Para que me odien las zorras

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Una afición que yo no compartía era hacer ganchillo, una obsesión entre las presas en todo el sistema. Algunas de las obras que conseguían eran impresionantes. La presa que llevaba la lavandería era una mujer blanca de pueblo muy hosca llamada Nancy, cuyo desprecio por todas las que no fueran «norteñas» no era ningún secreto. Su personalidad dejaba mucho que desear, pero era una notable artista del ganchillo. Un día, en el dormitorio C, me encontré con Nancy, que se reía a carcajadas y estaba con mi vecina Allie B. y con Sally, la deprimida.
—¿Qué pasa? —pregunté inocentemente.
—¡Enséñaselo, Nancy! —se reía Allie.
Nancy abrió la mano. En su palma se encontraba un pene de ganchillo con un asombroso parecido con la realidad. De tamaño medio, erecto y realizado con algodón color rosa, tenía huevos y un poco de vello púbico marrón, y un chorrito de hilo blanco como semen en la punta.
—Más sentimental que funcional, supongo, ¿no? —fue lo único que pude decir.
Allie B. vivía unos cuantos cubículos más allá en el dormitorio B, y era alta y delgada, con los hombros anchos y la mandíbula fuerte, entre guapa y extravagante. Le encantaban las golosinas y me
recordaba a Pilón, de Popeye: «¡Te pagaré encantado el martes una chocolatina para hoy!». Era una chiflada que estaba siempre caliente, yonqui empedernida, y contaba en voz alta los días que faltaban para poderse ir a casa, follar y meterse algo de caballo, en ese mismo orden. Le encantaban los narcóticos, y lo reconocía con sinceridad y sin arrepentimiento. La heroína era su droga favorita, pero estaba dispuesta a ponerse con lo que fuera, y a menudo amenazaba con inhalar los disolventes de su trabajo en el taller de construcción. Yo no creía que allí hubiera nada que valiera la pena inhalar.
La compañera de Allie era una mujer de Pennsylvania occidental que se llamaba a sí misma «paleta» orgullosamente. Yo la llamaba Pennsatucky. Un día, Pennsatucky y yo estábamos en mi cubículo en el dormitorio B cuando mi vecina de la puerta de al lado, Colleen, y su compañera Carlotta Alvarado, salieron del baño. Colleen sonreía al preguntarle a Carlotta:
—Bueno, ¿qué opinas del juguetito que te di la semana pasada? Bonito, ¿eh? Carlotta se echó a reír, con una risa generosa y satisfecha, y se alejó.
Yo miré interrogante a Pennsatucky.
—Consoladores —dijo ella, arrastrando las palabras, con su acento provinciano. Debí de parecer intrigada, porque se apresuró a explicarme—: Colleen habrá tallado alguna chorrada con una zanahoria o algo. Distinta de lo normal.
—¿Y qué es lo normal?
—Un lápiz con una venda elástica enrollada alrededor, con uno de esos condones para los dedos de la enfermería alrededor.
—No parece que sea para disfrutar mucho.
—Uf. Cuando estuve en el condado, hacían consoladores con un tenedor-cuchara de esos, una
compresa y un dedo de un guante de goma… —acababa de enterarme de otro posible uso para las
compresas. Las industriosas artesanas del sistema penitenciario trabajaban con los materiales de los que disponían.
—Tiempos desesperados, medidas desesperadas, ¿eh, Pennsatucky?
—No sé lo que quiere decir eso, pero sí.
Como habíamos enviado a ocho presas colina abajo al programa de drogas, la ICF nos devolvió el favor a lo grande, con una nueva remesa de reclusas con largas condenas para que se «graduaran» colina arriba. A veces, esas mujeres estaban muy cerca de obtener la libertad, y a veces todavía les quedaba una buena parte de condena. Pasara lo que pasara, normalmente permanecían juntas durante un tiempo, observando tranquilamente la situación… a menos, por supuesto, que tuvieran amigas en el campo, o bien de la calle o bien de dentro.
Una de las recién llegadas de la ICF era Morena, una mujer hispana que parecía una princesa maya desquiciada. Desquiciada, pero no mal cuidada o con un aspecto general desastrado. Parecía una persona que sabe cómo salir adelante en todo momento, y siempre iba inmaculadamente arreglada, con uniformes «buenos», planchados e impecables, y muy compuesta, por lo general. Pero Morena tenía unos ojos inquietantes. Te miraba y esos ojos castaños suyos tan locos resultaban muy expresivos, aunque no se sabía qué narices te estaban diciendo. Le costaba mucho contener lo que le pasaba por la cabeza, y sus ojos lo revelaban todo. No era yo la única que notaba que sus ojos daban miedo.
—Esa no está bien —decía Pop, tocándose la sien con un dedo—. Vigila.
Imaginen mi sorpresa cuando Morena me preguntó si podía venir conmigo al trabajo paseando por las mañanas, porque la habían asignado al taller del SCM de seguridad. Yo siempre prefería hacer sola ese trayecto de algo menos de un kilómetro, una pequeña libertad que valoraba muchísimo. No sabía de qué hablar con ella. Me parecía que era de mi edad, más o menos, pero no estaba segura del lugar de donde procedía (tenía un fuerte acento al hablar en inglés, pero lo hablaba bastante bien), y desde luego, no pensaba ni por asomo empezar a hacerle preguntas personales.
—¿Te gusta trabajar en seguridad? —el tema me pareció bastante neutro. Ojos Locos no podía ofenderse por aquello.
—Está bien —resopló—. Conozco al jefe de la ICF. No hay problema. ¿Y tú de dónde eres, chica?
Le di la información mínima imprescindible. De Nueva York, quince meses.
—¿Tienes hijos?
No, sin hijos. ¿Y ella?
Morena se echó a reír, una risa ronca y loca que decía «ah, ingenua e inocente chica hetero, ¿no sabes que soy una bollera muy agresiva y que aquí, en este sitio asqueroso donde no se puede conseguir una buena polla, voy a disfrutar muchísimo “convirtiéndote”?».
—No, cariño, no tengo hijos.
Durante una semana o dos, Morena fue mi acompañante de camino al trabajo, me gustara o no.
Me habló mucho de la mala opinión que tenía de las chicas del campo.
—Son como niñas pequeñas, creen que esta mierda es un juego —opinaba, torciendo la boca. Yo me mostraba escrupulosamente educada y evasiva, porque Ojos Locos me ponía nerviosa. Además
de las conversaciones titubeantes de camino al trabajo, sus interacciones conmigo en el campo
aumentaron enormemente. Morena se materializaba en la entrada de mi cubículo y me susurraba de
una manera muy extraña: «Hooola, cariño».
Cuando me trasladé al dormitorio B decidí que no quería que nadie me visitara en mi cubículo; el
espacio era diminuto y compartido con Natalie, y era lo más cercano a la privacidad que se podía tener allí. Para socializar, me iba fuera. Si me encontraba en mi cubículo, estaba o bien leyendo o escribiendo cartas o durmiendo. A otras mujeres, especialmente las más jóvenes, les encantaba tener un montón de gente en sus cubículos, sentada en las camas y en taburetes, entrando y saliendo y cotorreando; aquello no era para mí.
—Parece que tienes una nueva amiga, compañera —observó secamente Natalie.
Finalmente un día, mientras íbamos andando al trabajo, Ojos Locos fue al grano. Se estaba quejando una vez más de la inmadurez y las tonterías de las reclusas del campo.
—Parece como si estuvieran de vacaciones aquí o algo, corriendo por ahí y haciendo tonterías.
Tendrían que actuar como mujeres.
Yo dije con bastante ligereza que la mayoría de las presas estaban muy aburridas y quizá no tuvieran demasiada educación, y que en realidad se divertían con tonterías.
Esta observación provocó una súbita y apasionada declaración por parte de Ojos Locos.
—Piper, son como niñas, y yo lo que busco es una mujer de verdad… ¡No puedo perder el tiempo con esas chorradas, con esas niñatas tontas! En la calle soy una traficante de drogas importante. Hago negocios serios, negocios grandes. Mi vida es seria. Aquí tampoco puedo perder el tiempo con esas estúpidas… ¡necesito una mujer de verdad!
Yo abrí la boca y luego la cerré. Me sentí como si hubiera caído de lleno en una telenovela. El
pecho de Morena se agitaba bajo el tejido caqui del uniforme carcelario. Ya comprendía lo que estaba diciendo. Su vida era seria, sus deseos eran serios, y entendí por qué no quería ir tonteando por ahí con alguna chiquilla boba que experimentase con el lesbianismo solo para entretenerse en la cárcel. Pero demonios, no, conmigo no.
Intenté elegir las palabras con delicadeza.
—Bueno, Morena… estoy segura de que encontrarás a la mujer adecuada para ti. De momento, quizá tarde un poco en aparecer, ¿no?
Ella me miró con esos ojos suyos locos, imposibles de comprender. ¿Decepcionada? ¿Herida?
¿Vengativa? No estaba segura.
Me sentí aliviada cuando llegamos al trabajo. El paseo de diez minutos nunca me había parecido tan largo. No le conté a nadie aquella conversación.

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora