Indonesia ofrecía una gama de experiencias que parecía inacabable, pero todas con un aspecto
turbio y amenazador. Nunca había visto una pobreza tan radical como la que vi en Yakarta, o un
capitalismo tan salvaje representado por las enormes fábricas y el acento de Texas que se oía en el
vestíbulo del hotel, donde tomaban copas los ejecutivos de las petroleras. Pasabas una hora
encantadora charlando en el bar con un abuelito británico de lo hermoso que era San Francisco y de
sus preciados galgos allá en el Reino Unido, y cuando te daba su tarjeta de visita al salir, te
explicaba como quien no quiere la cosa que era traficante de armas. Cuando subía en el ascensor al
piso superior del Yakarta Grand Hyatt, al anochecer, salía al lujoso jardín que había allí y me ponía a
correr por la pista que daba la vuelta al tejado, oyendo la llamada a la oración de los musulmanes
que hacía eco de mezquita en mezquita por toda la ciudad.
Después de unas cuantas semanas me sentí por un lado triste, pero por otro aliviada de decir
adiós a Indonesia y volver a Occidente. Añoraba mi casa.
Durante cuatro meses de mi vida viajé constantemente con Nora, desembar- cando de vez en
cuando en Estados Unidos para pasar unos pocos días. Vivíamos una vida de tensión incesante, y sin
embargo era también espantosamente aburrida. Yo tenía poca cosa que hacer, aparte de acompañar a
Nora mientras ella trataba con sus «mulas». Vagaba sola por las calles de aquellas ciudades
desconocidas. Me sentía desconectada del mundo al tiempo que lo observaba, una persona sin
objetivo ni lugar. No era aquella la aventura que ansiaba. Mentía a mi familia sobre todos los
aspectos de mi vida, y cada vez me sentía más agobiada y cansada de mi «familia» adoptiva de la
droga.
Durante una breve estancia en Estados Unidos para visitar a mi familia real, muy suspicaz por
aquel entonces, recibí una llamada de Nora, que decía que necesitaba que me reuniera con ella en
Chicago.
El aeropuerto O’Hare se consideraba un aeropuerto «seguro», aunque yo no sabía qué
significaba eso, y allí era adonde se enviaba la droga. Me reuní con ella en el hotel Congress, en la
avenida Michigan. «Qué tugurio», pensé. Estaba acostumbrada al Mandarin Oriental. Nora me
explicó lacónicamente que debía volar al día siguiente llevando dinero en efectivo para dejarlo en
Bruselas. Ella se lo había prometido a Alaji, y yo debía hacerlo por ella. Nunca me había pedido
nada, pero entonces me lo pedía. En lo más hondo tuve la sensación de que yo había aceptado aquella
situación y no podía decir que no. Tuve miedo. Y accedí a hacerlo.
En Europa, las cosas adoptaron un cariz siniestro. El negocio de Nora costaba de mantener, ella
corría muchos riesgos con los correos, y la cosa se estaba poniendo fea. Su socio Jack se unió a
nosotras en Bélgica, y la situación se deterioró en seguida. Yo lo encontraba codicioso, libidinoso y
peligroso. Y vi que Nora confiaba en él mucho más de lo que le importaba yo.
Me sentía asustada y desgraciada, y me retiré a un silencio casi constante cuando nos trasladamos de Bélgica a Suiza. Iba deambulando por Zúrich sin amigos, sola, mientras Nora y Jack tramaban sus
planes. Vi El piano tres veces seguidas, gratamente transpor-tada a otro lugar y tiempo, llorando en
silencio a lo largo de toda la película.
Cuando Nora me informó en términos claros de que quería que yo trans-portase drogas, supe que
ya no era valiosa para ella a menos que pudiera hacerle ganar dinero. Obedientemente, «perdí» mi
pasaporte y me dieron otro nuevo. Ella me disfrazó con gafas, perlas y un par de mocasines muy feos.
Con un maquillaje espeso, intentó en vano cubrir el pez que llevaba tatuado en el cuello. Me dijeron
que me hiciera un corte de pelo conservador. Bajo una lluvia tormentosa, una fría tarde de sábado,
intentaba encontrar una peluquería donde transformaran mis trenzas rubias y crecidas en algo más
presentable, y entré chorreando en un diminuto salón, el quinto que probaba. Me había encontrado
con una gélida recepción suiza en los cuatro anteriores, pero en aquel, un acento familiar me
preguntó:
—Hola, ¿qué quiere hacerse?
Casi me echo a llorar al ver al hombre que me atendía, un joven sureño llamado Fenwick que se
parecía a Terence Trent D’Arby y que me quitó el abrigo empapado, me hizo sentar en un sillón, me
dio un té caliente y me cortó el pelo. Se mostró curioso pero amable cuando yo intenté explicarle tartamudeando mi presencia en su salón. Me habló de Nueva Orleans, de música y de Zúrich.
—Es una ciudad estupenda, pero tenemos un problema terrible con la heroína. Ves a la gente
tirada por las calles por culpa de la droga —dijo. Yo me sentí avergonzada y quise irme a casa. Di
las gracias calurosamente a Fenwick al irme de su peluquería: era el único amigo que había hecho
desde hacía meses.
En cualquier momento, con una simple llamada telefónica, mi familia podría haberme rescatado
de aquel lío en el que yo misma me había metido, pero nunca hice esa llamada. Pensé que tenía que
solucionarlo por mi cuenta, confiando solo en la amabilidad de desconocidos como Fenwick. Yo sola
me había embarcado en aquella desgraciada aventura, y sola tendría que llevarla a alguna conclusión,
aunque me asustaba que pudiera tener un final lúgubre.
Nora y Alaji tramaron un plan sofisticado y arriesgado de intercambio de maletas en el
aeropuerto de Zúrich, pero por suerte las drogas que yo tenía que transportar no aparecieron nunca, y
así evité por los pelos convertirme en correo de droga. Me parecía que solo era cuestión de tiempo
que ocurriera algún desastre. Todo aquello me desbordaba y comprendí que tenía que escapar.
Cuando volvimos a Estados Unidos,cogí el primer vuelo a California. Desde la seguridad de la
Costa Oeste rompí todos mis lazos con Nora y dejé atrás mi vida criminal.
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Orange is the new black (libro)
Ficção AdolescentePiper Kerman, una joven atractiva y de clase acomodada, se embarca tras su graduación en una relación sentimental con una traficante de drogas para la que acabará trabajando como mula. Diez años después, y con su vida ya rehecha, es condenada a pasa...
