Cincuenta y Siete

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—¿Tú lo sabías? —es lo primero que puedo decir al bajarme del autobús.

—No. —me responde Álvaro sacudiendo la cabeza—. Me lo ha contado Irene.

—¿Cómo sabía que estaba él aquí?

—Preguntó por ti y le conté lo de tu novio.

—No es mi novio. —lo corrijo—. Ya no.

—Se lo dije y ella empezó a encajar piezas. Me dijo que salieras de allí lo antes posible.

—Maldita sea. —expreso con toda mi furia.

—Lo siento. —dice.

Esta depresión general, mi ira mezclada con el dolor y el desengaño sumado al ambiente que no ayuda nada con las nubes que oscurecen el cielo dan la impresión de película. Mi vida sí que está siendo de película los últimos dos meses.

Miro hacia el final de la calle con aire de melancolía. Nunca me va a ir bien con los chicos y tengo que asumirlo ya. El único que de verdad quiso liarse conmigo fue Andrés, y para eso mejor nada.

—¿Estás llorando?

—No. —digo enjugándome las lágrimas y secándome todo el rostro húmedo—. Quiero hablar con Irene.

—Ven, está esperando en Skype.

Entramos en casa y comenzamos a subir las escaleras, pero mi madre me chista para que baje. Era de esperar que hoy me tocara bronca.

—Elena, ¿dónde vas? Pensé que te dije que no vieras a tu novio más. ¿Desde cuándo no cumples lo que te digo?

Estoy a punto de decirle que desde que empezó a centrar su atención en Dimitri y no en nosotros, pero comprendo que no vale la pena y me callo. De hecho, hago oídos sordos durante toda su estúpida bronca. Que sí, que no me tenía que haber ido con Hugo, que tenía que haberlo dejado, que por qué se me ocurrió que era buena idea fugarme con mi novio...

Es más, ni siquiera yo sé por qué lo hice. Hugo ha sido perfecto, demasiado perfecto. Ha sido tan perfecto que hasta me ha salido rana. Casi era de esperar que pasara eso. Los hombres perfectos no existen. Ni tampoco los amores verdaderos. ¡Ni siquiera yo estaba enamorada de él! Aunque sí que me olvidaba de todos los problemas cuando estaba con él. De hecho hoy hubiera sido un día perfecto de no ser por la llamada de mi madre.

—¿Cómo sabías que estaba allí? —pregunto interrumpiendo su charla.

—¿Qué?

—Que por qué has llamado allí. ¿Cómo sabías que estaba allí?

—No he llamado yo, ha llamado él.

No puede ser. Álvaro se asoma desde arriba de la escalera. Nos intercambiamos miradas.

—¿Qué te ha dicho?

—Que estabas allí y que no veía correcto que estuvieras allí. Dijo que te iba a traer para que te castigara sin salir esta noche.

Cierro los ojos y levanto la vista hacia el techo. No puede ser que me haya hecho esto. ¿De verdad es capaz? ¿Cuántas veces habrá hecho algo parecido? ¿Habrá algo en lo que no me haya mentido? Espero que al menos sí que tenga veintiún años.

—No pasa nada que la castigues, mamá. No íbamos a salir, ninguno de mis amigos quiere salir.

«Ya, iluso. Todos tus amigos van a ir esta noche a la fiesta de Dani, campeón

Mi madre me mira. Ella sabe lo de la fiesta pero se está planteando si dejarme ir. Ahora mismo no es que tenga muchas ganas, pero tengo que ir por mi hermano. Y me pienso escapar si es necesario.

Cartas para IreneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora