—¡Hasta abajo, Potter! —vociferó Draco. Su voz normalmente era ronca, pero con whisky hirviendo resbalandole dentro de ella parecía ser el doble.
Harry lo observó, riéndose de su cabello blanco despeinado y sus pupilas dilatadas. Draco era tan malditamente hermoso. Sus labios rojos, los ojos azules casí celestes, pues el clima de Francia les hacía cambiar, y aquellos dedos largos y su tez pálida. Draco estaba feliz, como nunca antes. Casí ni se veían ya sus cicatrices, pero allí estaban, sanando. Dió una vuelta, haciendo un ridículo baile tonto que en él se vió muy bien. Tomó a Harry de la mano, haciendo que dejara su vaso grande de madera en la barra del mismo material. Aquel bar de pobres era otra cosa. Olía a alcohol barato y cigarros de mala calidad. Incluso habían mujeres con vestidos arremangados y botines de alguna tela oscura, que parecían ofrecerle sexo a cambio de dinero a los demás hombres del bar.
Y sin importar qué, Draco estaba bailando, sin su chaqueta, pues probablemente la habría olvidado en algún lugar de allí. No estaba borracho, pero sí feliz. Su camisa blanca estaba algo estrujada, con un par de tirantes que se enganchaban a su pantalón café.
Incluso, sin su aspecto de niño rico, Malfoy lucía como un Dios en la Tierra.
Bailaba algún tipo de baile asemejado a la salsa y el merengue, a pesar de que era británico y no tenía ritmo. Pero aquello le provocaba euforia y con eso bastaba.
Cuando Harry dió el último sorbo a su bebida, la dejó caer en la mesa de madera; haciendo que esta sonara con un golpe de triunfo y las demás personas en el bar, incluyendo las mujeres, celebraran como si fuese una victoria.
Draco soltó una carcajada al ver la mueca de Harry.
—¡Ese es mi chico! —gritó a todos, como si quisiera dejarlo en claro. Se giró ante el hombre tras la sucia mesa de madera, y en francés, exclamó.—¡Camarero, ponga otra ronda a mi nombre, porfavor!
Nuevamente, todo el mundo le aplaudió, felices.
Draco tomó a Harry y lo sacó de aquel bar de mala muerte. El sol chocó con sus iris y estos reflejaron lo tan dilatadas y perdidas que estaban sus pupilas.
Tan pronto como dejaron el bar, los recibió una estrecha calle de piedras incrustadas que parecían pequeños adoquines. Draco sintió el murmullo y las voces de las personas a medio día y supo que estaban allí. Que ya habían llegado.
Miró a su novio, que no daba crédito a todas las gigantescas cajas de uvas verdes y moradas ser empaquetadas en bolsas de plástico con magia. A los cientos de frutas, platanos y sandías ser transportadas en el aire, y todas aquellas personas que, como alguna vez había visto vestir en el callejon Diagon, ahora vestían ahí.
Algunas mujeres tenían altos y puntiagudos sombreros, otras vestían boinas rojas y elegantes, los señores caminaban apurados, en sus propios mundos. Algunos compraban peces frescos, otros entraban a tiendas enormes y finalmente, algunos se dedicaban a observar animales en venta, pero la mayoría, simplemente observaba el mar que se estrellaba contra las rocas y muros no tan altos que separaban las calles del agua.
Harry no pudo evitar abrir la boca de la impresión hasta que Draco habló.
—Amor mío. —comenzó, como si aquel lugar al que estuvieran a punto de entrar fuera maravilloso, y en efecto, lo era.—Bienvenido al Callejón Laduree.
—¿Laduree? —preguntó, aún asombrado. La pronunciación a aquel nombre sonó tan patética en sus labios en comparación con el perfecto acento francés de Draco.—¿Francia tiene su propio Callejón? ¿Así como Londres?
Draco sonrió, estaba orgulloso de lo suyo.—Así como Londres.
Ambos se sumergieron en la multitud. Draco a pesar de estar feliz, observaba todo con un poco de ostine, pues estaba adaptado tanto a Francia que aquello le aburría un poco. Aunque de momento, tuvo una idea. Quizá la mejor.
ESTÁS LEYENDO
¿¡Potter?!
Fiksi PenggemarHarry tomó una respiración, su abdomen palpitaba en sangre y dolor.-Lo único que sabemos hacernos es daño, Draco. El platinado habló, con tanta pasión como si su vida dependiera de eso, y por su tono de voz, parecía que él también estaba sollozando...
