbitas. Por dios, si tampoco es para tanto.
—Sí, me besó. Me besó en la piscina donde me empezó a gustar la primera vez. Fue de lo más romántico que había hecho nunca por mí. A la mañana siguiente se presentó en mi casa con churros y chocolate, aún más romántico. Pero entonces yo descubrí que no le gustaba tanto como él a mí, y que lo que buscaba era engordar su lista. Acabé echándolo de mi casa.
—Qué capullo. ¿Cómo hay hombres así? —Claudia suspira, y al cabo de unos segundos añade:—. ¿Puedo saber quién es? ¿Está en nuestra clase?
Por suerte ella no sabe quién es. Pero si no la advierto estoy segura de que acabará siendo una más. Miro hacia la ventana del aula de baile buscándolo y no lo encuentro. ¿Dónde está?
—Es ése.
Sigo el dedo de Vicky y lo encuentro jugando al fútbol con algunos de su clase. Está completamente sudado, con el frío que hace. También está Álvaro, pero creo que no están en el mismo equipo.
—¿El moreno de la camiseta azul?
¿Y qué hace aquí jugando? Espero que no esté llamando mi atención porque no pienso hablarle. Hace mucho tiempo que no juega.
—Ése. —contesta Olivia casi con asco.
—¿Dani? ¡Pero si ese es mi primo!
—¡¿QUÉEEE?!
Esta vez Vicky sí que escupe antes de la exclamación, pero es que esta vez sí que merecía la pena exagerar.
—¿En serio sois primos? —ahora soy yo la que habla. No me creo que una chica tan agradable como Claudia tenga como primo a un desgraciado.
Daniel, primo de Claudia y Jorge. Jorge. ¡Jorge! Oh. Dios. Mío. Dios mío no. Recuerdo que una vez vinieron de fuera a visitar a Dani. Y me acuerdo de lo pesado que era el mayor de los hermanos: nunca quería que Dani y yo jugáramos juntos, siempre se interponía. Y recuerdo que me llamaba Helen porque había aprendido en el colegio cuál era la traducción de ciertos nombres al inglés. Seguro que él sí que me recuerda y por ello es tan pesado conmigo. Por eso tiene tantas confianzas. «Estúpido George»
—Sí, es mi primo. Mi padre es el hermano de su madre.
—Claudia, Dani es mi vecino de enfrente.
Claudia abre mucho los ojos y levanta las cejas. Cuando se da cuenta de quién soy, se tapa la boca.
—Dios, eres Elena. ¡Y tu hermano es Álvaro! ¡Y también Irene, que es de la misma edad que Jorge! Me acuerdo de vosotros, pero no recordaba vuestras caras...
—Claudia, me caes muy bien y no pegas como prima de ese, créeme. —contesto, ahora más alegre que antes. ¡Una amiga de la infancia! ¿Quién me lo iba a decir? Si de ésas ya no quedan...
Reímos. Aunque lo he dicho en tono de broma, todas sabemos que va en serio. Y que el imbécil de su primo es un capullo también lo sabemos.
—El otro día cené en su casa porque Jorge trabajaba y me dijo que me tenía que ir porque había quedado con alguien importante y no podía fallarle.
«Claro, con Andrea.»
—¿Qué día fue? —pregunta Olivia. ¿Qué se cree que está haciendo? Jesús, a este paso veo a Olivia de jueza o algo por el estilo.
—El sábado. Dijo que había quedado a las once.
Olivia me mira, pero yo no entiendo por qué.
Un momento. Oh. Dios. Mío. Dios mío no. El sábado fue cuando quedó conmigo. Y también cuando Jorge trabajaba. Cuando trabajó en el salón de bodas que mi madre y yo estuvimos decorando para la boda de la familia pija. «Dani, te odio.»
—También dijo que esta vez era la que iba a asentar la cabeza, pero eso supongo que tiene que ver con que ha salido con tantas chicas.
«Ya, claro. Qué gilipollas.»
—¿Sabes con quiénes ha salido? —pregunta mi amiga australiana.
Olivia trama algo. Lo veo en sus ojos.
—No. Sólo sé que son bastantes. Y que no están contentas con él.
—¿Y sabes que la chica con la que quedó el sábado es Elena? ¿Y que Elena está así por su culpa?
Fuerzo una sonrisa de "Tachán" que más que sonrisa parece que estoy en el baño con dificultades. Jesús, hoy no soy capaz de sonreír.
Claudia dibuja una 'o' con los labios y murmura:
—No sabía que Dani estuviera interesado en ti.
—Tranquila, que yo tampoco.
Suspiro y agacho la cabeza. Claudia se me acerca y me acaricia la espalda a modo de compasión.
—No te preocupes. Sé lo tonto que puede llegar a ser.
—Claudia, no creo que lo entiendas, lo siento. Lleva gustándome toda la vida.
Una lágrima empieza a correr por mi cara y yo la enjugo rápidamente. Ni siquiera sé cómo me salen lágrimas si ayer casi me exprimí.
—¡Propongo chocomerienda en casa de Elena! —exclama Vicky pegando un salto—. Habrá que animarla de algún modo, ¿no?
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Cartas para Irene
Teen FictionElena, a sus quince años, tiene los problemas típicos de su edad: deberes, chicos inmaduros, amigas y discusiones con su familia; y la única manera que tiene Elena para escapar de esa realidad es escribirle cartas a su hermana, Irene, que vive en el...