Por otra parte, algunas personas estaban demasiado cómodas en la cárcel, formaban una parte
demasiado íntima del flujo de la vida allí dentro. Parecían haber olvidado que fuera el mundo seguía
existiendo. Sí, intentas adaptarte y aclimatarte, y sin embargo, estás dispuesta para irte a casa en
cualquier momento, cualquier día. No es fácil conseguirlo. La verdad es que la cárcel y sus
residentes llenan todos tus pensamientos, y se hace difícil recordar cómo es la vida en libertad,
aunque lleves allí solo unos pocos meses. Pasas muchísimo tiempo pensando lo espantosa que es la
cárcel en lugar de contemplar tu futuro. El sistema de trabajo diario de la prisión no tiene en cuenta
en absoluto cómo será la vida de sus habitantes fuera, en el exterior, como ciudadanas libres. La vida
de la institución lo domina todo. Esta es una de las verdades más espantosas del encarcelamiento: el
hecho de que el horror, la lucha y el interés de tu vida inmediata detrás de los muros de la prisión te
quita de la cabeza «el mundo real». Por eso volver al mundo exterior resulta tan difícil para muchas
reclusas.
De modo que me obsesioné con las partidas casi diarias, y al final me preguntaba siempre:
«¿Quién sale esta semana?». Seguí llevando la cuenta mentalmente, y si me gustaba la persona, me
dirigía a la puerta principal de la sala de visitas después del desayuno y le decía adiós, un ritual que
observaba un grupo de presas a cada partida. Verlas salir me producía sentimientos encontrados,
porque lo habría dado todo con tal de estar con ellas. La gente pasaba mucho tiempo pensando en la
ropa que se pondrían para irse a casa, que alguien del mundo exterior les enviaría a Recepción… Sus
amigas les preparaban una comida especial y ellas empezaban a regalar todas sus cosas: ropa del
economato, uniformes «buenos», mantas y otras cosas de valor que habían acumulado mientras
cumplían su condena. Yo fantaseaba con el hecho de regalar todas mis cosas…
Ver llegar a la gente era menos agradable, pero también interesante. Ciertamente, lo sentía por
ellas, pero mi mirada estaba también teñida con una curiosa sensación de superioridad, porque al
menos yo sabía más del funcionamiento del campo que ellas, y por tanto, las superaba en algo. Esa
sensación a menudo resultaba errónea, porque algunas volvían a Danbury después de quebrantar los
términos de su libertad condicional. Estas iban directamente a la oficina del consejero y pedían su
antigua litera y trabajo. Sabía que nada menos que dos tercios de las presas liberadas volvían a ser
encerradas de nuevo por haber quebrantado su libertad condicional, un hecho que al principio me
extrañaba mucho porque pensaba que yo no volvería jamás a la cárcel. Nunca jamás. Y sin
embargo… ninguna parecía sorprendida de volver a ver caras familiares en Danbury.
Las que se habían entregado voluntariamente en el campo eran fáciles de detectar. Normalmente
eran blancas y de clase media, y parecían abrumadas y aterrorizadas. Me preguntaba si yo también
habría parecido tan flipada, y luego iba a llevarles un par de chanclas para la ducha y pasta de
dientes que guardaba en mi taquilla para ocasiones semejantes.
Pero la mayor parte de las recién llegada permanecían un tiempo en custodia, a veces desde su
arresto inicial, si no habían conseguido que les concedieran fianza o no podían pagarla, y venían de
cárceles del condado o federales, llamadas CCM y CDM (centro correccional metropolitano o centro
de detención metropolitano). Las cárceles del condado en general me las describían todas como desagradables, llenas de borrachas, prostitutas y yonquis. No alcanzaban el nivel más elevado de
nosotras, las «federales». No me extraña que las mujeres que llegaban a Danbury procedentes del
condado estuvieran hechas polvo. Parecían muy contentas de llegar a Danbury, porque las
condiciones eran mucho mejores… cosa que me deprimía un montón.
También me intrigaban las presas como Morena, que se habían «ganado» el derecho a subir la
colina, desde la ICF de alta seguridad hasta el campo, que era de mínima seguridad… en teoría,
criminales muy curtidas y posiblemente peligrosas. Siempre iban muy pulidas, en términos de
aspecto físico: pelo bien peinado, uniforme limpio, con su propio nombre y número de registro
estampado en relieve en el bolsillo de la camisa (las del campo nunca conseguíamos tal cosa). No
parecían tener miedo nunca. Pero a menudo se volvían locas, porque no estaban acostumbradas a
tanta «libertad» como teníamos nosotras, y decían que había muchas menos cosas que hacer en el
campo, en cuanto a programas y recreo. De hecho, muchas de ellas se aburrían muchísimo en el
campo y querían volver a máxima seguridad. Una mujer, Coco, fue directamente al despacho del
consejero y le explicó que no sabía vivir con tanta libertad, y le pidió que volviera a mandarla colina
abajo porque no quería perder su buen comportamiento debido a un intento de fuga. Pero me dijeron
que en realidad lo que pasaba es que no quería estar separada de su novia, que seguía abajo, en la
ICF. Volvieron a enviar abajo a Coco al día siguiente.
La primavera llegaba muy despacio a las colinas de Connecticut, y no habíamos hecho más que
empezar a quitarnos el frío de encima. Estar encerrada con tantas chifladas estaba empezando a
afectar mi punto de vista del mundo, y temía volver a la realidad un poco tocada del ala también.
