Dia de la madre

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El Día de la Madre era genial en el campo. Desde el momento en que nos despertábamos, todas

las mujeres nos deseábamos las unas a las otras «feliz Día de la Madre»... repetidamente. Pronto

dejé de explicar que no tenía hijos y me limité a responder: «¡Feliz Día de la Madre también para

ti!». Un ochenta por ciento de las mujeres que cumplen condena en las cárceles de Estados Unidos

tienen hijos, así que existían muchas posibilidades de acertar.


Muchas mujeres habían hecho rosas de largo tallo a ganchillo para regalárselas a sus «mamás de

la cárcel» o a sus amigas. Algunas mujeres se organizaban en relaciones formalizadas como

«familiares» con otras presas, especialmente parejas madre-hija. Había muchos clanes pequeños en

Danbury. Las mujeres más jóvenes acudían a sus «mamás» para pedirles consejo, atención, comida,

préstamos para el economato, afecto, guía, incluso disciplina. Si una de las más jóvenes se portaba

mal, otra presa irritada podía decirle: «¡Anda, ve a hablar con tu mamá y arregla esa mierda!». O si

la chica realmente estaba muy descontrolada, tanto por sus palabras como por su radio o por lo que

fuera, se le podía decir a su madre: «¡Tienes que hablar con tu hija porque si no se porta bien, le voy

a dar un puñetazo!».


Mi «familia» de la cárcel giraba en torno a Pop. Esa familia ejemplificaba de qué manera tan

compleja crecen los árboles genealógicos entre rejas, como arbustos podados con formas realmente

raras. Mi «hermana» más inmediata era Toni, la nueva conductora de la ciudad que había

reemplazado a Nina en la litera de Pop. Por extensión automática, Rosemarie, la mejor amiga de

Toni, era también hermana. Yo las llamaba para mí «las gemelas italianas». Pero Pop tenía otras

muchas «hijas», incluida Big Boo Clemmons, la también enorme Angelina Lewis e Yvonne, que

trabajaba con Pop en la cocina. Me gustaba especialmente Yvonne; nos llamábamos la una a la otra

«la hermana que nunca quise». Todas las «hijas» negras de Pop la llamaban Mama. Todas las blancas

la llamábamos Pop. No tenía hijas hispanas, aunque sí tenía colegas hispanas entre sus pares.

La maternidad en la cárcel era reverenciada, pero también muy complicada debido a la

separación, la culpa y la vergüenza. A mis ojos, mis compañeras de la cárcel eran sobre todo mamás

normales y corrientes de clase baja o media, abuelas e incluso bisabuelas, y algunas de ellas

cumplían condenas muy largas: cinco años, siete años, doce, quince años... Yo sabía que al estar en

un campo de mínima seguridad, era muy improbable que hubiesen sido condenadas por cometer

crímenes violentos. Mirando a mis vecinas con sus hijos en la sala de visitas, mujeres jóvenes que no

habían ido siquiera al instituto, me preguntaba una y otra vez (interiormente): «¿Qué puede haber

hecho esta para que la hayan encerrado tanto tiempo?». Desde luego, cerebros criminales no eran...

En los tres meses transcurridos desde mi llegada a Danbury, había visto convertirse en madres a unas cuantas mujeres embarazadas. En febrero, la joven Doris fue la que me hizo presenciar el

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