Capítulo 52

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La Luna era tan blanca esta noche que el cabello de Draco sintió una leve envidia. Harry llevó la botella de tequila a sus labios, sintiendo arder su garganta cuando el líquido ámbar bajó por ella. En medio de la noche, una conversación había desatado a la otra, haciendo que Draco le diera una oportunidad a las botellas de licor que había traído.

—¿Sabías que los lunares en tu piel son los lugares donde te han besado en otras vidas? —preguntó Draco, más bien como dato curioso. Tenía las pupilas dilatadas y movidas, su visión de la noche era desenfadada, borrosa y encantadora. Tanto como lo era Harry. Malfoy tenía los labios rojos, las pestañas rizadas y la mirada caída y lujuriosa.

—¿En serio? —cuestionó Harry, asombrado y confundido.—No había escuchado eso antes.

Draco asintió. El ambiente dejó de ser relajado, tensandose por pedazos. Malfoy mandó todos los libros, las estrellas y las botellas de licores al carajo, acercándose lentamente a Harry, pero sobretodo, dándole la oportunidad de rechazarlo. Pero Harry, en cambio; se mantuvó quieto, quizá porque él también esperaba aquello con las mismas ansias.

El aliento de Draco, tequila y cigarros costosos, se ligó con el de Harry, que sabía perfectamente a paraíso y moras dulces. En un susurro, leve y sobre los labios de Harry, Draco habló, con la voz más ronca de lo normal.

—Harry... ¿Puedo hacerte un lunar justo aquí?

Los labios de Harry no emitieron un sonido justo, sin embargo; se unieron a los del rubio como respuesta. Dios. Era un beso después de tanto tiempo. Malfoy enredó sus dedos en el cabello de Harry, como si con eso pudiera asegurar que él se quedase toda su vida a su lado. El Gryffindor abrazó las caderas de la serpiente con sus piernas. Entonces, el frío, la noche y las bebidas que habían desencadenado todo esto, no importaron más. Todo se volvió a resumir a ellos. Porque aunque Harry no lo recordaba al máximo, comenzaba a hacerlo. Con cada nervio, cada átomo y cada fibra de los labios de Draco, que desesperados besaban sus labios una y otra vez. Y luego su cuello y sus mejillas y su pecho, y cualquier zona donde cupiera perfectamente un lunar.

Y Harry, que tenía la mente en cualquier parte menos en aquella colina fuera de la ciudad, se sintió recordar algo nuevamente. Y aunque no sabía qué, estuvo seguro de que se trataba de un beso y de la sensación tan espeluznante que le hacía sentir. Y no era solo un beso. Eran todos aquellos besos que se había dado con Draco, todos y cada uno de ellos: lentos y rápidos, despacios y apresurados, fugaces y eléctricos, perfectos e inexpertos, todos y cada uno de ellos rebatiendole y rogandole a Harry que los recordara, y Potter, entre medio de todas esas sensaciones, les hizo caso.

Harry había recordado.

—¿Harry? —murmuró Draco, separándose del castaño al sentir como sus labios se habían detenido en el beso. ¿Habría cruzado algún limite? ¿Habría puesto incómodo a aquel chico delgado y tierno frente a él? —Harry, por Merlín, dí algo.

La noche sopló y el aire fresco de las colinas traspasó sus pulmones, llenándolos de oxígeno frío. Potter llevó una de sus manos al rostro de Draco, a centímetros del suyo, pero que a diferencia del gesto tranquilo que tenía Harry, Malfoy estaba aterrado, tan solo el silencio del Gryffindor era capáz de ponerlo así. Los dedos del menor rozaron sus pómulos, el toque era tan suave y tranquilizador que tentaba a Malfoy a cerrar los ojos y morir allí.

—Yo... —intentó hablar Harry, pero parecía que tenía tanto por decir, que las palabras se atascaban en su boca, tropezando con su lengua y retrasando su agilidad mental. Sin contar que el alcohol en sus venas solo sabía ponerlo tan lúcido como ninguno.—Te recuerdo, Draco.

Las pupilas de Malfoy se dilataron, sus labios rojos por el beso se entreabrieron, dando paso a una respiración agitada y descordinada. Cerró los ojos, como si quisiera creerlo.—Harry, no tienes porque mentirme. No es necesario que me mientas. No importa lo que suceda esta noche, en la mañana siguiente estaré aquí, igual que siempre, hasta que me recuerdes.

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