¿Vas a seguir mi camino? II

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Mi ceremonia de graduación en el Smith College tuvo lugar el año anterior, uno de esos maravillosos días de primavera de Nueva Inglaterra. En el patio bañado por el sol sonaron las gaitas y la gobernadora de Texas, Ann Richards, nos exhortó a mis compañeras de clase y a mí a que saliéramos al mundo y demostrásemos lo que éramos capaces de hacer.
Me dieron el título y mi familia estaba allí presenciándolo, orgullosa y sonriente.
Mis padres, recién separados, hacían de tripas corazón; mis nobles abuelos sureños estaban muy complacidos al ver a su nieta mayor vistiendo la toga y el birrete, rodeada de tanta gente pija, y mi hermano pequeño se aburría como una ostra. Las más sensatas de mi clase se iban a seguir sus cursos de posgrado, o a realizar trabajos de
ínfima categoría en instituciones sin ánimo de lucro, o volvían a casa, algo bastante común en la peor época de la primera recesión de Bush.
Yo por mi parte me quedé en Northampton, Massachusetts. Me había especializado en teatro, ante el gran escepticismo de mi padre y de mi abuelo. Yo provengo de una familia que valora muchísimo la educación.

Nuestro clan está lleno de médicos, abogados y profesores, con alguna que otra enfermera, poeta o juez. Después de cuatro años de estudio me sentía todavía muy verde, poco cualificada y poco motivada para la vida del teatro, pero tampoco tenía un plan alternativo de realizar otros estudios académicos, emprender alguna carrera significativa o adoptar la opción definitiva: la facultad de derecho.

No es que fuera una perezosa. Siempre había trabajado mucho en mis empleos universitarios en restaurantes, bares y clubes nocturnos, y me gané el afecto de mis jefes y compañeros de trabajo
sudando la camiseta, echándole buen humor y estando siempre dispuesta a hacer turnos dobles.
Esos empleos y esa gente eran mucho más de mi estilo que la mayoría de la gente a la que conocí en la universidad.

Estaba contenta de haber elegido Smith —una facultad llena de mujeres listas y
dinámicas—, pero ya había cumplido con lo que se requería de mí por nacimiento y por entorno.
Me irritaban los confines seguros de Smith. Me gradué, aunque con un margen muy justo, pero echaba de menos experimentar e investigar. Ya era hora de que viviera mi propia vida.
Era una jovencita bien educada de Boston sedienta de contracultura bohemia y sin ningún plan concreto. Pero no sabía cómo saciar mi ansia reprimida de aventuras, ni cómo hacer productiva mi predisposición a correr riesgos.

Mi pensamiento no se inclinaba hacia lo científico ni lo analítico: lo que más valoraba era lo artístico, el esfuerzo, la emoción. Cogí un apartamento con una compañera del grado de teatro y su novia, una artista chiflada, y un trabajo sirviendo mesas en una cervecería.
Salía con colegas camareros, barmans y músicos, todos ellos en edad de merecer y vestidos siempre de negro. Trabajábamos, dábamos fiestas, nos bañábamos en pelotas o montábamos en trineo, follábamos, a veces incluso nos enamorábamos, nos hacíamos tatuajes…
Disfruté de todo lo que tenía que ofrecer Northampton y todo el valle de Pioneer a su alrededor.

A lo largo del verano y el otoño recorrí kilómetros y kilómetros de carreteras rurales, aprendí a llevar docenas de pintas de cerveza por escaleras empinadas, tuve numerosos deslices románticos con chicos y chicas apetitosos y pasé los días libres entre semana en la playa, en Provincetown.

Cuando llegó el invierno, empecé a inquietarme. Mis amigas del colegio me hablaban de sus trabajos y sus vidas en Nueva York, Washington y San Francisco, y yo me preguntaba qué demonios estaba haciendo. Sabía que no quería volver a Boston.

Adoraba a mi familia, pero no me apetecía lo más mínimo enfrentarme a las secuelas del divorcio de mis padres. Visto con la perspectiva de ahora, supongo que lo adecuado habría sido un billete de InterRail o un voluntariado en Bangladesh, pero yo seguía en el Valle...

Entre nuestro disperso círculo social se encontraba una camarilla de lesbianas de treinta y tantos años increíblemente estilosas y modernas. Ante esas mujeres mayores que nosotras, mundanas y sofisticadas, sentía una timidez poco propia de mí, pero luego unas cuantas se trasladaron a vivir al
apartamento de al lado y nos hicimos amigas. Una de ellas era del Medio Oeste, se llamaba Nora Jansen y tenía la voz gutural y el pelo rizado y largo, de un color arena tostado. Nora era bajita y se parecía un poco a un bulldog francés, con su cara chata pero irresistible. Todo en ella era gracioso: Su acento, su voz ronca y llena de sorna, cómo inclinaba la cabeza para mirarte, con aquellos ojos suyos de un intenso color castaño, cómo sujetaba su omnipresente cigarrillo, con la muñeca doblada
y dispuesta a hacer un gesto… Tenía una forma juguetona y hábil de sonsacar información a la gente, y cuando se fijaba en ti, parecía que estuviera a punto de incluirte en una broma privada suya.

Nora era la única de aquel grupo de mujeres algo mayores que me hacía caso. No fue precisamente amor a
primera vista, pero en Northampton, para una veinteañera que buscaba aventuras, resultaba una figura
intrigante.
Y luego, en otoño de 1992, desapareció.
Reapareció después de Navidad y alquiló un enorme apartamento para ella sola, con muebles de
estilo Arts and Crafts completamente nuevos y un estéreo que era la bomba. Todas las demás personas que yo conocía compartían sofás baratos con sus compañeros de piso, mientras a ella el dinero le salía por las orejas, de una forma que llamaba la atención.

Nora me preguntó si quería salir con ella a tomar algo, las dos solas para variar.
¿Sería una cita?
Quizá sí, porque me llevó al bar del Hotel Northampton, lo más cercano a un bar de hotel pijo que había en la localidad, pintado de un color verde pálido, con celosías blancas por todas partes. Yo pedí una margarita con su sal y todo, muy nerviosa, ante lo cual Nora arqueó una ceja.

—¿No hace mucho frío para eso? —comentó, y pidió un whisky.
Era verdad, los vientos de enero convertían Massachusetts occidental en un lugar poco acogedor.
Tenía que haber pedido algo oscuro, en vaso pequeño… mi margarita escarchada ahora me parecía
ridículamente juvenil.
—¿Qué es eso? —me preguntó, señalando la cajita de metal que yo había colocado encima de la
mesa.
La cajita era amarilla y verde y originalmente contenía caramelos ácidos de limón. Napoleón
miraba hacia el oeste desde su tapa, identificable por su tricornio y sus charreteras doradas.
La caja servía de cartera a una chica que conocí en Smith, que era de clase alta, pero era la tía más enrollada
que te puedas imaginar.
Había estudiado arte, vivía fuera del campus, era irónica y curiosa, amable y
supermoderna, y un día yo alabé su cajita y me la regaló. Era del tamaño perfecto para un paquete de cigarrillos, el carnet y un billete de veinte dólares. Cuando intenté sacar algo de dinero de mi maravillosa carterita de lata para pagar la ronda, Nora apartó mi dinero.
Le pregunté dónde había estado tantos meses, y Nora me echó una mirada intensa, como si me estuviera calibrando.

Con toda tranquilidad, me explicó que se había metido en un asunto de tráfico de drogas con un amigo de su hermana que estaba «conectado», y que viajó a Europa y un traficante Americano que también estaba «conectado» le enseñó los secretos de los bajos fondos.

Introducía drogas en el país, y le pagaban muy bien por su trabajo...

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora