Por la madriguera del conejo

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Al cabo de dos semanas yo ya había aprendido a limpiar mucho mejor, ya que las inspecciones tenían lugar dos veces a la semana y había una considerable presión social para no joderla. Las ganadoras de la inspección comían primero, y ciertamente, las de los «cubículos de honor», extralimpios, estaban entre las primeras de las primeras. Era sorprendente la cantidad de usos que tenían las compresas sanitarias, que eran nuestros principales utensilios de limpieza.
Había cierta tensión en la habitación 6 por ver quién limpiaba y quién no. La señorita Luz, que tenía más de setenta años y estaba enferma de cáncer, no tenía que limpiar. La mujer portorriqueña de una de las literas superiores no hablaba inglés, pero nos ayudaba en silencio a Annette y a mí a
limpiar el polvo y frotar. La intolerante mujer polaca que ocupaba la litera debajo de la mía se negaba a limpiar, para gran enfado de Annette. Mi compañera de AO tatuada hacía algo a
regañadientes, aunque descubrió que estaba embarazada y fue trasladada rápidamente a una litera inferior en otra habitación. Al DFP (Departamento Federal de Prisiones) no le gustan las demandas judiciales.
La chica nueva que ocupó su lugar en la habitación 6 era una hispana enorme. Al principio usé el término políticamente correcto de «latina», como había aprendido a hacer en Smith, pero todo el mundo, sin tener en cuenta su color, me miraba como si yo estuviera loca. Al final me corrigió firmemente una mujer portorriqueña:
—Nosotras nos llamamos hispanas, cariño, mamis hispanas.
Esa nueva mami hispana se sentó en el colchón desnudo de la litera inferior, con aire confuso. Me tocaba a mí enseñarle cómo iban las cosas.
—¿Cómo te llamas?
—María Carbón.
—¿Y de dónde eres?
—De Lowell.
—¿En Massachusetts? Yo soy de allí y me crie en Boston. ¿Cuánto tiempo tienes? —ella me miró confusa—. Quiero decir que cuánto tiempo de condena tienes.
—No lo sé.
Eso me dejó helada. ¿Cómo podía no saber qué condena le había caído? No creo que fuera problema de lengua… su inglés carecía de todo acento. Me preocupé. Parecía algo conmocionada.
—Escucha, María, todo va a ir bien. Nosotras te ayudaremos. Te rellenaremos los formularios, y
la gente te dará todo lo que necesites. ¿Quién es tu consejero?
María se limitó a mirarme, indefensa, y finalmente me fui a buscar a otra de las mamis hispanas para que me ayudara con la recién llegada.
Una tarde, el sistema de altavoces rugió «¡Kerman!», y yo corrí al despacho del señor Butorsky.
—¡Se traslada al dormitorio B! —aulló—. ¡Cubículo dieciocho! ¡Su compañera de litera será la señorita Malcolm!
Yo no había pisado los dormitorios (que estaban «fuera de los límites» para las AO). Imaginaba que se trataba de tenebrosas naves pobladas de convictas muy curtidas.
—Le gustas —dijo Nina, mi experta consejera sobre las cosas de la cárcel, que esperaba todavía poder volver a su cubículo del dormitorio A con Pop—. Por eso te ha puesto con la señorita
Malcolm. Ella tiene mucho tiempo. Además, tú siempre serás de un «cubículo de honor».
Yo no tenía ni idea de quién podía ser la señorita Malcolm, pero había aprendido que, en la cárcel, «señorita» es un título honorífico concedido solo a las más ancianas o a aquellas que son muy
respetadas.
Recogí mis pocas pertenencias y nerviosamente avancé por las escaleras hasta el dormitorio B, más conocido como «el gueto», agarrando mi almohada y mi bolsa de la lavandería llena de uniformes. Tendría que llevar mi pila de libros, lo único de valor que poseía, en un segundo viaje.
Los dormitorios resultaron ser unas salas grandes en el sótano, semisubterráneas, que eran un
laberinto de cubículos beige, cada uno de los cuales albergaba a dos presas, una litera, dos taquillas de metal y una escala de mano. El cubículo 18 estaba cerca del baño, en la única pared con ventanas.
La señorita Malcolm me esperaba en su cubículo, una mujer diminuta de piel oscura y de mediana edad con fuerte acento caribeño. Era muy seria y eficiente.
—Esta es tu taquilla —me indicó la que estaba vacía—, y esos son tus colgadores. Estos colgadores son míos, y así es como van a seguir las cosas —su ropa estaba pulcramente colgada, con sus pantalones de cuadritos de cocinera y su blusa color granate, porque trabajaba en la cocina—. No
me importa si eres gay o lo que sea, pero no quiero tonterías en la litera. Limpio los domingos por la noche. Tendrás que ayudarme a limpiar.
—Por supuesto, señorita Malcolm —accedí.
—Llámame Natalie. Te haré la cama.
De repente apareció una cabeza rubia por encima de la pared del cubículo.
—Hola, nueva vecina —era la chica blanca alta y con cara de bebé que lavaba los platos en el comedor—. Me llamo Colleen —Colleen miró cautelosamente hacia mi nueva litera—. ¿Cómo está, señorita Natalie?
—Hola, Colleen —el tono de Natalie expresaba tolerancia con las chicas tontas, pero tolerancia con límites. No es que fuera poco amistosa ni desagradable, solo un poco seca.
—¿Cómo te llamas, vecina?
Me presenté y ella saltó de la litera superior y pasó en torno a la abertura del cubículo que ahora compartía con la señorita Malcolm. Me asaeteó a preguntas sobre mi extraño nombre, cuánto tiempo tenía y de dónde era, y yo traté de responderlas una a una. Colleen era la artista del campo, especializada en flores, princesas de cuento de hadas y letras de fantasía, y me dijo:
—¡Mierda, vecina, tengo que hacerte un letrero con tu nombre! Escríbemelo para ver cómo se deletrea…
Colleen ilustraba los nombres de los cubículos para todas las recién llegada al dormitorio B con una letra femenina con detalles brillantes… excepto para la gente que había pasado un tiempo colina abajo, en la ICF, y por tanto ya tenían unas de plástico negro con letras blancas de aspecto oficial,
como Natalie.
Me había tocado la lotería con aquella litera. Natalie, que estaba casi a punto de cumplir su condena de ocho años, era un dechado de dignidad,tranquilidad y buenos consejos. A causa de su
espeso acento, tenía que escucharla con mucho cuidado para entender todo lo que me decía, pero nunca me dijo nada innecesario. Era la panadera jefa de la cocina. Se levantaba a las cuatro de la mañana para empezar su turno, y se lo guardaba todo para sí, confiando solo en unas pocas y selectas amigas entre las mujeres de las Indias Occidentales y sus compañeras de trabajo de la cocina. Pasaba el resto del tiempo leyendo tranquilamente, caminando por la pista de atletismo y escribiendo cartas, y se iba a la cama temprano, a las ocho. Hablábamos muy poco de nuestras vidas fuera de la cárcel, pero ella me respondía a todas las preguntas que le hacía sobre la vida en Danbury. Nunca dijo qué la había llevado allí, y nunca se lo pregunté.
Cómo conseguía dormirse Natalie a las ocho de la tarde era un completo misterio para mí, porque había mucho, mucho ruido allá, en el dormitorio B. La primera noche que pasé allí estaba
calladita como un ratón en mi litera de arriba, intentando seguir todo el escándalo y griterío que tenía
lugar en la enorme habitación llena de mujeres. Me preocupaba ser incapaz de dormir nunca, y volverme loca en medio de todo aquel follón. Cuando se apagaron las luces principales, sin embargo, todo se quedó silencioso con bastante rapidez, y pude dormir, acunada por el aliento de otras cuarenta y siete personas. A la mañana siguiente, algo me despertó antes de amanecer. Amodorrada y confusa, me incorporé
en la cama, con la sala todavía a oscuras, el sueño colectivo de sus residentes envolviéndolo todo.
Pasaba algo… Oía a alguien no gritar exactamente, pero sí hablar enfadada. Miré debajo de mí…
Natalie ya se había ido a trabajar. Me incliné hacia delante muy despacio, con mucha precaución, y atisbé fuera de mi cubículo.
Dos cubículos más allá vi a una mujer hispana que había gritado mucho la noche anterior. No estaba contenta. No pude entender qué le molestaba. De repente se agachó unos momentos y luego se incorporó y se fue sin decir palabra, dejando un charco delante del cubículo de mi vecina.
Me froté los ojos. ¿Era verdad lo que acababa de ver? Un minuto después, una mujer negra salió del cubículo.
—¡Lili! ¡Cabrales! ¡Lili Cabrales! ¡Vuelve aquí inmediatamente y limpia esto! ¡LILIIIIIII…! —las demás no se sentían muy contentas de que las despertaran de aquella manera, y se oyó un «¡CÁLLATE LA PUTA BOCA!» que resonó en la enorme sala. Escondí la cabeza: no quería que nadie supiera que yo
lo había visto todo. Oía a alguien lanzar maldiciones en voz baja. Precavidamente eché un vistazo: la
mujer negra limpió el charco rápidamente con un enorme rollo de papel higiénico. Me vio mirarla y pareció avergonzada. Yo me eché atrás en mi litera y miré al techo. Había caído por el agujero del conejo.

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora