las últimas presas que aparecieron en mayo, antes de que el campo quedara «cerrado» para
desviar a Martha Stewart a otras instalaciones, llegaron tres nuevas presas políticas, pacifistas como
la hermana Platte. Las habían arrestado y enviado a la cárcel por protestar en la Escuela de las
Américas, el centro de entrenamiento de Estados Unidos para el personal militar latinoamericano
(léase policía secreta, torturadores y matones) situada en Georgia. Estas recién llegadas eran
izquierdistas de manual, serias y pálidas, deseosas de sacrificarse por su causa y deseosas de
discutirla ad náuseam. Una de ellas se parecía al señor Burns de Los Simpson, con los ojos azules
acuosos, mala postura corporal y una nuez muy prominente, y parecía irritada por su situación; la otra
era como una joven novicia de un convento, con el pelo trasquilado y una perpetua expresión de sorpresa. Luego estaba Alice, que medía metro cincuenta de altura y con las gafas de culo de botella
más gordas que había visto en mi vida, la n amistosa como los perros del Programa de Cachorros, y
tan habladora como silenciosas eran sus compañeras. A veces venían a las clases de yoga.
Esas tres fueron derechitas hacia la hermana Platte y empezaron a seguirla adonde quiera que iba,
como patitos. A mí me parecía que estaba muy bien que la hermana tuviese un séquito de pacifistas en
la cárcel. El gobierno se gastaba millones de dólares de los contribuyentes persiguiendo y
encerrando a manifestantes no violentos, pero allí, en el interior, las presas políticas tenían una
comunidad de personas que pensaban de manera similar. La hermana disfrutaba de su compañía,
ciertamente, discutiendo en el comedor, durante horas sin fin, teorías y estrategias tácticas para poner
de rodillas al complejo militar-industrial. Alice y sus compañeras consiguieron trabajos de
profesoras en el programa DEG, la tarea que yo quise al principio pero que ya no me interesaba.
Me sentía culpable por preferir el trabajo del SCM, pero había estado observando la desagradable evolución de lo que ocurría en el departamento de educación y prefería mantenerme a
distancia. Después del cierre por moho del programa DEG en invierno, todos los libros y materiales
contaminados fueron a la basura y no se reemplazaron. La prisión transfirió fuera del campo, colina
abajo, a una profesora muy popular. Supongo que simpatizaba demasiado con las presas… El nuevo
jefe de educación que ocupó su lugar era un hortera con pinta de camionero y peinado de los ochenta
(yo lo llamaba Retaco) a quien según los rumores habían despedido de Correos y lo había recogido
el DFP. Como profesor era completamente inadecuado y recurría a las amenazas e insultos hacia sus
alumnas, disfrutando además. Lo odiaban absolutamente todas las presas del campo y la mayoría de
los tutores que trabajaban para él. Según ellos, la actitud que tenía hacia sus alumnas era muy
sencilla: «No me importa si no aprenden nunca que uno más uno es igual a dos. A mí me pagan por
ocho horas de trabajo».
Un día volvía del taller de electricidad y me encontré el campamento todo alborotado. Retaco
había armado una buena trifulca aquel día en la clase, estaba más abusón de lo habitual, y Alice, la
pacifista, finalmente se había enfrentado con él. Quería dejar su trabajo de tutora. Retaco se puso
como una moto, empezó a chillar y a insultar y a decir que la iba a acusar de desafiarle o resistirse a
una orden directa o algo parecido.
Pennsatucky, que estaba también en la clase (y probablemente era el objeto inicial de sus
insultos), dijo que la cara de burro se le había puesto completamente morada. Salió hecho una furia
del campo y bajó por la colina, y los rumores decían que intentó que encerraran a Alice en la UHE.
Todo el mundo estaba indignado.
Y efectivamente, después de comer y del reparto del correo, oímos pasos pesados de botas y
ruido de cadenas. Unos hombres enormes, cuyas botas producían ese ruido ominoso y estereotipado
de las tropas de asalto, entraron en el campo con unas esposas. Pasaron junto a los teléfonos, bajaron
las escaleras y recorrieron el vestíbulo, y se dirigieron hacia la oficina de OC del campo. Todas las
presas oyeron aquel ruido, por muy lejos que estuviera en el edificio, y la sala delantera pronto se
llenó de mujeres silenciosas que se reunían para verla bajar. A veces, cuando encerraban a alguna
por hacer alguna guarrería, o cuando la malhechora no era demasiado popular, el ambiente era como
de carreta de camino a la guillotina. Pero en aquella ocasión no era así.
Los altavoces crepitaron cuando el señor Scott llamó a la condenada: «¡Gerard!». La pequeña
Alice Gerard fue hacia la oficina y entró. La puerta se cerró y ella se quedó allí con aquellos tres
hombres enormes, mientras el teniente le leía los cargos que se habían presentado contra ella.
Un rumor crecía entre las mujeres.
—¡Esto es una MIERDA!
—¡No es para ir a la UHE… esa mujer no ha hecho nada que no fuera necesario!
Alguien empezó a llorar.
—¡No puedo creer que esos mariquitas de policías no tengan nada mejor que hacer que encerrar
a Alice!
La puerta del despacho se abrió de par en par. Salió Alice, seguida por tres carceleros. Los tres
eran mucho más altos que ella, de modo que todavía parecía más menuda. Ella miró a la multitud
reunida. Parpadeando detrás de sus gafas de culo de vaso, dijo con toda claridad, casi ilusionada: —¡Me voy!
Uno de aquellos memos la esposó, nada amablemente, y el murmullo entre las mujeres se
convirtió en un rugido. Y Sheena empezó a recitar: «¡A-lice, A-lice, A-lice, A-lice, A-lice!»,
mientras se llevaban a la pequeña pacifista. Era la primera vez que veía a los guardias de la prisión
asustados.
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Orange is the new black (libro)
Fiksi RemajaPiper Kerman, una joven atractiva y de clase acomodada, se embarca tras su graduación en una relación sentimental con una traficante de drogas para la que acabará trabajando como mula. Diez años después, y con su vida ya rehecha, es condenada a pasa...
