Las Horas

222 2 0
                                        

Había muchas celebraciones religiosas en Danbury: misa los viernes para las católicas, y a veces alguna los domingos también (normalmente celebrada por el «cura cañón», un sacerdote joven que tocaba la guitarra y hablaba italiano, y al que por tanto adoraban todas las italoamericanas), un servicio religioso en español los fines de semana, un grupo de meditación budista y también visitas de rabinos los miércoles, y una estrambótica reunión semanal no confesional dirigida por unas voluntarias provistas de guitarras acústicas y velas aromáticas. El principal, sin embargo, era un servicio «cristiano» (es decir, fundamentalista) celebrado en la sala de visitas los domingos por la tarde, una vez terminadas las horas de visita.
En marzo pregunté a la hermana Rafferty, la monja alemana que era capellana en jefe, si habría algo previsto para los episcopalianos el domingo de Pascua. Me miró como si yo tuviera tres cabezas, y luego replicó que si quería ir a buscar mi propio ministro y ponerlo en mi lista de visitas (ya llena), podíamos usar la capilla. ¡Gracias por nada, hermana!
Me cargaban sobremanera las exhibiciones religiosas de mis vecinas, las belicosas cristianas renacidas. Algunas de las creyentes hacían auténtica comedia y proclamaban en voz alta una lista de las cosas por las que iban a rezar, decían que Dios había entrado en ellas a través de su encarcelamiento, que Jesús amaba a los pecadores y cosas por el estilo. Personalmente, me parece que uno puede dar gracias al Señor a un volumen más bajo, y quizá alegrándose menos de haberse conocido. Se puede rezar a gritos y sin embargo actuar de la forma más malvada; pruebas abundantes de este hecho se daban en todos los dormitorios.
En la cárcel no se cambiaba el modelo de sombrero ni de vestido en primavera, pero la semana antes de Pascua alguien erigió una cruz horrible y gigantesca detrás del campo, justo al salir del comedor. Me encontré con ella a la hora del desayuno y pregunté «¿qué coño es esto?» a la señora Jones, la brusca reinona del Programa de Cachorros, que era una de las ancianas señoras que siempre venían a desayunar. Me sorprendió enterarme de que solo tenía cincuenta y cinco años, pero supongo que la cárcel envejece prematuramente a cualquier chica.
—Siempre lo hacen —informó—. Unas payasas del SCM vienen y la ponen ahí.
Pocos días después, Nina y yo hablábamos de las vacaciones que se acercaban tomando una taza de café instantáneo. Levy y la otra judía residente, Gayle Greenman, que era mucho más agradable, habían recibido cajas de pan ácimo para la Pascua judía, de parte de la monja alemana. Las otras prisioneras estaban muy interesadas.
—¿Por qué estas tienen galletas grandes? —me preguntó una vecina del dormitorio B,
investigando los misterios de la fe—. Esas galletas estarían buenas con gelatina.
Nina, con unos rulos en el flequillo, inclinó la cabeza recordando antiguas Pascuas.
—Un año yo estaba en Rikers. El pan ácimo fue la única cosa comestible que nos dieron —
murmuró, haciendo rodar pensativamente el cigarrillo entre los dedos—. Estaba delicioso con
mantequilla.
Aquel año yo no correría de aquí para allá entre el seder de la familia de Larry y mis propias tradiciones de Pascua. Fatal… me encantan las diez plagas.
Pop y su gente utilizaron todos los recursos posibles para la cena de Pascua. Fue verdaderamente
espléndida, un milagro de primavera. El menú: pollo asado y col con unas bolitas de masa increíbles,
tan densas que se podían haber usado como armas; unos huevos duros con mostaza fabulosos y verduras auténticas en la barra de ensaladas. Para postre, tuvimos la creación dulce especial de Natalie, nido de ave: una torta de maíz frita coronando un montículo de budín, cubierta con «hierba» de coco rallado teñido de verde y con unos «huevos» de gelatina, y un pajarito de azúcar de alegres colores encima de todo. Me quedé mirándolo, sin poder creer a mis propios ojos, mientras todas las demás a mi alrededor comían entusiasmadas. No quería comerme aquel diorama increíble. Quería barnizarlo y conservarlo para siempre.
Poco después de Pascua, Nina bajó la colina y se fue a la prisión de alta seguridad para seguir el programa de drogas. Sabía que la echaría de menos. Llevaba semanas y semanas tejiendo una bufanda, y me había consultado muchas veces. «¿Qué color crees que pegaría ahora?», me decía, sacando una colección notable de restos de lana que había recogido por ahí.
—¡Morado! —le decía yo—. ¡Verde!
Todo el campo estaba implicado en el proceso de preparar a las ocho mujeres que iban a ingresar
en el estricto programa antidrogas, que duraba nueve meses. Aquel proceso incluía eliminar cualquier contrabando que pudieran tener, adquirir cosas nuevas en el economato, y cargarlas de dulces y mensajitos para que se los llevaran a otras mujeres que también estaban colina abajo. Era un
poco como enviarlas a un campamento de verano, pero más siniestro.
Nina estaría solo a unos cientos de metros de distancia, pero sería como si estuviera a miles de
kilómetros. Quizá no volviera a verla nunca más. Acabaría el programa justo antes de que me soltaran, de modo que existía alguna posibilidad de que reapareciera en el campo justo a tiempo para volver a decirme adiós.
Junto con las otras siete mujeres, su bolsa de viaje estaba ya cargada en la camioneta de la conductora de la ciudad, y la abracé.
—Gracias por todo, Nina.
—¡La bufanda es para ti, Piper! Voy a terminarla —Pop lloraba.
Mientras Nina bajaba la colina hacia la ICF, noté una auténtica sensación de pérdida. Ella era la primera amiga que hacía allí, y no volvería a tener contacto con ella. La cárcel sobre todo consiste en gente que desaparece de tu vida, y que llenan tu imaginación. Algunas de las desaparecidas estaban justo al otro lado del terreno de la prisión. Yo sabía que media docena de mujeres tenían hermanas o primas colina abajo, en la prisión de alta seguridad. Un día, mientras iba al trabajo después de comer, vi a Nina a través de la puerta trasera de la ICF y me volví loca saltando arriba y abajo y saludando. Ella me vio y me saludó también. El camión que patrullaba el perímetro de la prisión se detuvo de inmediato entre las dos.
—¡Parad inmediatamente! —gritó el guardia que iba dentro.
Pop, que había pasado muchos años «abajo, en los barracones» antes de que la trasladaran al campo, había alistado a multitud de mensajeras para que les llevaran golosinas a las amigas que tenía y que todavía vivían detrás de la alambrada. Viviendo en el dormitorio A, «el barrio residencial», Pop tenía una taquilla enorme en su cubículo, dos veces más grande que la mía y la de Natalie.

Estaba atestada, contenía un batiburrillo increíble de las cosas que más le gustaban: comida que ya no se podía comprar en el economato, como Spam por ejemplo, ropa de hace mucho tiempo que nadie tenía ya, y lo más importante: perfume. Le gustaba hacérselo ella misma mezclando varios: un poquito de White Diamonds, un poquito de Opium… Eau de Pop.
—Casi he terminado —decía Pop, eligiendo unos preciosos sujetadores de encaje de contrabando para enviárselos a una amiga que vivía colina abajo—. ¿Qué voy a hacer con esto aquí? ¡Vuelvo a casa en enero y me compraré maravillosos sujetadores nuevos para mis joyitas!
Pop era una fuente inagotable de misterio, maravillas y revelaciones. Entonces no lo sabía, pero Nina me había puesto en contacto con la mujer que más me ayudaría a cumplir mi condena y me haría soportable el tiempo, que me mimaría cuando más lo necesitara, y que me diría que tenía que lamer el culo a alguien y aguantar cuando no había otra opción. Al principio me miraba con ojos escépticos, pero cuando le procuré un tablero de madera del taller del SCM para que lo pusiera debajo de su colchón y así apoyar mejor la espalda, la opinión que tenía de mí mejoró
significativamente. También le resultaba útil que yo supiera escribir sus solicitudes de permiso. Pero
fue mi voraz apetito por su cocina y sus historias lo que me la ganó definitivamente.
Pop había vivido una vida muy loca en el mundo exterior. Llegó de su país, Rusia, a los tres años.
Se casó sin permiso de sus padres a los dieciocho con un gánster ruso. Habían vivido juntos el esplendor excesivo y discotequero de la Nueva York de los años setenta y ochenta, y pasaron varios años huyendo de los federales.
—Los federales intentaban cogernos de todas las maneras posibles… y mi marido simplemente se reía. Pero bueno, si quieren cogerte, al final te cogen. No se rinden nunca.
Su marido estaba en la cárcel también en algún lugar del sur, y sus hijos ya eran mayores. Ella lo había perdido todo, pero había conseguido pasar doce años en prisión manteniendo el espíritu y sacando el mejor partido posible de las cosas. Pop era muy astuta y exuberante. Era amable, pero también podía ser despiadada. Sabía cómo funcionaba el sistema, y también sabía cómo evitar que te destruyeran. Y siempre lo estaban intentando.
Los hijos mayores de Pop venían a visitarla cada semana, junto con otros miembros de la familia,
y todos murmuraban en ruso. La sala de visitas era el único lugar donde la vi siempre con el uniforme
reglamentario color caqui. En todos los demás lugares iba siempre con los pantalones de cuadritos, la blusa de color granate que llevaba la palabra «Pop» bordada en el pecho con hilo blanco, y un gorro recogiéndole el pelo. Pero para las visitas, siempre se arreglaba el pelo y se ponía maquillaje, de modo que parecía muy femenina, casi una jovencita.

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora