Capitulo 3

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El 4 de febrero de 2004, más de una década después de haber cometido mi delito, Larry me llevó en coche a la cárcel de mujeres de Danbury, Connecticut. Habíamos pasado la noche anterior en casa; Larry me preparó una cena muy sofisticada, y luego nos acurrucamos en la cama, llorando. Ahora nos dirigíamos a velocidad excesiva hacia lo desconocido en una fea mañana de febrero. Entramos en el terreno federal, subimos por una colina hasta el aparcamiento y apareció a la vista un edificio muy grande con una verja de triple capa de alambre de espinos de aspecto horrible. Si esto era la seguridad mínima, ¿cómo sería la máxima?

Larry detuvo el coche en una de las zonas de aparcamiento. Nos miramos el uno al otro, con los ojos como platos. Casi de inmediato, una camioneta blanca con luces policiales sobre el techo aparcó junto a nosotros. Yo bajé la ventanilla.
—Hoy no es día de visitas —me dijo el oficial.
Yo saqué la barbilla con actitud desafiante para ocultar mi miedo.
—Estoy aquí para entregarme.
—Ah. Entonces, vale —se alejó y aparcó en otro lugar. ¿Parecía sorprendido? No estaba segura.
En el coche me quité todas las joyas que llevaba: los siete anillos de oro, los pendientes de diamantes que Larry me había regalado por Navidad, el anillo de zafiros de mi abuela, el reloj de hombre de 1950 que siempre llevaba en torno a la muñeca, todos los pendientes de los agujeros extra de las orejas que tanto incomodaban a mi abuelo… Llevaba unos vaqueros, zapatillas deportivas y
una camiseta de manga larga. Con falsos ánimos, dije:
—Venga, vamos.
Entramos en el vestíbulo. Una mujer tranquila de pelo rizado y uniformeestaba sentada detrás de
un escritorio elevado. Había unas sillas, algunas taquillas, un teléfono público y una máquina expendedora de refrescos. Todo estaba impecable.
—Vengo a entregarme —dije.
—Espere —ella cogió el teléfono y habló con alguien brevemente—. Espere ahí —nos quedamos sentados. Durante varias horas. Debía de ser la hora de comer. Larry me tendió un sándwich de foie-
gras que me había hecho con los restos de la noche anterior. Yo no tenía nada de hambre, pero le quité el papel de aluminio y me comí hasta el último bocado de aquella delicia de gourmet
sintiéndome muy desgraciada. Estaba segura de que era la primera graduada de las Siete Hermanas que se comía un bocadillo de hígado de pato con una Coca-Cola Diet en el vestíbulo de una penitenciaría federal. Pero bueno, nunca se sabe.
Al final, una mujer de aspecto bastante agradable entró en el vestíbulo. Llevaba una espantosa cicatriz en un lado de la cara y cuello y ceceaba.
—¿Kerman? —ladró.
Los dos saltamos al momento y nos pusimos de pie.
—Sí, soy yo.
—¿Y este quién es? —me preguntó.
—Es mi prometido.
—Bueno, pues tiene que irse antes de que me la lleve para adentro —Larry parecía furioso—. Es la norma, para evitar problemas. ¿Tiene algún efecto personal?
Yo llevaba un sobre de papel marrón en la mano que le tendí. Contenía las instrucciones para mi ingreso en prisión de la policía federal de Estados Unidos, algunos de mis documentos legales,
veinticinco fotografías (un número vergonzosamente elevado de mis gatos), una lista de las direcciones de mis amigos y familiares y un cheque de caja de 290 dólares que me habían dicho que llevase. Yo sabía que necesitaría tener dinero en la cuenta para hacer llamadas telefónicas y para comprar… ¿el qué? No podía imaginármelo.
—No puede entrar con esto —dijo, tendiéndole el cheque a Larry.
—Pero llamé la semana pasada y me dijeron que lo trajese…
—Tiene que enviarlo a Georgia y allí lo procezarán —dijo, con absoluta convicción.
—¿Enviarlo adónde? —pregunté. De repente estaba furiosa.
—Eh, ¿tienez la dirección de Georgia? —preguntó la guardiana por encima del hombro a la mujer que estaba en el escritorio, mientras examinaba mi sobre—. ¿Qué son todas estas fotos?
¿Tienes algún desnudo aquí? —levantó una ceja en su rostro ya de por sí torcido. ¿Desnudos? ¿Hablaba en serio? Me miraba como preguntándome: «¿Tengo que mirar todas estas fotos para saber si eres una chica cochina?».
—No. Nada de desnudos —dije. Habían pasado menos de tres minutos desde que me había entregado y ya me sentía humillada y derrotada.
—Vale, ¿eztáz preparada? —asentí—. Bueno, pues despídete. Como no eztáiz cazadoz, pasará algo de tiempo hazta que él te pueda visitar —y se alejó un paso simbólico de nosotros, supongo que para darnos algo de intimidad.
Miré a Larry y me arrojé en sus brazos, apretándolo tan fuerte como pude. No tenía ni idea de cuándo volvería a verle, ni de lo que me podía ocurrir en los quince meses siguientes.
Él me miró como si estuviera a punto de echarse a llorar, pero al mismo tiempo también estaba furioso.
—¡Te quiero! ¡Te quiero! —dije, apretada contra su cuello y su bonito jersey color crudo, que yo le había elegido. Él me apretó y me dijo que me quería también.
—Te llamaré en cuanto pueda —gemí.
—Vale.
—Por favor, llama a mis padres.
—Vale.
—Y envía ese cheque inmediatamente.
—Ya lo sé.
—¡Te quiero!
Y entonces él salió del vestíbulo, frotándose los ojos. Cerró la puerta con mucha fuerza y se alejó rápidamente por el aparcamiento.
La guardia de la cárcel le vio subirse al coche. En cuanto estuvo fuera de la vista, noté un brote de pánico.
Ella se volvió hacia mí.
—¿Eztáz preparada? —yo estaba sola con ella y con quien quiera que me esperase.
—Sí.
—Vale, puez vamoz.
Me hizo salir por la puerta que acababa de traspasar Larry, luego girar a la derecha y caminar a lo largo de aquella verja enorme y horrible. La verja tenía muchas capas; entre capa y capa había una puerta a través de la cual teníamos que pasar cuando se abría con un zumbido. Ella abrió la puerta y yo entré. Miré hacia atrás por encima del hombro, a la libertad. Se oyó un zumbido en la puerta siguiente. Entré y quedé rodeada por todas partes de tela metálica y alambre de espinos. Sentí que me
invadía una nueva oleada de pánico. Aquello no era lo que yo había esperado. No me habían descrito
así las prisiones de mínima seguridad. Aquello no se parecía en nada a un club de vacaciones.
Aquello daba un miedo horroroso.
Llegamos al fin a la puerta del edificio y de nuevo zumbó y se abrió. Entramos por un pequeño vestíbulo a una sala institucional con baldosas y una dura luz fluorescente. Parecía vieja, lúgubre,
clínica, y estaba completamente vacía. Ella me señaló una celda con unos bancos atornillados a las paredes y pantallas de metal encima de todos los bordes visibles.

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora