No habían esperanzas, al menos no para Harry, quien no podía dejar de pensar en las últimas palabras de Draco. ¿Qué haría ahora en medio de una ciudad donde no conocía a absolutamente nadie y ni siquiera hablaba el mismo idioma?
Mordió sus labios con fuerza y por el rastro seco de sangre que había en ellos, sabía que no era la primera vez en dos días que lo hacía. El aire frío le daba un aspecto más tenebroso a las calles desoladas de Francia, donde con suerte podría encontrar a personas sin hogar que se arrojaban en esquinas a morir de enfermedades y pobreza. Llevaba dos días enteros en los que no había comido nada, se veía demacrado, con la tez pálida y un par de círculos violáceos debajo de sus lindos orbes verdes que, casualmente, tampoco tenían el mismo brillo.
Harry suspiró. Su ropa apestaba y estaba tan sucia que incluso a sí mismo le daba vergüenza acercarse al resto de personas. ¿Donde había quedado el "elegido", el hombre con poderío, valentía y dinero suficiente para vivir su vida con derroche diez veces más? No pudo responder aquella pregunta, solo se dedicó a apretar el rosario que tenía entre sus manos con más fuerza. No rezaba ni pedía por comida, agua, o siquiera por sí mismo. Pedía, con toda la fé del universo, que porfavor, Draco estuviera vivo.
—Merlín, sé que no soy tu hijo favorito, ni siquiera sé si soy tu hijo. He asesinado personas, jamás he ido a una iglesia y no me arrepiento por ello. No vengo a tí a pedir perdón o clemencia por mí vida. Vengo a pedirte porfavor, que salves la vida de Draco. No es una mala persona a pesar de todos los errores que ha cometido. —su murmullo incesante en inglés, era lo único que se escuchaba además del aire soplando en las calles adoquinadas.—Un día juramos ante tí amarnos hasta el resto de nuestros días y estoy dispuesto a cumplir mi promesa. Así que, porfavor, salva su vida o toma la mía.
No esperaba un milagro, ni que Merlin bajase del cielo a ayudarlo, pero en cuanto aquellas palabras salieron de su boca, sintió que por un segundo, entre aquellos dos malditos días, había paz.
Iba a continuar vagando entre la noche, cuando de pronto sintió como una mano grande y tosca se enredó a su boca, obstruyendole el habla. Otra mano —igual de fuerte—, se envolvió a su cuello, tan cerca que Harry podía sentir el filo de una navaja cortar.
Su respiración se descontroló. Habían venido a por él y ahora, entre la nada, estaba inmovilizado.
La persona a su espalda vestía de negro y tenía un pasamontañas que le cubría el rostro completamente, se acercó a su oído y le susurró algo a Harry. Y ahí, el castaño se dió cuenta. No conocía en lo absoluto esa voz.
—Sigue mis pasos y no intentes nada raro. —masculló una voz rasposa tras los huecos del pasamontañas que dejaban ver rastros de piel. Harry se asombró al ver que hablaba inglés.—Como lo hagas te abro la garganta, y no creo que al marica de tu noviesito le guste eso.
Harry sintió su sangre arder. Sabía que tenía un cuchillo al cuello, pero estaba en sus genes ser un león.
—¿Y tú qué? ¿Te crees suficientemente hombre para ofender a Draco pero no para mostrar tu rostro? —defendió. Mientras él estuviera con vida, nadie iba a tocar el nombre de su esposo.—No eres más que un cobarde homófobico que no tiene los cojones de decirle eso a Draco en la cara.
Potter había mascullado todas aquellas palabras con rabia, forcejando con el hombre a pesar de que este le sacaba una cabeza más. Con una rígidez increíble, obligó a Harry a caminar, sin saber exactamente a donde iban.
—Cierra la boca, fenómeno.
Doblaron la esquina con dificultad, pues Harry no dejaba de moverse e intentar encestarle codazos en el estómago al tipo. Cuando llegaron a un callejón oscuro que no parecía tener salida, el hombre encapuchado se metió dentro de éste, observando a sus costados para verificar que nadie los viese. Con tanta oscuridad y olores putridos dentro de aquella encrucijada, no se veía más allá del reflejo de la Luna en las pupilas verdes de Potter y las carmelita oscuras del hombre, quien palmeó la pared de ladrillos un par de veces hasta encontrar la superficie de una vieja puerta de madera. Con un empujón abrió esta y se metió a si mismo dentro, arrastrando a Harry con él.
Harry pensó muchísimas cosas, aunque estaba tan débil que no le importaron. Quizá lo asesinarían estando dentro, lo cortarían en trozos y lo empaquetarían haciéndolo pasar por carne común, en el mejor de los casos, solo eran aurores infiltrados que le pondrían una pena de cárcel extremadamente larga, donde no volveria a ver jamás a Draco. Pero con los ánimos destrozados tras no tener noticias de Malfoy en dos días, su mente había pensado lo peor. Y ahora, se estaba obligando a sí mismo a aceptar el peso de la muerte de Draco sobre sus hombros antes de perder la cordura o morir de soledad.
Un empujón lo trajo a la realidad, quedó postrado en una pared, tosiendo y luchando por su vida. Las luces se encendieron y tardó un poco en percatarse como era la habitación. Con gastadas luces doradas de aguinaldo envueltas al techo y una incesante gotera que corría desde la pared de concreto y se ligaba al suelo de madera, Harry estuvo casí seguro de haber sentido el corretear diminuto de una rata en el suelo, cerca de la basura y botellas vacías de cerveza. ¿En qué infierno había caído? Levantó la vista con trabajo, sus ojos entrecerrados no tardaron en ver una mesa de madera con algunas marcas de que varios cigarros habían sido apagados en ella.
—Tú, pedazo inservible de mierda. —un grito salido del mismísimo infierno rompió en la habitación. El diablo estaba enojado.—¿Cómo demonios te atreves a traerlo así? ¿Quieres que te rompa el cráneo?
Entonces, esa voz no pudo dejar de parecerle familiar. El tono de ira, furia y grosor. Los insultos y la manera arrastrada y aburrida de dirigirse a la gente.
Harry levantó su vista. Estaba confundido y mareado por la poca luz del lugar, pero entre todo aquello, le fue fácil reconocer aquel par de ojos grises y vacíos.
Draco.
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¿¡Potter?!
फैनफिक्शनHarry tomó una respiración, su abdomen palpitaba en sangre y dolor.-Lo único que sabemos hacernos es daño, Draco. El platinado habló, con tanta pasión como si su vida dependiera de eso, y por su tono de voz, parecía que él también estaba sollozando...
