VI

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A medida que pasaron los años, mi familia casi empezó a creer que me salvaría milagrosamente.


Mi madre pasaba muchas horas en la iglesia. Pero yo no me permití incurrir ni por un segundo en

semejante fantasía. Yo sabía que iría a prisión. Había veces en que me sentía muy deprimida, pero la

verdad es que mi familia y Larry todavía me querían, a pesar de haberla cagado tanto; que mis

amigos, que conocían mi situación, jamás me dieron la espalda, y que podía seguir funcionando en el

mundo profesional y social a pesar de haber arruinado tanto mi vida. A medida que pasaba el tiempo,

empecé a temer menos mi futuro, mis perspectivas de felicidad e incluso la prisión.

El motivo principal era Larry. Cuando me acusaron estábamos ya decididamente enamorados,

pero con solo veintiocho años y recién llegados a Nueva York, no pensábamos más que en el futuro


inmediato, por ejemplo, adónde nos trasladaríamos cuando el tipo al que realquilábamos el piso

volviera de Londres. Cuando reapareció mi pasado criminal, nadie podría haberle culpado si me

hubiera dicho: «Yo no sabía nada de toda esta mierda horrible. Yo pensaba que estabas loca pero

eras buena, no que darías miedo». ¿Quién podía predecir cómo procesaría un buen chico judío de

Nueva Jersey la información de que su novia exlesbiana, bohemia pero de buena familia, era también

una delincuente y futura convicta?


¿Quién se iba a imaginar que mi extrovertido, vivaz y anfetamínico novio sería tan paciente, tan

competente y tan lleno de recursos? ¿Que cuando yo llorara hasta atragantarme él me dejaría apoyar

la cabeza en su hombro y me consolaría? ¿Que guardaría mi secreto y lo haría suyo? ¿Que cuando yo

me deprimiera demasiado, dejando que el consabido rollo autocompasivo me encadenara los tobillos

como unos grilletes, hundiéndome en la desesperación, él lucharía por recuperarme, aunque eso


significara tener peleas terribles y pasar días y noches muy difíciles?

En julio de 2003 estábamos en Massachusetts, en la cabaña que tiene mi familia en la playa. Un

bonito y soleado día, Larry y yo salimos en kayak a Pea Island, un islote de roca y arena situado en

una pequeña cala de Buzzard's Bay. La isla estaba plácida y desierta. Nadamos y luego nos sentamos

en una roca, mirando hacia la cala. Larry rebuscaba en su bañador y yo le miraba de soslayo,

preguntándome qué le pasaría. Sacó una bolsita de plástico impermeable del bañador y de ella una

cajita de metal.

-P, he comprado estos anillos porque te quiero y quiero que los tengas porque significan mucho

para mí. Hay siete, uno por cada año que llevamos juntos. No tenemos que casarnos, si no quieres.
Pero quiero que los tengas...
Por supuesto, no recuerdo qué más dijo, porque estaba tan sorprendida y asombrada, tan

conmovida y asustada que no pude oír nada más.
Solo grité: «¡Sí!». En la caja había siete anillos de

oro batido, finos como un papel de seda, para llevarlos todos juntos. Y él se había hecho un anillo


también, una banda fina de plata a la que daba vueltas nervioso en el dedo.


Mi familia se quedó extasiada. Los padres de Larry también, pero a pesar del tiempo que llevaba

de relación con su hijo, había muchas cosas que todavía no sabían de su futura nuera. Siempre habían

sido amables y acogedores conmigo, pero me aterrorizaba pensar cuál sería su reacción a mi feo

secreto. Carol y Lou eran muy distintos de mis padres, antiguos hippies: ellos eran novios desde el

instituto, en los años cincuenta, antes de la contracultura. Todavía vivían en el país bucólico donde se

criaron, iban al fútbol y a cenas de asociaciones de abogados. Me parecía que no serían capaces de comprender mi fascinación adolescente por los bajos fondos de la sociedad, mi implicación en el

tráfico de drogas internacional o mi inminente encarcelación.

Por aquel entonces ya habían pasado más de cinco años desde que me acusaron. Larry pensaba

que era importante decirles a sus padres lo que estaba pasando. Decidimos practicar con otras

personas, una táctica que Larry describía como «decir la verdad y salir corriendo». Las reacciones

eran casi siempre las mismas: nuestros amigos se reían a carcajadas, luego había que convencerles

de que aquello era verdad, y luego se quedaban horrorizados y preocupados por mí. A pesar de la

respuesta de nuestros amigos, a mí me asustaba muchísimo no tener tanta suerte con mis futuros


suegros.

Larry llamó a sus padres y les dijo que teníamos que decirles algo importante en persona. Fuimos

en coche una noche de agosto, llegamos tarde, tomamos una clásica cena de verano (bistec, mazorcas

de maíz, grandes y jugosos tomates de Jersey, delicioso pastel de melocotón). Larry y yo nos

sentamos uno enfrente del otro en la mesa de la cocina. Carol y Lou parecían muy nerviosos, pero no

aterrorizados. Supongo que dieron por sentado que la cosa se refería a mí, y no a Larry. Al final,

Larry dijo:


-Malas noticias, pero no es cáncer.


Solté toda la historia de un tirón, sin interrupciones por parte de Larry, no del todo coherente,

pero al menos ya estaba fuera, como si me hubiera quitado una espina.
Carol estaba sentada a mi lado y me cogió la mano, la apretó fuerte y dijo:


-¡Eras muy joven!


Lou intentó asimilar toda esa información nueva poniéndose en plan letrado, y empezó a

preguntarme cosas de mi acusación, mi abogado, el tribunal implicado, y si podía hacer algo para
ayudar. ¿Era acaso adicta a la heroína?


Lo curioso de la familia de Larry es que cuando pasaba alguna tontería era como si se estuviera

hundiendo el Titanic, pero cuando ocurría un desastre auténtico, eran precisamente las personas que

te habría gustado tener a tu lado. Yo esperaba una explosión de recriminaciones y rechazos, y por el


contrario, me dieron un fuerte abrazo.

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora