—¿Aún me sigues viendo como a un profesor?
Nos encontramos en el parque enfrente del Starbucks de antes sentados en un banco de hierro uno al lado del otro apenas rozándonos con nuestras rodillas. Casi parecemos una pareja. Casi. Hace un frío que pela esta mañana, estamos en noviembre, pero nosotros apenas lo notamos. El desayuno en Starbucks ha sido... mágico, "inolvidable", como dijo él al entrar, aunque después Hugo acabara comiéndoselo todo. Me atrevería a decir que nunca antes había sentido algo así cuando estaba con nadie, ni siquiera con Dani en el aula de baile.
—No creo que deje de verte como un profesor. ¡Por Dios, que tengo quince años!
—¿Y cuántos crees que tengo yo? ¿Treinta?
—Pues... —lo cierto es que sí, pero eso no se lo digo. Aunque pensándolo bien, Dimitri sí que tiene treinta y se le ve mucho mayor que Hugo. ¿Cuántos tendrá mi sexy profesor?
—Oh, gosh, Elena. ¿De verdad soy tan mayor? Tengo sólo veintiún años. —apunta con una mirada pícara.
—¡¿En serio?! ¡Joder... !
—Y tan en serio. Con treinta años no creo que me hubiese fijado en ti. No creo ni que estuviera en España trabajando de profesor sustituto de informática.
¿He oído bien? ¿De verdad se ha fijado en mí? Ésta ha dejado de ser una semana más para convertirse en la semana de "hagamos de la vida de Elena una vida más complicada de lo que era". Yo también me había fijado en el chico de los ojos verdes, pero pensaba que era muy mayor para mí. Cinco años no son tanto, y aunque ahora se note, quizá con el tiempo dejará de notarse tanto, ¿no? Por Dios, hasta esta mañana mi único pensamiento era Dani y ahora no puedo dejar de pensar en la sonrisa tan perfecta de mi profesor. En mi bolsillo empieza a sonar la canción de Sweet California, Infatuated. Qué oportuna es la canción. ¿Quién me llamará? Miro la pantalla del móvil: el número de la floristería.
—Ahora vengo, Hugo: es mi madre. —me aparto un poco del banco y descuelgo—. ¿Sí?
—¿Elena? Soy mamá.
—Ya lo sé, mamá, tengo el número de la floristería memorizado.
—Está bien, escucha. Hoy no iré a casa a comer, llegaré a la noche. Hay comida que sobró ayer en la nevera, pero sólo hay para uno. Con suerte tu hermano no comerá. Nos vemos esta noche.
Qué mal queda que una madre desee que su hijo no coma. Mi madre es única, a la vista queda. O está siendo única últimamente: antes no lo hubiera hecho.
—Oye, mamá, mis amigas llegan sobre las ocho, ¿qué vas a hacer?
—¡Dios! Es verdad, cielo, se me olvidaba. Pedid pizzas o lo que queráis, hoy no me da tiempo a haceros nada. Nos vemos esta noche. Chao.
Mi madre cuelga antes de que me de tiempo a pedirle nada más ni a despedirme de ella. Me estoy acostumbrando ya a que pase de nosotros. Parece que no somos ni sus hijos. Y, ¿dónde dejo a mi padre? Casi ni le vemos por casa. Vuelvo donde Hugo.
—¿Tengo que despedirme ya de ti? —dice con una mirada triste.
—Bueno, mi madre no llega hasta la noche así que me comeré sola con mi hermano.
—Te invito a comer. —contesta rápidamente antes de que me de tiempo a pensar nada.
—¿Cómo?
Este chico está loco. ¿Cómo he podido pensar que tiene treinta años? Esas locuras no las haría alguien tan viejo, con perdón de los treintañeros. Y, ¿de dónde se ha sacado esa afirmación? ¿Es que ya se ha pedido la costumbre de preguntar a las chicas si quieren salir contigo? ¿Ahora ya se confirma? Jesús.
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Cartas para Irene
Teen FictionElena, a sus quince años, tiene los problemas típicos de su edad: deberes, chicos inmaduros, amigas y discusiones con su familia; y la única manera que tiene Elena para escapar de esa realidad es escribirle cartas a su hermana, Irene, que vive en el...