Sesenta

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No sé si mi vecino corre mucho o es que yo con los tacones no doy para más. El caso es que cuando salgo a la calle no hay ni rastro de Dani. Estoy a punto de volver a entrar en la casa cuando, al posar mi vista sobre la farola de la esquina cuya luz parpadea, se me ocurre que quizá Dani ha ido allí. "Es el único sitio que no se ve desde ninguna de nuestras casas". Sus palabras retumban en mi cabeza y me decido finalmente que por mirar no perderé nada.

Llego hasta el final de la calle y doblo la esquina. En cuanto doblo, bajo aquella farola, está Dani apoyado en el muro del jardín del vecino. De pronto se me viene a la cabeza la canción de The Script, The man who can't be moved y la tarde en la que me dijo que "me quería". Suelto un bufido. La verdad es que la canción le pegaría, si llega a ser porque viene aquí a esperarme y no a fumar que es lo que está haciendo. A pesar de que tenga el cigarrillo entre el pulgar y el índice y lo medio oculte bajo su mano, éste sigue siendo visible para mí.

—¿Desde cuándo fumas? —pregunto una vez llego a su lado.

—Una chica me enseñó. —responde sin mirarme.

—¿Una chica mayor?

Dani asiente mientras inhala el humo de su cigarrillo.

—¿Fue la rubia esa con la que saliste el año pasado?

Dani vuelve la cara, expulsa el humo y gira su cabeza hacia mí.

—¿Te sabes con cuántas he salido?

—Todas y cada una. —me callo unos segundos—. ¿Por qué fumas?

—No sé. —se encoge de hombros—. Sabía fumar desde que ella me enseñó, pero a penas fumaba. Ahora no puedo dejarlo.

—Dicen que calma los nervios.

—Puede ser.

Nos pasamos unos segundos en silencio mientras yo observo cómo Dani se fuma el cigarrillo.

—No deberías fumar.

—Y tú tampoco deberías ir con la espalda descubierta llamando mi atención. —señala y yo ignoro su comentario.

Silencio entre nosotros. La verdad es que no sé por qué he venido aquí, se supone que no hablamos. Además, ya le he ayudado con lo de Álvaro, ¿no? El trabajo ya está hecho. Me doy la vuelta sin decir nada y cuando doy un paso mi vecino habla:

—Elena. —vuelvo mi cara hacia él. Dani me mira de arriba a abajo—. Olvida lo de antes, estás... preciosa. Pareces otra.

—Gracias. —es lo único que puedo decirle—. Me lo regaló Hugo.

—Tu... novio ha tenido suerte de que lo eligieras.

Dani ha tocado el tema que evitaba que tocara esta noche. No es que estuviera enamorada de Hugo, pero sí me hizo daño al hacer lo que hizo. No creo que ninguna persona se merezca eso. ¿Engañarle de tal manera para hacerle pagar por algo que su hermana hizo? No tiene nada de sentido.

—Ya no... es mi novio. —susurro mientras bajo la cabeza.

Mi vecino inclina la cabeza hacia un lado. Es lo que hacen los perros cuando no entienden lo que le dicen.

—Es muy largo de contar, y no creo que debiéramos hablarnos. —doy de nuevo algunos pasos para volver a la casa.

—¿Sabes qué? Estoy harto. —dice tirando el cigarrillo a la mitad al suelo—. Estoy harto de que no nos hablemos, de que todo me salga mal, de que no quieras saber nada de mí. Estoy harto de alejarme, Elena, yo no soy de ésos.

—Ya, si tenemos en cuenta que consigues todo lo que quieres. —murmuro.

—Sí. Y precisamente lo que más quiero no lo consigo.

Cartas para IreneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora