Rápidamente me pongo el jersey celeste de antes y unos vaqueros. Además me enrollo un pañuelo al cuello de un tono más oscuro que el jersey, y me enfundo una cazadora vaquera: cada día hace más frío en la calle.
La duda aparece cuando llega el momento de irme. ¿Dónde voy? ¿Me recoge? ¿Salgo a la calle? ¿Voy a su casa? De repente y como si me hubiera leído el pensamiento -una vez más-, me llega un mensaje al móvil a las once en punto.
¿Estás lista? Estoy en tu puerta. Asómate.
Corro la cortina de la ventana por la que he espiado a Dani esta mañana y no lo veo ahí abajo de pie. Tan solo hay un chico con cazadora de cuero subido en una moto como la de Dani, que mira hacia mi ventana y sonríe con la sonrisa de Dani. Un momento... ¿Qué hace Dani como si fuera un motorista? Si Vicky lo viera ahora diría que está imitando a Mario Casas. Ay, que me desmayo con los nervios. Tengo miedo de las motos, pero confío tanto en Dani que sería capaz de dejar que me lleve hasta en coche de Fórmula 1. Noto cómo me tiemblan las piernas mientras bajo de dos en dos los escalones de mi casa. Qué nervios. Paso por delante del salón y sin pararme demasiado no vaya a ser que mi padre no me deje salir, me despido.
—¡Adiós, papá! ¡Volveré pronto!
Creo escuchar voces dentro, pero no sé si son vítores por otro nuevo gol, o es un "¿Dónde crees que vas, Elena?". Sea lo que sea, ya me estoy colocando el casco que Dani me tiende, y ya me estoy subiendo a su moto. Me amarro el casco al cuello y me sujeto con fuerza a su cintura. Lo hago con tanta fuerza que Dani tiene decirme que afloje. No hacen falta palabras, entre su sonrisa y mi énfasis al abrazarlo ya no necesitamos decirnos nada más para saber que el uno se muere por el otro y no es capaz de vivir sin el otro.
—Nena, yo tampoco quiero separarme de ti, tranquila.
Muerta de la vergüenza, aflojo un poco las manos. Dani arranca y empieza a conducir llevándonos a dios sabe dónde. Yo ni siquiera soy capaz de ver por dónde vamos, tengo mi cabeza enterrada en su espalda.
Después de cinco minutos de trayecto, por fin para la moto. Dani apoya un pie en el suelo. Sin embargo yo no me suelto, y esto hace que Dani acaricie suavemente mi mano para avisarme de que ya hemos llegado. Retiro las manos y me bajo del vehículo.
—¿Te has perdido las vistas? Eran preciosas. ¿Para eso me preocupo en arreglar la moto? —dice en tono de broma.
—No seas estúpido.
Entonces me fijo en dónde estamos. Estamos en el lugar que alquilamos para mi cumpleaños de seis años, en la piscina.
—¿Qué hacemos aquí? No pensarás que voy a bañarme a esta hora de la noche y en noviembre, con el frío que hace.
—Elena, existe algo que se llama "piscina cubierta". No sé si has oído hablar de ella.
—Da lo mismo. El horario de piscina ha acabado, vayámonos. —él me dedica una cara de "No hablarás en serio"—. Dani, no pienso meterme ahí contigo. He venido a hablar, simplemente.
Dani guarda nuestros cascos bajo el asiento de la moto y se acerca a mí. Me coge una mano y me mira directamente a los ojos.
—Algo hay ahí dentro de ti que se muere por estar conmigo y perdonarme, si no, no estarías aquí y lo sabes, y a eso es a lo que yo voy a aferrarme. Por favor, no hagas que esta noche termine así.
Dios, eso no me lo esperaba. Ciertamente Hugo sabe cómo hacer temblar mis piernas. Hugo. ¡¿Hugo?! Jesús, es la segunda vez que confundo el nombre de estos chicos en mi mente. ¿Acaso echo de menos a uno cuando estoy con el otro y viceversa? Ojalá mi mente deje de liarse ella sola.
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Cartas para Irene
Teen FictionElena, a sus quince años, tiene los problemas típicos de su edad: deberes, chicos inmaduros, amigas y discusiones con su familia; y la única manera que tiene Elena para escapar de esa realidad es escribirle cartas a su hermana, Irene, que vive en el...