Al final, Gran Bretaña se negó a extraditar al capo de la droga Alaji a América, y por el
contrario, lo dejó libre. Mi abogado me explicó que como nigeriano, era ciudadano de la
Commonwealth británica, y disfrutaba de ciertas protecciones bajo la ley británica. Un poco de
investigación en la red me reveló que era un hombre de negocios mafioso muy rico y poderoso en
África, y era de esperar que tuviese contactos que pudieran eliminar cosas molestas como los
tratados de extradición.
Finalmente, el fiscal americano de Chicago se dispuso a proseguir con mi caso. Preparándome
para mi sentencia, escribí una declaración personal al tribunal y rompí mi silencio ante más amigos y
compañeros de trabajo, y les rogué que escribieran cartas respondiendo de mi carácter y pidiéndole
clemencia al juez. Fue una experiencia increíblemente humillante y difícil aproximarse a aquella
gente a la que conocía desde hacía años, confesarles mi situación y pedirles ayuda. Su respuesta colectiva fue abrumadora. Yo me había preparado para su rechazo, sabiendo que era perfectamente
posible que alguien se negara por múltiples razones, pero por el contrario, me vi inundada de amabilidad y preocupación y lloré con cada una de las cartas, en las cuales se describía mi niñez,
mis amistades o mi trabajo ético. Cada persona se esforzó por transmitir lo que pensaban que era
importante y mejor de mí, algo que chocaba de frente con la sensación que tenía yo de ser muy, muy
poco valiosa.
Una de mis mejores amigas de la universidad, Kate, escribió esto al juez:
Creo que su decisión de implicarse en actividades criminales fue motivada en parte por la sensación de que estaba sola
en el mundo y de que tenía que cuidarse sola. Desde la época en que tomó aquellas decisiones, sus relaciones con los demás
han cambiado y se han hecho más profundas. Creo que ahora sabe que su vida se encuentra estrechamente ligada con la de
las personas que la aman...
Finalmente, se acercaba ya la fecha de mi sentencia. Aunque el tópico «lo que no te mata te hace
más fuerte» resonó constantemente en mi cerebro durante los casi seis años de espera, entonces se me
hacía patente la verdad que encierra, como ocurre con la mayoría de las ideas tópicas y muy
repetidas. Yo me había repartido a mí misma las cartas del engaño, la exposición pública, la
vergüenza, casi la ruina, y un aislamiento autoimpuesto. Tenía unas cartas bastante malas, la verdad,
con las que poco se podía hacer. Y sin embargo, de algún modo, no estaba sola en aquella etapa del
juego. Mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo... esa buena gente se había negado a
abandonarme, a pesar de mi conducta desagradable, salvaje e imprudente de hacía tantos años y de la
forma que tenía de abordar los problemas diciéndome: «Soy una isla». Quizá si toda esa buena gente
me quería tanto como para ayudarme, es que yo en el fondo no era tan mala... Quizá mereciera su
amor, después de todo...
El día antes de mi sentencia, Larry y yo fuimos a Chicago y nos reunimos con mi abogado, Pat
Cotter. Esperábamos una sentencia menor de treinta meses, y el fiscal de Estados Unidos había
accedido a abreviar la larga espera. Le enseñé a Pat mis opciones de atuendo para acudir al tribunal:
un traje pantalón muy sobrio de «directora creativa»; un abrigo estilo militar color azul marino que
debía de ser la pieza de vestuario más conservadora que poseía, y por otra parte, un traje de chaqueta
de los años cincuenta que había comprado por eBay de color crema y con unos cuadros de un azul
delicado, muy campestre. «Este», dijo Pat, señalando el traje de chaqueta. «Queremos que, cuando te
mire, el juez se acuerde de su propia hija, o de su sobrina o de la vecina». No pude dormir aquella
noche, y Larry fue cambiando de canal en la televisión del hotel hasta encontrar uno en el que ponían
yoga. Un yogui dulce y guapo adoptaba posturas extrañas en una hipnótica playa hawaiana. Yo deseé
fervientemente estar allí.
El 8 de diciembre de 2003 acudí ante el juez Charles Norgle con un pequeño grupo de familiares
y amigos que se sentaron detrás de mí, en la sala. Antes de que me entregaran la sentencia, hice una
declaración ante el tribunal.
-Señoría, hace más de una década tomé unas decisiones equivocadas, tanto a nivel práctico
como moral. Actué de una forma egoísta, sin pensar en los demás, y transgredí la ley a sabiendas,
mentí a mi propia familia y me distancié de mis verdaderos amigos.
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Orange is the new black (libro)
Teen FictionPiper Kerman, una joven atractiva y de clase acomodada, se embarca tras su graduación en una relación sentimental con una traficante de drogas para la que acabará trabajando como mula. Diez años después, y con su vida ya rehecha, es condenada a pasa...
