Aquella mañana marcó el principio de una larga y tortuosa expedición a través del laberinto del sistema de justicia criminal de Estados Unidos. Wallace me ayudó a encontrar un abogado.
Enfrentada al final de mi vida tal y como la conocía, adopté mi postura habitual cuando me sentía acorralada y asustada: me cerré sobre mí misma, diciéndome que yo sola me había metido en aquel
lío y que aquello no era culpa de nadie salvo de mí misma. Tenía que encontrar una solución yo sola.
Pero ya no estaba sola: mi familia y mi inocente novio iban conmigo en aquel viaje horrible.
Larry, mis padres, mi hermano, mis abuelos… todos ellos estuvieron a mi lado todo el camino,
aunque estupefactos y avergonzados por mi pasado criminal, oculto para ellos hasta entonces. Mi
padre vino a Nueva York y viajamos en coche durante cuatro horas espantosas hasta Nueva
Inglaterra, donde mis abuelos pasaban el verano. Ya no me sentía moderna, ni guay, ni aventurera, ni
contracultural, ni rebelde. Lo único que sentía era que había herido y decep-cionado a los que más
amaba, y que había tirado mi vida por el desagüe de la forma más descuidada. Lo que había hecho
resultaría inconcebible para mi familia, por supuesto. Allí estaba yo, en el salón de mis abuelos,
asistiendo a la reunión familiar de urgencia, muerta de vergüenza mientras me interrogaban durante
horas intentando comprender lo que estaba ocurriendo.
—¿Pero qué demonios hiciste con el dinero? —me preguntó mi abuela al final, desconcertada.
—Pues, abuela… yo en realidad no estaba metida en aquello por el dinero… —le respondí,
vacilante.
—¡Piper, por el amor de Dios! —saltó ella. No solo era una vergüenza y una decepción, sino que
también era una idiota.
Pero mi abuela no me echó en cara que fuera idiota. En realidad, ninguno de ellos me dijo que los
había decepciona-do o que sentían vergüenza, aunque no tenían que decirlo: yo lo sabía. Lo más
increíble es que todos, mi madre, mi padre, mis abuelos, toda mi familia, dijeron que me querían, que
estaban preocupados por mí, que me ayudarían… Cuando me fui, mi abuela me abrazó muy fuerte,
rodeando mi cuerpo con sus delgados brazos.
Aunque mi familia y los pocos amigos a los que se lo conté se tomaron mi situación muy en serio,
dudaban de que una (guapa chica rubia) como yo tuviera que ir siquiera a prisión, pero mi abogado
rápidamente me explicó la gravedad de mi situación. Me habían acusado ante un tribunal federal
conspiración criminal para importar heroína porque la operación de tráfico de drogas de mi
examante había quedado desenmascarada. Compartían la acusación Nora, Jack y trece acusados más
(a algunos de ellos los conocía y a otros, no), incluyendo el traficante de drogas africano Alaji. Tanto
Nora como Jack estaban en custodia, y alguien señalaba con el dedo e iba dando nombres.
No importa lo mal que hubiesen acabado las cosas entre nosotras, yo no imaginé jamás que Nora
me entregaría para intentar salvar su propia piel. Pero cuando mi abogado me envió los materiales
que había acumulado el fiscal (las pruebas que el gobierno tenía contra mí), entre ellos estaba una
declaración detallada de ella en la que decía que yo había llevado dinero en efectivo a Europa. Me
estaba adentrando en un mundo totalmente nuevo para mí, donde palabras como «acusación de
conspiración» y «pena mínima obligatoria» determinarían mi destino.
Me enteré de que una acusación de conspiración, más que identificar actos individuales contrarios a la ley, acusa a un grupo de personas de conspirar para cometer un delito. A menudo se
acusa a una persona de conspiración basándose solo en el testimonio de un co-conspirador o peor
aún, un informador confidencial, alguien que ha accedido a delatar a otros a cambio de inmunidad.
A los fiscales les encanta esta figura porque les resulta mucho más fácil obtener cargos en los jurados de acusación, y es una palanca importante para conseguir que la gente se declare culpable: en cuanto
sale una persona acusada de conspiración, es muy fácil convencer a sus codemandados de que no
tendrían ninguna oportunidad en juicio abierto. Bajo la acusación de conspiración, yo sería
condenada según la cantidad total de drogas implicadas en la operación, y no según el pequeño papel
que yo representé en ella.
En Estados Unidos, la pena mínima obligatoria formaba parte esencial de la «Guerra de las
Drogas» de finales del siglo XX. Las líneas fundamentales establecidas por el Congreso en los años
ochenta requerían que los jueces federales impusieran un conjunto de condenas por los delitos de
drogas, sin tener en cuenta las circunstancias específicas de cada caso, y sin discrecionalidad para evaluar a la persona que era sentenciada. Las leyes federales eran ampliamente duplicadas por las
legislaturas estatales. La longitud de las condenas me horrorizó: diez, doce, veinte años. Las largas
penas mínimas obligatorias por delitos de drogas son la principal razón de que la población convicta
de Estados Unidos se haya disparado desde los ochenta hasta más de 2,5 millones de personas, un
aumento de casi el 300 por ciento. Ahora encerramos a uno de cada cien adultos, muchísimo más que
cualquier otro país del mundo.
Delicada pero firmemente, mi abogado me explicó que si deseaba ir a juicio, sería una de las
mejores acusadas que había tenido nunca, que inspiraría comprensión y tendría una bonita historia que contar, pero que si perdía, me arriesgaba a la pena máxima, probablemente más de una década en
prisión. Si me declaraba culpable iría a prisión, desde luego, pero por un tiempo mucho más breve.
Elegí esto último. Siguieron algunas angustiosas conversaciones con Larry y con mi familia, que todavía no se había recuperado del golpe. Pero yo tenía que tomar la decisión. Mi abogado negoció
con intensidad y habilidad en mi favor, y al final la Oficina del Fiscal de Estados Unidos permitió
que me declarase culpable de blanqueo de dinero, en lugar de conspiración, por lo cual se requería
una condena mínima de treinta meses en una prisión federal.
El día de Halloween de 1998, Larry y yo viajamos a Chicago disfrazados de «adolescentes»;
quizá el disfraz consiguiera enmascarar mi sufrimiento.. Aquella noche la pasamos en la ciudad con nuestros amigos Gab y Ed, que no sabían nada de mi situación y pensaban que iba a Chicago por
asuntos de trabajo. A la mañana siguiente me presenté, pálida y con mi mejor traje, en el edificio
federal donde está situado el tribunal. Mientras Larry me observaba, yo pronuncié las palabras que
sellaron mi destino: «Culpable, señoría».
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Orange is the new black (libro)
Teen FictionPiper Kerman, una joven atractiva y de clase acomodada, se embarca tras su graduación en una relación sentimental con una traficante de drogas para la que acabará trabajando como mula. Diez años después, y con su vida ya rehecha, es condenada a pasa...
