Veintiocho

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Una chocomierienda con mis amigas naturalmente incluye todo lo que lleve chocolate y azúcar. Incluyendo: gofres, donuts, palmeras, chocolates, magdalenas y batidos y zumos varios. Lo malo de las chocomeriendas es que todo lo que comemos engorda muchísimo. Lo bueno de las chocomeriendas es que animan a cualquiera, asegurado. Y supongo que por eso me gustan tanto, y por eso esta vez toca en mi casa.

—Se puede decir que Claudia es oficialmente una de nosotras. No aceptamos a cualquiera en las chocomeriendas. —dice Vicky sonriendo. Creo que lo que más le entusiasma es llevarse tan bien con la hermana del chico que le gusta.

—A ver, Claudia, las reglas son muy importantes. —Claudia levanta las cejas con cara de no creérselo-. Sí, hay reglas, no me mires con esa cara. Como incumplas alguna de ellas te expulsamos de la chocomerienda. —Claudia parpadea. Jamás pensé que la parte de las reglas pudiera ser tan graciosa. Suelto una risita intentando reprimir una carcajada—. En primer lugar: no te levantarás de tu asiento hasta que no quede nada en la mesa. Segundo: no mencionarás bajo ningún concepto la palabra tabú de esta chocomerienda: Dani. Y por último: ¡Disfruta!

Las cuatro reímos hasta no poder más. Pobre Claudia, se pensaba que iba a ser peor.

Y de esta forma pasamos la tarde, entre amigas, hablando de todo menos de Dani, el tema tabú en esta chocomerienda. Ponemos música —sobre todo We are never ever getting back together de Taylor Swift en modo repetición—, cantamos desafinando, jugamos con Maika y por supuesto, nos lo zampamos todo. Para compensarlo estoy segura de que al menos tendré que tirarme una semana alimentada con frutas, verduras y mucha agua. Olivia en cambio es capaz de tener mañana otra chocomerienda y seguir sin engordar ni siquiera cien gramos.

Aprovechando la soledad de mi casa, y que mañana tenemos examen, les propongo que se queden en mi casa a estudiar. Olivia es la única que se va ya que tiene entrenamiento, así que nos quedamos las tres solas.

—Lo siento pero sigue sin salirme el problema tres. Renuncio. Ya me veo calentando mis manos en una hoguera debajo de algún puente.

Vicky, tan melodramática como siempre.

—¿Qué problema?

Álvaro aparece por la puerta como si nada. Pensaba que no nos hablábamos. Vicky se queda tan sorprendida como yo por su presencia. Claudia por su parte sigue realizando el problema escondida detrás de su flequillo.

—Este. —señala Vicky apuntando con el dedo un problema del libro de matemáticas. Su cara sigue siendo la de sorprendida, tal como la mía—. El de un ciclista que sale de un lugar a 18km/h y el otro a 22km/h y pregunta algo de que a la media hora cuánto le queda al segundo para alcanzar al primero.

Álvaro se inclina sobre la mesa para ver mejor el problema. Claudia parece que no se percata de nada.

—Es fácil, Vicky. Tienes que calcular primero cuánto recorre un ciclista en media hora, y luego tienes que dividir esto entre esto y te da... Dos horas y cuarto. —suelta el lápiz de Vicky en la mesa y me mira—. Y tú, ¿qué? ¿Lo has entendido?

—¿Yo? Pensaba que no me hablabas.

—Ya, pero me aburro sin discutir contigo.

¿Cómo? Qué forma más egocéntrica de pedir perdón.

—Álvaro, ¿me estás diciendo que me echabas de menos?

—Puede.

—Y, ¿qué te has hecho en el pelo? —digo señalando su corte de pelo. No sabía que iba a cortarse ese pelo largo que llevaba siempre. La verdad es que se me hace raro verlo sin flequillo, pero le queda mucho mejor ese estilo cortito por detrás y algo más largo por arriba dejando un flequillo corto que ha peinado de punta. Además, parece más rubio de lo que es.

Cartas para IreneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora