III

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Por otra parte, algunas personas estaban demasiado cómodas en la cárcel, formaban una parte demasiado íntima del flujo de la vida allí dentro. Parecían haber olvidado que fuera el mundo seguía existiendo. Sí, intentas adaptarte y aclimatarte, y sin embargo, estás dispuesta para irte a casa en cualquier momento, cualquier día. No es fácil conseguirlo. La verdad es que la cárcel y sus residentes llenan todos tus pensamientos, y se hace difícil recordar cómo es la vida en libertad, aunque lleves allí solo unos pocos meses. Pasas muchísimo tiempo pensando lo espantosa que es la cárcel en lugar de contemplar tu futuro. El sistema de trabajo diario de la prisión no tiene en cuenta en absoluto cómo será la vida de sus habitantes fuera, en el exterior, como ciudadanas libres. La vida de la institución lo domina todo. Esta es una de las verdades más espantosas del encarcelamiento: el hecho de que el horror, la lucha y el interés de tu vida inmediata detrás de los muros de la prisión te quita de la cabeza «el mundo real». Por eso volver al mundo exterior resulta tan difícil para muchas reclusas.
De modo que me obsesioné con las partidas casi diarias, y al final me preguntaba siempre:
«¿Quién sale esta semana?». Seguí llevando la cuenta mentalmente, y si me gustaba la persona, me dirigía a la puerta principal de la sala de visitas después del desayuno y le decía adiós, un ritual que observaba un grupo de presas a cada partida. Verlas salir me producía sentimientos encontrados, porque lo habría dado todo con tal de estar con ellas. La gente pasaba mucho tiempo pensando en la ropa que se pondrían para irse a casa, que alguien del mundo exterior les enviaría a Recepción… Sus amigas les preparaban una comida especial y ellas empezaban a regalar todas sus cosas: ropa del economato, uniformes «buenos», mantas y otras cosas de valor que habían acumulado mientras cumplían su condena. Yo fantaseaba con el hecho de regalar todas mis cosas…
Ver llegar a la gente era menos agradable, pero también interesante. Ciertamente, lo sentía por
ellas, pero mi mirada estaba también teñida con una curiosa sensación de superioridad, porque al
menos yo sabía más del funcionamiento del campo que ellas, y por tanto, las superaba en algo. Esa
sensación a menudo resultaba errónea, porque algunas volvían a Danbury después de quebrantar los
términos de su libertad condicional. Estas iban directamente a la oficina del consejero y pedían su
antigua litera y trabajo. Sabía que nada menos que dos tercios de las presas liberadas volvían a ser
encerradas de nuevo por haber quebrantado su libertad condicional, un hecho que al principio me
extrañaba mucho porque pensaba que yo no volvería jamás a la cárcel. Nunca jamás. Y sin embargo… ninguna parecía sorprendida de volver a ver caras familiares en Danbury.
Las que se habían entregado voluntariamente en el campo eran fáciles de detectar. Normalmente eran blancas y de clase media, y parecían abrumadas y aterrorizadas. Me preguntaba si yo también habría parecido tan flipada, y luego iba a llevarles un par de chanclas para la ducha y pasta de dientes que guardaba en mi taquilla para ocasiones semejantes.
Pero la mayor parte de las recién llegada permanecían un tiempo en custodia, a veces desde su arresto inicial, si no habían conseguido que les concedieran fianza o no podían pagarla, y venían de cárceles del condado o federales, llamadas CCM y CDM (centro correccional metropolitano o centro de detención metropolitano). Las cárceles del condado en general me las describían todas como desagradables, llenas de borrachas, prostitutas y yonquis. No alcanzaban el nivel más elevado de nosotras, las «federales». No me extraña que las mujeres que llegaban a Danbury procedentes del condado estuvieran hechas polvo. Parecían muy contentas de llegar a Danbury, porque las condiciones eran mucho mejores… cosa que me deprimía un montón.
También me intrigaban las presas como Morena, que se habían «ganado» el derecho a subir la colina, desde la ICF de alta seguridad hasta el campo, que era de mínima seguridad… en teoría, criminales muy curtidas y posiblemente peligrosas. Siempre iban muy pulidas, en términos de aspecto físico: pelo bien peinado, uniforme limpio, con su propio nombre y número de registro estampado en relieve en el bolsillo de la camisa (las del campo nunca conseguíamos tal cosa). No parecían tener miedo nunca. Pero a menudo se volvían locas, porque no estaban acostumbradas a
tanta «libertad» como teníamos nosotras, y decían que había muchas menos cosas que hacer en el campo, en cuanto a programas y recreo. De hecho, muchas de ellas se aburrían muchísimo en el
campo y querían volver a máxima seguridad. Una mujer, Coco, fue directamente al despacho del
consejero y le explicó que no sabía vivir con tanta libertad, y le pidió que volviera a mandarla colina
abajo porque no quería perder su buen comportamiento debido a un intento de fuga. Pero me dijeron que en realidad lo que pasaba es que no quería estar separada de su novia, que seguía abajo, en la
ICF. Volvieron a enviar abajo a Coco al día siguiente.
La primavera llegaba muy despacio a las colinas de Connecticut, y no habíamos hecho más que empezar a quitarnos el frío de encima. Estar encerrada con tantas chifladas estaba empezando a afectar mi punto de vista del mundo, y temía volver a la realidad un poco tocada del ala también.

Pero cada día aprendía algo nuevo, y resolvía alguna sutileza o misterio nuevo mediante la observación o la instrucción.
La pista deportiva junto al gimnasio del complejo deportivo era sobre todo de barro, pero yo la recorría trabajosamente con mucha decisión, animada por el hecho de que cada vez estaba más delgada, y cada visitante que venía a verme me decía con asombro: «¡Estás estupenda!». Recorría aquellos círculos fangosos en silencio porque todavía no habían llegado al economato las malditas y asquerosas radios con auriculares que costaban 42 dólares. Cada semana ponía la radio en mi lista de la compra antes de acudir, y cada semana me decían que no había radio. El OC del economato, que era un verdadero capullo en público y en cambio amistoso en privado, simplemente ladraba «¡no hay radios!» cuando le preguntaba cuándo llegarían. Todas las recién llegadas estábamos en el mismo barco y nos quejábamos amargamente. En la película de la noche solo podía leer los labios, y el tiempo que pasaba en la pista o en el gimnasio estaba sola con mis pensamientos, que hacían eco ruidosamente en el interior de mi cráneo. ¡Tenía que conseguir aquella radio! Lionnel, la presa consigliere del almacén, era una de mis vecinas más cercanas en nuestro
atestado alojamiento. Su litera fue el objetivo de la meada de protesta de Lili Cabrales en la primera
mañana que pasé en el dormitorio B, y fue ella quien tuvo que secar el charco. Lionnel tenía una placa negra con su nombre, como Natalie, indicando con ello que había estado en la ICF colina abajo, y probablemente cumplía una sentencia larga. Era imponente pero amistosa, jugadora seria cuando llegaba el momento de pasar el tiempo, y animosa cristiana, rápida a la hora de las salidas sarcásticas. Lionnel hablaba mucho de lo que llamaba «temas comunitarios»: no robar, «portarse bien» durante el recuento, tratar a las demás presas con respeto… No se desvivía por hacerse amiga de una chica blanca cualquiera como yo, pero sí que me decía buenos días y a veces incluso sonreía a mis tímidos intentos de hacer alguna broma cuando nos encontrábamos una junto a la otra en los lavabos.
Una tarde muy tranquila, mientras yo estaba arreglando unas luces en el dormitorio B, apareció
Lionnel en el exterior de su cubículo. Aquello era inusual, porque ella normalmente trabajaba en el
almacén. Aproveché la oportunidad para saber algo más de las misteriosas radios.
—Lionnel, no quiero molestarte, pero querría hacerte una pregunta… —rápidamente le expliqué mi problema con las radios—. Me estoy volviendo loca sin música. Y no consigo que el OC me diga cuándo van a llegar. ¿Qué opinas?
Lionnel inclinó la cabeza y me dirigió una mirada escéptica, de soslayo.
—¿No sabes que no deberías preguntar a nadie del almacén por eso, que no se nos permite hablar de ningún artículo del almacén?
Me quedé desconcertada.
—No, Lionnel, no lo sabía. No quería ponerte en aprietos. Lo siento.
—No importa.
Faltaba una semana para mayo. El sol realmente empezaba a hacerse notar, secando el barro.
Había hojas en los árboles, aves migratorias y toneladas de conejitos en toda la pista. Las peonías
estaban a punto de florecer en el parterre que se encontraba junto al economato. Me di cuenta de que
tampoco estaba tan mal escuchar mis propios pensamientos cuando había tantas cosas que mirar.
Había pasado allí tres meses ya, casi una cuarta parte de mi sentencia. Si tenía que ver las películas sin sonido durante los diez meses siguientes, que así fuera. Casi ni me molesté en poner la radio en mi lista para el economato aquella semana; alguien que había comprado ya venía quejándose de que todavía seguía sin haber. De modo que cuando una radio nueva con auriculares pasó volando por la ventanilla y aterrizó encima de mi pila de comestibles, me quedé mirándola asombrada.
—¿Qué te pasa, Kerman? —gritó el OC—. ¿Es verdad lo que dicen de las rubias o qué?
Miré más allá de donde se encontraba el OC, en el economato acristalado, y vi a Lionnel. Ella no Me miró a los ojos. Pero yo sonreí para mis adentros, mientras firmaba el recibo y se lo tendía al guardia. Era curioso cómo funcionaban las cosas por allí, la capacidad que tenían algunas reclusas de hacer que ocurrieran. No sabía exactamente cómo había acertado, pero ¿qué más daba?
Aquella semana, la población entera del campo acudió al salón principal para asistir a una reunión improvisada con el personal, un puñado de hombres blancos aburridos que ni siquiera sonreían. Nos dijeron:
1. ¡Os falta higiene! ¡Haremos más inspecciones!
2. ¡No fuméis debajo de las ventanas de la directora! ¡Quedáis advertidas!
3. ¡Nada de sexo en el campo! ¡Sin excepciones! ¡No habrá tolerancia! ¡Y me estoy refiriendo a ti!

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora