Nada más salir, ya se metió al público en el bolsillo. En realidad no habló de trabajo. Habló de la vida, y un par de veces esbozó alguna canción. Sobre todo contó historias de juicios y tribulaciones, de luchar contra la adversidad y de Diana Ross. Pero lo más sorprendente de la señora Wilson, y que también se podía decir de toda la gente de fuera que se ofreció voluntaria aquel día, es que nos habló a todas las presas con gran respeto, como si las vidas que nos esperaban tuvieran esperanza, sentido y posibilidades. Después de todos aquellos meses en Danbury, era una novedad espectacular.
Todo el mundo tenía presente a Martha Stewart. Tanto en el exterior como en el interior había ido en aumento la histeria, y la gente se preguntaba dónde cumpliría su corta condena y qué le ocurriría.
Había pedido al juez que la enviaran a Danbury para que su madre, que tenía noventa años y vivía en Connecticut, pudiera ir a visitarla con facilidad. El juez, sin embargo, no había dicho nada al respecto. Los poderes fácticos del DFP en Danbury (o en Washington) no la querían aquí, quizá porque no querían que los medios de comunicación examinaran las instalaciones de cerca. El campo había estado «cerrado» a nuevas internas desde que la condenaron, supuestamente por estar «lleno»,
aunque teníamos cada vez más camas vacías a medida que pasaban las semanas.
Se habían escrito muchas cosas horribles en la prensa sobre nosotras. No me sorprendía lo más mínimo, pero las mujeres que yo tenía a mi alrededor estaban muy preocupadas, especialmente las de clase media. Apareció un artículo en People llamándonos «la escoria de la tierra», y especulando sobre las palizas y abusos que podía sufrir Martha.
Annette vino a verme después de que repartieran el correo, angustiada por su ejemplar.
-Llevo treinta y cinco años suscrita a la revista People. ¿Y ahora resulta que somos la escoria de la tierra? ¿Eres tú la escoria de la tierra, Piper?
Dije que no lo creía así. Pero la angustia por lo de People no era nada comparado con la conmoción que sacudió el campo el 20 de septiembre. Yo volvía de la pista de carreras al principio de la tarde y me encontré a un grupo de residentes del dormitorio A en torno a Pop, lanzando maldiciones y sacudiendo la cabeza en torno a un periódico.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-No te lo vas a creer, Piper -dijo Pop-. ¿Te acuerdas de aquella zorra francesa loca?
El 19 de septiembre, el dominical Hartford Courant había publicado un artículo en portada.
Nosotras siempre recibíamos los periódicos un día más tarde, de modo que la institución pudiese controlar «el flujo de información». La periodista Lynne Tuohy había obtenido una exclusiva con una mujer del campo que había salido hacía poco, «Bárbara», con quien Martha se había puesto en contacto para que le diera una idea de la vida en el interior del campo Danbury. Y «Bárbara» tenía unas cuantas cosas interesantes que decir.
«En cuanto se me pasó la conmoción de estar en la cárcel, se convirtió en unas vacaciones -dijo Bárbara en una entrevista, después de hablar con Stewart-. No tenía que cocinar. No tenía que limpiar. No tenía que comprar tampoco. Ni que conducir, ni que comprar gasolina. Tenían una máquina de hielo, tablas de plancha... Era como un enorme hotel».
Sí, era Levy, desde luego. Se la llevaron para que testificara en contra de su exnovio el timador, reapareció en el campo una semana solamente en junio, y luego la soltaron porque su condena de seis meses había concluido. Al parecer, su estancia había sido mucho más agradable de lo que parecía
cuando disfrutábamos del placer de su compañía. Cantaba las alabanzas de la prisión en aquel periódico, hablando de lo mucho que había disfrutado de «la enorme variedad de clases» que se ofrecían, además de «Dos bibliotecas con muchos libros distintos y revistas, incluyendo Town and Country y People». La comida, decía Bárbara, era nada menos que «increíble».
«Es un lugar magnífico», decía.
Recordé a Levy hinchada por las picaduras de abeja, parecida al Hombre Elefante, llorando todos los días durante los seis meses que duró su condena, y quejándose de todas las que pensaba que no tenían «clase».
«Me hacía arreglar el pelo cada semana», decía Bárbara. «En casa nadie me cuida. Yo tengo que cuidar a mis hijos y de mi casa. Allí tuve tiempo para cuidarme. Cuando volví a casa, mi nivel de vida se había elevado un poco».
Se apresuraba a añadir que los masajes «eran de lo mejor» y lo mucho que se había reído cuando los amigos le preguntaban si la habían «atacado» (asaltado sexualmente) durante su estancia. «Yo les diría: "¿Estáis de broma? La mayoría de la gente de allí dentro tenía mucha clase"».
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Orange is the new black (libro)
Teen FictionPiper Kerman, una joven atractiva y de clase acomodada, se embarca tras su graduación en una relación sentimental con una traficante de drogas para la que acabará trabajando como mula. Diez años después, y con su vida ya rehecha, es condenada a pasa...