Pero cada día aprendía algo nuevo, y resolvía alguna sutileza o misterio nuevo mediante la
observación o la instrucción.
La pista deportiva junto al gimnasio del complejo deportivo era sobre todo de barro, pero yo la
recorría trabajosamente con mucha decisión, animada por el hecho de que cada vez estaba más
delgada, y cada visitante que venía a verme me decía con asombro: «¡Estás estupenda!». Recorría
aquellos círculos fangosos en silencio porque todavía no habían llegado al economato las malditas y
asquerosas radios con auriculares que costaban 42 dólares. Cada semana ponía la radio en mi lista
de la compra antes de acudir, y cada semana me decían que no había radio. El OC del economato,
que era un verdadero capullo en público y en cambio amistoso en privado, simplemente ladraba «¡no
hay radios!» cuando le preguntaba cuándo llegarían. Todas las recién llegadas estábamos en el mismo
barco y nos quejábamos amargamente. En la película de la noche solo podía leer los labios, y el
tiempo que pasaba en la pista o en el gimnasio estaba sola con mis pensamientos, que hacían eco
ruidosamente en el interior de mi cráneo. ¡Tenía que conseguir aquella radio!
Lionnel, la presa consigliere del almacén, era una de mis vecinas más cercanas en nuestro
atestado alojamiento. Su litera fue el objetivo de la meada de protesta de Lili Cabrales en la primera
mañana que pasé en el dormitorio B, y fue ella quien tuvo que secar el charco. Lionnel tenía una
placa negra con su nombre, como Natalie, indicando con ello que había estado en la ICF colina
abajo, y probablemente cumplía una sentencia larga. Era imponente pero amistosa, jugadora seria cuando llegaba el momento de pasar el tiempo, y animosa cristiana, rápida a la hora de las salidas
sarcásticas. Lionnel hablaba mucho de lo que llamaba «temas comunitarios»: no robar, «portarse
bien» durante el recuento, tratar a las demás presas con respeto… No se desvivía por hacerse amiga
de una chica blanca cualquiera como yo, pero sí que me decía buenos días y a veces incluso sonreía
a mis tímidos intentos de hacer alguna broma cuando nos encontrábamos una junto a la otra en los
lavabos.
Una tarde muy tranquila, mientras yo estaba arreglando unas luces en el dormitorio B, apareció
Lionnel en el exterior de su cubículo. Aquello era inusual, porque ella normalmente trabajaba en el
almacén. Aproveché la oportunidad para saber algo más de las misteriosas radios.
—Lionnel, no quiero molestarte, pero querría hacerte una pregunta… —rápidamente le expliqué
mi problema con las radios—. Me estoy volviendo loca sin música. Y no consigo que el OC me diga
cuándo van a llegar. ¿Qué opinas?
Lionnel inclinó la cabeza y me dirigió una mirada escéptica, de soslayo.
—¿No sabes que no deberías preguntar a nadie del almacén por eso, que no se nos permite hablar
de ningún artículo del almacén?
Me quedé desconcertada.
—No, Lionnel, no lo sabía. No quería ponerte en aprietos. Lo siento.
—No importa.
Faltaba una semana para mayo. El sol realmente empezaba a hacerse notar, secando el barro.
Había hojas en los árboles, aves migratorias y toneladas de conejitos en toda la pista. Las peonías
estaban a punto de florecer en el parterre que se encontraba junto al economato. Me di cuenta de que
tampoco estaba tan mal escuchar mis propios pensamientos cuando había tantas cosas que mirar.
Había pasado allí tres meses ya, casi una cuarta parte de mi sentencia. Si tenía que ver las películas
sin sonido durante los diez meses siguientes, que así fuera. Casi ni me molesté en poner la radio en
mi lista para el economato aquella semana; alguien que había comprado ya venía quejándose de que
todavía seguía sin haber. De modo que cuando una radio nueva con auriculares pasó volando por la
ventanilla y aterrizó encima de mi pila de comestibles, me quedé mirándola asombrada.
—¿Qué te pasa, Kerman? —gritó el OC—. ¿Es verdad lo que dicen de las rubias o qué?
Miré más allá de donde se encontraba el OC, en el economato acristalado, y vi a Lionnel. Ella no
Me miró a los ojos. Pero yo sonreí para mis adentros, mientras firmaba el recibo y se lo tendía al
guardia. Era curioso cómo funcionaban las cosas por allí, la capacidad que tenían algunas reclusas
de hacer que ocurrieran. No sabía exactamente cómo había acertado, pero ¿qué más daba?
Aquella semana, la población entera del campo acudió al salón principal para asistir a una
reunión improvisada con el personal, un puñado de hombres blancos aburridos que ni siquiera
sonreían. Nos dijeron:
1. ¡Os falta higiene! ¡Haremos más inspecciones!
2. ¡No fuméis debajo de las ventanas de la directora! ¡Quedáis advertidas!
3. ¡Nada de sexo en el campo! ¡Sin excepciones! ¡No habrá tolerancia! ¡Y me estoy refiriendo a ti!
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Orange is the new black (libro)
Teen FictionPiper Kerman, una joven atractiva y de clase acomodada, se embarca tras su graduación en una relación sentimental con una traficante de drogas para la que acabará trabajando como mula. Diez años después, y con su vida ya rehecha, es condenada a pasa...
