Capítulo 11

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Eran las cinco de la tarde y Allen sentía que los minutos se pasaban tan largos cómo las horas, ese día viernes amaneció nublado, así que la oscuridad de la noche se había adelantado. Las farolas se tuvieron que encender antes de la hora predeterminada, y la fabrica pronto se vio iluminada por luz de gas. Allen tenía el cabello húmedo en la raíz por el calor que hacia ahí adentro, las ventanas eran escasas y el tamaño de W&W eran parecido a la iglesia de San Lorenzo.

Paso mucho tiempo empacando las telas, pensando en Kate y su matrimonio. Conforme pasaba el tiempo más se preocupaba de cómo iban a seguir sus padres sin él. Claramente ellos podían mantenerse, pero lo necesitaban a pesar que estuvieran contentos por su independencia y compromiso.

Pasaba seis días a la semana trabajando, su cansancio eran inmenso, y Kate se quejaba de ello. Ella no podía entender que todo lo que hacía era por sus padres, para ayudarles en todo lo que pudiera. Sería injusto dejar a su mamá con toda esa carga. Allen por otro lado quería casarse, amaba a Katherine, la quería demasiado. El hecho era que siempre ponía a su familia en primer lugar, jamás le dedicaba tiempo al romance u otras cosas que hacían las parejas comunes.

—¡Señor Bell! —lo llamó el supervisor de la fabrica, quien estaba recostado sobre una de las mulas hileras. Allen dejó de enrollar la tela de seda, colocándola sobre la caja de madera. Se acercó al supervisor con una extraña sensación de que algo malo le dirían, no entendía el porqué de esa sensación, pero sintió el estómago arder.

—¿Que sucede señor? —preguntó Allen al estar cerca del hombre de bigote francés y un puro en la boca.

—Le informo que el señor Conrad Jackson  ya no trabajará más en la fabrica, así que usted se encargará de empacar —el supervisor exhaló por la nariz el humo.

—Pero, señor, desde que entré a trabajar aquí yo me he dedicado a las hileras, soy muy bueno en eso. Yo pensé que esto era temporal —eso era peor de lo que Allen imaginó, él odiaba empacar todo el día las telas. Aquello no era por lo que entró a trabajar.

—Lo sé hijo, pero no tengo más personal y sólo son tres empacadores con usted incluido. El señor Jackson ya es un inútil para este empleo y el jefe no piensa esperar hasta que se recupere, hay cosas que hacer —Allen dio una bocanada de aire fuerte, esto no era lo que él quería pero tampoco tendría el lujo de renunciar.

Bell pasó las manos sucias por su rostro sudoroso, el cual quedó tan sucio cómo sus manos.

—Señor, disculpe mi insistencia pero... yo sólo he trabajado con las máquinas hileras, ¿me van a quitar salario? o...

—Obvio que no ganará lo mismo, lo de empacar no es un gran trabajo. No insista más, la decisión esta tomada —el supervisor arrugó las cejas con molestia—. Vaya a trabajar.

Allen abrió la boca para decir algo más, pero al instante la volvió a cerrar. No podía discutir ante una decisión ya tomada, podía hacer que le despidieran, lo cual sería más trágico que cambiar de puesto y una baja en su salario quincenal.  Tan sólo se dio la media vuelta para volver a su puesto de empacador (ahora permanente), suspiro un poco y volteó su mirada al pequeño Joseph que a duras penas cargaba con un saco por el pasadizo de las maquinas, arrastrándolo por el suelo.

Durante la hora restante estuvo sumergido en la idea de abandonar su trabajo y con seguir otro. Una idea bastante absurda, suponiendo lo que ahorita era tener un empleo de salario decente, sobre todo que se fijaran más allá de la apariencia, claramente una idea descabellada y poco conveniente.  A las seis en punto sonó la campana de salida para los trabajadores, todos parecían arrastras los pies hasta la salida con un semblante cansado, sudoroso y polvoriento.

Wellington. [LGBT]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora