III

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Larry y yo aterrizamos en Nueva York en 1998. Él era editor en una revista masculina, y yo trabajaba como productora por mi cuenta. Nos instalamos en un edificio sin ascensor en el West Village. Una cálida tarde de mayo, sonó el timbre. Yo estaba trabajando en casa, todavía en pijama.
—¿Quién es? —pregunté por el interfono.
—¿La señorita Kerman? Somos los oficiales Maloney y Wong.
—¿Sí? —me pregunté qué buscarían en nuestro edificio aquellos policías locales.
—¿Podemos hablar con usted un momento?
—¿De qué se trata? —de repente, me sentí suspicaz.
—Señorita Kerman, creo que será mejor que hablemos cara a cara.
Maloney y Wong, dos hombres grandotes vestidos con ropa de calle, subieron cinco pisos y se
sentaron en mi salón. Maloney hablaba mientras Wong me miraba impasible.
—Señorita Kerman, somos funcionarios de aduanas de Estados Unidos. Estamos aquí para notificarle que ha sido usted acusada ante un tribunal de Chicago de tráfico de drogas y blanqueo de dinero —me tendió una hoja de papel—. Tiene que presentarse usted en esta fecha, en este lugar. Si no aparece, será llevada en custodia.
Yo parpadeé en silencio, y de repente las venas de mis sienes empezaron a latir como si hubiera corrido muchos kilómetros a toda velocidad. El ruido que oía dentro de mi cabeza me asustó. Había dejado atrás mi pasado, lo había mantenido en secreto ante todo el mundo, incluso ante Larry. Pero todo había terminado. Sentía un miedo tan físico que me quedé anonadada.

Maloney sacó una libreta y me preguntó, despreocupadamente:
—¿Le gustaría hacer alguna declaración, señorita Kerman?
—Creo que será mejor que hable con un abogado, ¿no le parece, oficial Maloney? Corrí a la parte alta de la ciudad, al despacho de Larry, casi sin acordarme de cambiarme el pijama. Balbuceando, le hice salir a la calle 22 Oeste.
—¿Qué pasa? ¿Estás enfadada conmigo? —me preguntó él.
Yo cogí aliento con fuerza, porque de otro modo no podía hablar.
—Me han acusado ante un tribunal federal de blanqueo de dinero y tráfico de drogas.
—¿Cómo? —parecía divertido. Miró a su alrededor, pensando que quizá se trataba de una broma de cámara oculta.

—Es cierto. No me lo invento. Vengo de casa. Han venido los federales. Tengo que usar un teléfono. Necesito un abogado. ¿Puedo llamar por teléfono?
Un momento… a lo mejor no podía llamar por teléfono. A lo mejor todos los teléfonos relacionados remotamente conmigo, incluidos los teléfonos del despacho de Larry, estaban pinchados. Todas las paranoias y locuras que me había contado Nora resonaban ahora con fuerza en el interior de mi cabeza. Larry me miraba como si me hubiese vuelto loca.
—¡Tengo que usar el móvil de otra persona! ¿Qué teléfono puedo usar?
Minutos más tarde estaba en la salida de incendios junto al despacho de Larry, usando el teléfono de un compañero de trabajo suyo, para llamar a un amigo de San Francisco que era el abogado más
importante que conocía. Se puso al teléfono.

—Wallace, soy Piper. Dos agentes federales acaban de llamar a mi puerta y me han dicho que me acusan de blanqueo de dinero y tráfico de drogas...
Wallace se echó a reír. Era una reacción a la que acabaría por acostumbrarme, cuando mis amigos se enteraban de mi situación.
—Wallace, hablo totalmente en serio, joder. No tengo ni idea de lo que debo hacer. ¡Me estoy volviendo loca! Tienes que ayudarme…
—¿Desde dónde me llamas?
—Desde la escalera de incendios.
—Ve a una cabina telefónica.
Fui al despacho de Larry.
—Tengo que buscar una cabina.
—Pero, cariño, ¿qué pasa? —me dijo él. Parecía exasperado, preocupado y un poco molesto incluso.
—En realidad no lo sé… Tengo que hacer esa llamada. Ya volveré a buscarte.
Más tarde, cuando oyó una explicación resumida (y probablemente poco coherente) de la situación, Larry se quedó extrañamente tranquilo. No me chilló por no contarle que era una
delincuente antes de que nuestras vidas se encontraran. No me castigó por ser una idiota irresponsable, descuidada y egoísta. Cuando vacié mi cuenta de ahorros para pagar las tasas del abogado y de la fianza, no se quejó de que quizá hubiese arruinado mi vida y la suya también. Solo dijo:
—Ya lo arreglaremos.
Solo dijo:
—Todo se arreglará. Te quiero.
Aquella mañana marcó el principio....

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora