VII

509 10 0
                                        

Al final, Gran Bretaña se negó a extraditar al capo de la droga Alaji a América, y por el

contrario, lo dejó libre. Mi abogado me explicó que como nigeriano, era ciudadano de la


Commonwealth británica, y disfrutaba de ciertas protecciones bajo la ley británica. Un poco de

investigación en la red me reveló que era un hombre de negocios mafioso muy rico y poderoso en

África, y era de esperar que tuviese contactos que pudieran eliminar cosas molestas como los

tratados de extradición.
Finalmente, el fiscal americano de Chicago se dispuso a proseguir con mi caso. Preparándome

para mi sentencia, escribí una declaración personal al tribunal y rompí mi silencio ante más amigos y

compañeros de trabajo, y les rogué que escribieran cartas respondiendo de mi carácter y pidiéndole

clemencia al juez. Fue una experiencia increíblemente humillante y difícil aproximarse a aquella

gente a la que conocía desde hacía años, confesarles mi situación y pedirles ayuda. Su respuesta colectiva fue abrumadora. Yo me había preparado para su rechazo, sabiendo que era perfectamente

posible que alguien se negara por múltiples razones, pero por el contrario, me vi inundada de amabilidad y preocupación y lloré con cada una de las cartas, en las cuales se describía mi niñez,

mis amistades o mi trabajo ético. Cada persona se esforzó por transmitir lo que pensaban que era


importante y mejor de mí, algo que chocaba de frente con la sensación que tenía yo de ser muy, muy


poco valiosa.

Una de mis mejores amigas de la universidad, Kate, escribió esto al juez:


Creo que su decisión de implicarse en actividades criminales fue motivada en parte por la sensación de que estaba sola

en el mundo y de que tenía que cuidarse sola. Desde la época en que tomó aquellas decisiones, sus relaciones con los demás

han cambiado y se han hecho más profundas. Creo que ahora sabe que su vida se encuentra estrechamente ligada con la de

las personas que la aman...


Finalmente, se acercaba ya la fecha de mi sentencia. Aunque el tópico «lo que no te mata te hace

más fuerte» resonó constantemente en mi cerebro durante los casi seis años de espera, entonces se me

hacía patente la verdad que encierra, como ocurre con la mayoría de las ideas tópicas y muy

repetidas. Yo me había repartido a mí misma las cartas del engaño, la exposición pública, la

vergüenza, casi la ruina, y un aislamiento autoimpuesto. Tenía unas cartas bastante malas, la verdad,


con las que poco se podía hacer. Y sin embargo, de algún modo, no estaba sola en aquella etapa del

juego. Mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo... esa buena gente se había negado a

abandonarme, a pesar de mi conducta desagradable, salvaje e imprudente de hacía tantos años y de la


forma que tenía de abordar los problemas diciéndome: «Soy una isla». Quizá si toda esa buena gente

me quería tanto como para ayudarme, es que yo en el fondo no era tan mala... Quizá mereciera su

amor, después de todo...

El día antes de mi sentencia, Larry y yo fuimos a Chicago y nos reunimos con mi abogado, Pat

Cotter. Esperábamos una sentencia menor de treinta meses, y el fiscal de Estados Unidos había


accedido a abreviar la larga espera. Le enseñé a Pat mis opciones de atuendo para acudir al tribunal:


un traje pantalón muy sobrio de «directora creativa»; un abrigo estilo militar color azul marino que

debía de ser la pieza de vestuario más conservadora que poseía, y por otra parte, un traje de chaqueta

de los años cincuenta que había comprado por eBay de color crema y con unos cuadros de un azul

delicado, muy campestre. «Este», dijo Pat, señalando el traje de chaqueta. «Queremos que, cuando te


mire, el juez se acuerde de su propia hija, o de su sobrina o de la vecina». No pude dormir aquella

noche, y Larry fue cambiando de canal en la televisión del hotel hasta encontrar uno en el que ponían

yoga. Un yogui dulce y guapo adoptaba posturas extrañas en una hipnótica playa hawaiana. Yo deseé


fervientemente estar allí.

El 8 de diciembre de 2003 acudí ante el juez Charles Norgle con un pequeño grupo de familiares

y amigos que se sentaron detrás de mí, en la sala. Antes de que me entregaran la sentencia, hice una

declaración ante el tribunal.


-Señoría, hace más de una década tomé unas decisiones equivocadas, tanto a nivel práctico

como moral. Actué de una forma egoísta, sin pensar en los demás, y transgredí la ley a sabiendas,

mentí a mi propia familia y me distancié de mis verdaderos amigos.

Orange is the new black (libro)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora