III

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—¡Tirad!
Se volvieron a deslizar.
—¡Empujad!
Mis compañeras empujaron los cables hacia arriba. Viendo el gran esfuerzo que estaban haciendo, me puse de rodillas y las ayudé a empujar todo lo fuerte que pude. Los cables empezaron a deslizarse hacia arriba, y luego ya pasó muy bien, mientras las otras iban tirando. Salí de la sala de
calderas, me quité los guantes y los tiré.

Yo estaba ciega de ira, como loca. Lo único que pude hacer fue arrojar las escaleras, las herramientas y el equipo a la parte de atrás de la furgoneta con fuerza. Mis compañeras estaban
nerviosas. No hablé con nadie durante el resto de la tarde, y DeSimon no me dirigió la palabra. De vuelta en el campo, intenté quitarme en la ducha toda la porquería y la humillación. Luego escribí otra solicitud de traslado, esta vez al jefe de DeSimon. Decía más o menos algo así:

Como ya le he comentado en ocasiones anteriores, el señor DeSimon, mi supervisor de trabajo, a veces nos habla en el
trabajo de formas que encuentro muy groseras, carentes de respeto y sexualmente explícitas.

El 23-6-04, mientras trabajábamos en la sala de la caldera en el nuevo circuito eléctrico para la sala de visitas, estábamos
trabajando con cables eléctricos gruesos unidos con cinta aislante. El señor DeSimon se refirió a esos materiales que yo
tenía que engrasar para pasar por las tuberías como genitales de caballo, cosa que encontré muy ofensiva. No usó la palabra
«genitales», sino una expresión vulgar.

No había más espacio para explicar la petición en el formulario.
No iba a pasarme los siete meses siguientes bajo la férula de aquel cerdo, me lo había jurado a mí misma. Y esperaba que, en forma de polla de caballo, él mismo me hubiese entregado una carta con triunfo para poder huir.

A la primera oportunidad que tuve me dirigí a la oficina del jefe de DeSimon. Aquel hombre era muy distinto, había hecho carrera en el DFP y se había trasladado de prisión en prisión, subiendo por el escalafón corporativo. Era de Texas, donde se las saben todas sobre prisiones, y era un verdadero
profesional. De elevada estatura, siempre llevaba corbata y a menudo botas de vaquero, y era de una cortesía a toda prueba. También era muy imparcial, cosa que le había conseguido la admiración de las presas. Pop lo llamaba «mi Texas Ranger», y le gustaba que él subiera al campo para comer sus platos.

Llamé a su puerta, entré y le tendí mi formulario de solicitud.
Lo leyó en silencio y luego levantó la vista hacia mí.
—Señorita Kerman, no estoy seguro de comprender lo que me está diciendo aquí. ¿Quiere sentarse, por favor?

Yo me senté y me quité la gorra de béisbol blanca. Notaba otra vez las mejillas ardiendo. Busqué un punto de su escritorio donde clavar la vista para no tener que mirarle a los ojos, para que él no viera mi vergüenza y no echarme a llorar delante de un policía. Le expliqué a qué se debía mi solicitud, con todo detalle. Cuando acabé, cogí aliento. Levanté la vista y miré a Tex.

Estaba tan rojo como yo.
—La sacaré de allí de inmediato —dijo.
Julio llegó con un sabor agridulce. Todas las instalaciones del campo parecían quejarse del calor, saturadas. De repente dejaron de funcionar los teléfonos. Las lavadoras se estropearon, horror de horrores. Desaparecieron todos los secadores de pelo. Doscientas mujeres sin teléfono, sin
lavadoras, sin secadores… era como El señor de las moscas pero con estrógenos. Yo tenía muy claro que, desde luego, no me iba a convertir en Piggy.

Para huir de las tensiones latentes del campo me gustaba sentarme bajo una hilera de pinos que daban a la pista de carreras y al valle que quedaba debajo, especialmente al ponerse el sol. Ahora que ya sabía cómo era el lago, me imaginaba que me sumergía en él, bajo el agua, y que me alejaba nadando. Me esforzaba por captar el sonido de las lanchas motoras más abajo. Realmente, aquel era un sitio muy bonito. ¿Por qué estropearlo colocando allí una prisión? Aquellas tardes echaba de menos terriblemente a Larry y deseaba estar con él.

Comprobaba las convocatorias cada día para ver si me habían cambiado de trabajo. Al cabo de una semana supe que mi intento de huir del taller eléctrico se había visto retrasado porque el maldito DeSimon se había ido de vacaciones sin decir nada, y Tex no podía trasladarme a construcción hasta
Ñque volviera. No entendía nada.

Pero cuando le presioné, desesperada como estaba, el enorme texano levantó las manos, como pidiéndome una tregua.
—Tendrá que confiar en mí y tener paciencia, señorita Kerman. La sacaré de allí.

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora