Treinta y cinco y todavía viva

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El arce rojo y los oxidendros ya empezaban a cambiar de color, cosa que me encantaba porque prometía un otoño temprano y la rápida llegada del invierno. En Danbury había aprendido a acelerar los días disfrutando del entretenimiento que me aportaban, fuera cual fuese. Algunas personas del exterior buscan lo que falta en cada acto, cada relación y cada comida; siempre están intentando agarrarse a la inmortalidad con desesperación mediante la mejora. Era muy liberador, por el contrario, jugar la baza de hacer que cada día volase con mayor rapidez. «Tiempo, sé mi amigo». Yo me lo repetía cada día. Pronto bajaría a la pista de carreras e intentaría gastar aquel día corriendo en círculos. Incluso en las peores circunstancias, la vida sigue ofreciéndote placeres como el de correr, las galletas de chocolate de Natalie o las historias de Pop.

Yo necesitaba correr un poco después de un largo día pintando el vestíbulo allá, colina abajo. Era el primer día de trabajo del nuevo director y, para celebrarlo, oí decir que iban a registrar toda la ICF de arriba abajo, una empresa tremenda y rara que implicaba a doce unidades de mil doscientas mujeres y todas y cada una de sus taquillas. Estaba segura de que pronto llegaría el turno al campo.

Los federales buscaban cigarrillos.
El DFP había decretado que todas sus instituciones quedasen «libres de humo» en 2008. Había incentivos financieros para las cárceles que lo hicieran incluso antes de ese plazo. El regalo de despedida de la directora Deboo a las mujeres de Danbury fue imponer la prohibición, que entraría en vigor oficialmente el 1 de septiembre. En los meses precedentes habían abundado las comunicaciones sobre aquella prohibición. En primer lugar, el economato aceleró la venta de
cigarrillos en julio, intentando librarse de su stock. Luego, en agosto, todo el mundo tuvo un mes para fumar como carreteros antes de pasar el «mono» de una de las drogas más adictivas que ha conocido el ser humano.

En realidad a mí no me importaba demasiado la prohibición de fumar. Nunca se lo habría dicho a Larry o a mi madre en la sala de visitas, pero fumaba algún cigarrillo «social» de vez en cuando con Allie B. o con Little Janet o Jae. Una compañera del taller eléctrico me había enseñado a hacer un encendedor con un trocito de hojalata, dos pilas AA, trocitos de alambre de cobre y un poco de cinta aislante negra. Pero podía pasar sin aquello fácilmente. Sin embargo, los cigarrillos estaban matando a las fumadoras «de verdad», y la larga cola de las pastillas que se formaba dos veces al día incluía no solo a las muchas personas que recibían medicación psiquiátrica, sino también a mujeres que necesitaban desesperadamente su medicación para la diabetes o para el corazón para seguir vivas.

Según el Centro de Control de Enfermedades, los cigarrillos matan a más de 435 000 personas cada año en Estados Unidos. La mayoría de las presas de Danbury estaban allí encerradas por traficar con drogas ilegales. ¿Y cuál era la cifra anual de muertes por drogas ilegales, según el mismo estudio del gobierno? Diecisiete mil. Heroína o clavos para el ataúd, juzguen ustedes mismos.

Cuando llegó septiembre, muchas presas se deprimieron mucho. Cada vez que daba una vuelta a la pista de carreras, sorprendía a un grupito escondido entre los arbustos. Luego iniciaron los registros en serio y empezaron a meter a gente en la UHE. La astuta Pop había negociado con su supervisor de trabajo que le permitiera un solo cigarrillo al final de su turno, y un lugar seguro donde esconder el tabaco en la cocina.
La población del campo continuaba menguando y había muchas camas vacías. El lugar estaba tranquilo, cosa que estaba bien, pero yo echaba de menos a amigas y vecinas divertidas que se habían ido ya: Allie B., Colleen y Lili Cabrales. En cuanto se levantara la «moratoria Martha», el campo recibiría a docenas de presas estrafalarias, arruinando nuestras vidas en la cárcel, temporalmente
plácidas. Siguiendo las instrucciones de Larry, yo veía más televisión, pero no las noticias. La campaña presidencial pasó casi inadvertida allí dentro. Pero a cambio me uní a la multitud para ver el muy esperado premio Video Music en agosto.

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