Treinta y Uno

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Mi hermano me lleva al patio, junto al muro que da a la calle. Se sienta en el suelo con la espalda apoyada en la pared y me invita a que me siente a su lado.

—¿Por qué tengo la sensación de que ya sabes que la historia es larga de contar? —pregunto mientras me siento.

—Porque es verdad. Tú, la que no fuiste capaz ni de plantarle cara a Andrea cuando lo de Dani hace unos años, discutiendo ahora con Andrés. —hace una pausa para fijar sus ojos en los míos, ambos casi idénticos—. ¿Qué ha pasado Elena?

—¿Cuánto has escuchado?

—Mucho. Creo que todo.

Resoplo. No tenía ganas de contarle a Álvaro lo de Dani más que nada porque no quería que acabaran peor, y ahora me veo casi obligada a hacerlo.

—Qué mal huelo a vómito, ¿no? —arrugo la nariz.

Álvaro me tiende un pañuelo limpio que saca de su bolsillo.

—Es por tus deportivas. Toma.

Lo tomo y me las limpio. Al menos son sólo salpicaduras. Mientras acabo con los rastros de vómito, decido que si Álvaro ha vuelto a ser mi hermano, no tengo otra opción que disfrutarlo porque no sé cuándo dejará de serlo de nuevo, además quizá puede que sea antes de lo que creo. Suspiro antes de hablar.

—Álvaro, ¿prometes no enfadarte si te lo cuento?

—Venga, Elena, cuéntamelo de una vez.

—¿Lo prometes?

—Que sí. —dice alargando la 'i'.

—Andrés va diciendo que se va a liar conmigo...

—¿Y tú cómo sabes eso? —pregunta achinando los ojos—. Los chicos fardan con los chicos, no con las chicas. ¿Quién te lo ha contado?

Suspiro. ¿Se lo cuento o no se lo cuento? Dios, ¡qué difícil! Es que como lo haga, es capaz de matarlo. Odio a Dani pero no deseo su muerte. Decido contar lo justo.

—Me lo dijo Dani. —digo cerrando los ojos. No quiero ver su reacción.

Silencio. Abro los ojos y veo que Álvaro también ha cerrado los suyos y, además, aprieta los labios. No es el nombre que quería oír. Lentamente abre un poco la boca hasta que habla:

—¿Por qué te lo ha dicho?

—Porque se lo saqué yo. Quería saber por qué...

—Por qué... ¿qué?

Álvaro abre los ojos y mira pensativo a lo lejos, hacia la parte donde juegan los de su clase al fútbol. Sigo su mirada para buscar lo que él observa y veo a Dani.

—Porque... noté que me ocultaba algo.

—¿Llevas mucho viéndote con él?

Parece que no nota nada. No hay problema en que dos amigos hablen, ¿no?

—Una semana, o algo así.

—¿Cuántas veces os habéis liado?

¿Qué? ¿Cómo sabe Álvaro eso? Oh. Dios. Mío. Dios mío no. Si yo no he dicho nada...

—¿Cómo?

—Vamos, Elena. ¿Mi mejor amigo y no lo conozco? ¿En serio? Dani no se liaría contigo a menos que se sienta amenazado. —«Touchè». Hace una pausa y me mira—. Perdona, Elena, pero es así.

—Lo sé. Lo he comprobado de la peor forma que pude. Y ni siquiera te diste cuenta de que estaba mal.

—¿Estuviste mal? ¿Y otra vez por él? —afirmo con la cabeza—. Hijo de puta. —suelta mirándolo de nuevo en el campo de fútbol. Hace una pausa—. Si fuera otro ya le habría partido la cara.

—Álvaro, creo que nunca me ha dejado de gustar— murmuro mirando al suelo.

—Ya lo sé, nena. —se me acerca y me rodea los hombros con su brazo. Tiene las mismas coletillas con las chicas que su amigo—. Lo sé desde siempre pero mantenía la esperanza de que no fuera verdad. Y te contaba sus líos para que te dieras cuenta de cómo era y nunca cayeras, pero al final no ha servido de nada.

—Lo peor es que lo odio ahora más que nunca. Estar así es una mierda.

Una lágrima se resbala por mi rostro y Álvaro me besa en la cabeza. Suspiro. Con la manga del abrigo me limpio la lágrima.

—No, lo peor es que no he estado a tu lado cuando ha pasado. Éso es lo peor. —me sorprende con sus palabras. ¿Desde cuándo Álvaro es Álvaro y no el novio de Lala?

Pasamos unos largos segundos así, en silencio, hasta que me calmo y las lágrimas dejan de caer.

—¿Echas de menos a Dani?

—Sí. —responde Álvaro sin pensarlo dos veces.

—¿Sin dudarlo?

—Sin dudarlo.

—¿Crees que algún día volveréis a ser amigos?

Álvaro suspira y cierra los ojos.

—Creo que no. No a menos que Dani sea el que era, no el que es. El Danielo que conocemos es el que echo de menos, no a ése. —señala con la cabeza al campo de fútbol.

Álvaro tiene razón, Daniel está irreconocible.

Cartas para IreneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora