—No me puedo creer que el sustituto de informática sea tu chófer.
Me sorprende Álvaro entrando de sopetón en mi habitación mientras yo me seco el pelo con una toalla.
—Podrías llamar antes de entrar, digo yo.
—¿Entonces es verdad? Dios, no me lo creo. —se deja caer en el borde de mi cama sin dejar de mirarme.
—Álvaro, qué exagerado eres.
Termino de secarme el pelo y voy al baño a dejar la toalla. Me cepillo el pelo y me pongo el pijama. Cuando salgo, Álvaro sigue en mi habitación, pero esta vez no está sentado en mi cama, si no que mira por la ventana hacia la casa de Dani.
—¿Qué haces?
—¿Dani tiene moto? —se vuelve para preguntarme.
—Sí, desde hace algunas semanas. Es la vespa antigua de su padre.
—Ah... —de nuevo mira hacia la ventana. No parece muy feliz con la situación que los rodea, aunque, pensándolo bien, ninguno lo estamos—. Cuando no me querías decir con quién te veías tan a menudo, pensé que era Dani, aunque sé que no puede llevar un coche.
—¿Por qué Dani?
—Porque pensé que habías vuelto a caer.
Chasqueo la lengua. Álvaro no sabe de lo difícil que es hablar de él para mí.
—Álvaro, si te soy sincera, nunca dejará de gustarme como el primer día.
—¿Y tu chófer? —me observa juntando las cejas.
—Mi chófer no sólo me gusta, me encanta.
—Sabes que está mal, ¿no?
—Ajá. Pero también sé que me olvido de todos los problemas cuando estoy con él, y que no puedo dejar de sonreír cuando él lo hace. —hago una pausa mientras juego con el cordón de mi pantalón del pijama—. Estoy dispuesta a asumir riesgos, Álvaro, no sé si me entiendes.
Álvaro hace algo que pensé que no haría nunca si supiese lo de Hugo: sonreír como si me entendiera. Álvaro, el chico testarudo y con carácter que se enfada a la mínima me sonríe como si me entendiese sobre un aspecto de mi vida que creo que es el error más grande pero más bonito que estoy cometiendo. ¿Ha pasado algo que yo no sepa?
—Mientras estés así, yo también lo estaré.
—¿Álvaro? ¿Dónde está mi hermano y qué has hecho con él? —le digo poniendo los brazos en jarras.
—¡Eh! Estaré bien mientras no se pase y yo no tenga que decirle cuatro cosas a ése.
«Ya decía yo.»
—Entonces, ¿me entiendes?
—No. Eso de gustarte uno y que te encante otro es muy de chicas y yo no lo entiendo.
—Qué tonto eres, Álvaro.
—Y vosotras idiotas. ¿Por qué no centras todo tu sentimiento en tu chófer y te olvidas de una vez de Dani? ¿No crees que estás siendo injusta con él en ese sentido?
Álvaro tiene razón, aunque no creo que nunca pueda olvidarme de Daniel.
Aprieto los labios y espiro sonoramente. Pensándolo fríamente, Álvaro me acaba de decir en otras palabras que la persona con quien queda todas las tardes es su novia pues si no sería injusto con ella sintiendo algo por otra persona. Vaya, vaya con Alvarito.
—¿Es Laura con quien quedas todas las noches?
—¡¿Qué?! No. —hace una pausa mientras piensa—. Quiero decir, sí es ella pero no quedamos para lo que piensas.

ESTÁS LEYENDO
Cartas para Irene
Teen FictionElena, a sus quince años, tiene los problemas típicos de su edad: deberes, chicos inmaduros, amigas y discusiones con su familia; y la única manera que tiene Elena para escapar de esa realidad es escribirle cartas a su hermana, Irene, que vive en el...