Elena, he tenido hora libre a última. Perdóname por no volver a casa contigo esta vez pero tengo que estudiar y he aprovechado. Mamá tiene trabajo y no va a volver para comer. Tranquila que yo te espero.
El mensaje de Álvaro me llega justo cuando estoy a punto de salir de clase. Por una parte me alegro de que Álvaro estudie, ya lleva muchos exámenes suspensos, pero por otra me apena ya que deseaba volver con él en autobús o algo. No quiero estar sola mucho tiempo.
Salgo del edificio y giro un par de calles para ir a la parada de autobús. Voy arrastrando los pies —odio los autobuses— y mantengo la esperanza de que mi madre me recoja antes de que me monte en él.
Mientras espero, un escarabajo aparca a mi lado. Abre la puerta y mi profesor de informática aparece por ella.
—¿Estás sola? ¿Quieres que te lleve?
—¿Hablas en serio? —pregunto sorprendida—. ¿De qué vas?
Hugo se me acerca y me coge cariñosamente de un brazo.
—Perdóname, Elena, por estos días. Te lo compensaré llevándote a casa.
—Ni hablar. Ahora soy yo la que te ignora. —digo apartando mi brazo de un tirón.
—Elena, por favor.
—Olvídame.
—Elena, joder, tengo explicaciones.
—Vete, me voy en autobús. —contesto sin mirarlo.
—Elena...
—Elena nada. —le suelto. Me separo un poco de la multitud que espera al autobús para que no nos oigan. Hugo me sigue—. ¿Crees que puedes pasarte el día ignorándome y venir ahora con explicaciones? No, Hugo.
—Elena, me juego mu...
—Ya sé lo que te juegas. —lo interrumpo alzando la voz—. Lo sé mejor que nadie, pero al menos podías hacer de profesor y no pasar de mi cara.
—Elena no he pasado de tu cara.
—Sí, Hugo.
—Elena, escúchame.
No sé por qué me comporto así. En otra ocasión hubiera hablado con él, pero ahora mismo le tengo un odio imparable por todos esos momentos en los que me ha ignorado. Se supone que aquí el maduro es él, ¿no? Y yo que pensaba darle una oportunidad después de la decepción de Daniel...
—Hugo, de verdad, me tengo que ir. —digo ya con la voz calmada—. Gracias por ofrecerte, pero ya nos ve...
Hugo me interrumpe la frase estampando sus labios en los míos. Es la forma más bonita en la que me han callado, hasta ahora.
Después de unos cuantos segundos, por fin se separa y se queda mirándome.
—Elena, lo siento...
Cierro los ojos y me muerdo los labios.
—Está bien, te dejo que me lleves. —digo por fin después de unos segundos.
Hugo se monta rápidamente en su coche y yo lo hago seguidamente después de él, en el asiento del copiloto.
—Elena, perdóname por besarte. Yo...
—Es lo que querías hacer, Hugo. Lo entiendo. —contesto mirando a la carretera.
De pronto, silencio entre los dos mientras Hugo conduce.
—¿Te ha sentado mal que lo hiciera?
Jesús, qué de vueltas le está dando. Me ha encantado el beso, pero no quiero estar toda la vida pensando en él. Además, yo también quería besarlo y saber cómo me hacía sentir, y he de decir que me gusta más que los besos de Dani, aunque me descoloque aún más que él.
—No, Hugo. —digo con voz cansada.
—Siento ignorarte, pero es que me cuesta tanto tratarte como una más que ni te lo imaginas.
Dios. Sabía que le gustaba pero no para tanto.
—¿Elena?
—Dime, Hugo.
—¿Qué pasaría si te besara otra vez?
Lo miro y parpadeo un par de veces. No quiero saber qué pasaría si me besara otra vez. Quizá me desmayaría o necesitaría que alguien viniera a recogerme porque me he derretido.
Hugo para el coche a un lado de la carretera y me besa acercándome hacia él poniéndome una mano en la nuca. Hugo besa mejor que Dani, porque, a pesar de todas las chicas a las que ha besado mi vecino, los labios de Hugo son más expertos.
De pronto introduce su lengua en mi boca y empieza a explorarla. Pego un pequeño bote al no esperármela y Hugo lo interpreta como que quiero más y comienza a acariciarme la espalda por debajo del jersey. Nunca me habían hecho sentir así.
Cuando ya no nos queda más oxígeno, nos separamos. Hugo empieza a conducir en silencio con los labios hinchados y las pupilas dilatadas. Jesús.
—¿No dices nada? —pregunta al cabo de unos minutos en silencio.
Enrojezco al instante y miro fijamente la carretera.
—¿No te ha gustado?
—¿En serio, Hugo? —le digo bajito—. Me ha encantado. —y agacho la cabeza.
Hugo suelta una mano del volante y entrelaza sus dedos con los míos en mi regazo. En silencio llegamos a mi casa.
—Gracias, Hugo. Nos vemos mañana.
Estoy a punto de salir cuando Hugo me agarra del brazo obligándome a girarme para volver a besarme. Esta vez lo hace con más ternura y sin lengua.
—Tus besos son como mi droga, Elena. No me podía ir sin otro beso. —dice al cabo de unos segundos.
Roja como un tomate salgo del vehículo. Hugo se va en cuanto salgo. En la puerta de mi casa me pregunto si Daniel habrá visto algo. Vuelvo mi cabeza en dirección a su casa y lo veo montándose en su moto sin dejar de mirarme. Oh. Dios. Mío. Dios mío no. Que no lo haya visto, por favor.
Mi vecino se coloca el casco y sin apartar la vista de encima mía, arranca su moto y desaparece por el final de la calle.
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Cartas para Irene
Teen FictionElena, a sus quince años, tiene los problemas típicos de su edad: deberes, chicos inmaduros, amigas y discusiones con su familia; y la única manera que tiene Elena para escapar de esa realidad es escribirle cartas a su hermana, Irene, que vive en el...