Hannibal estaba inmerso en la práctica del clavicémbalo cuando escuchó el débil sonido de golpes en la puerta, amortiguado por la sonata que tocaba y el sonido de la leve lluvia que caía en Baltimore. Se preguntó quién estaría tocando su puerta mientras llovía; era fin de semana, y no tenía pendientes con nadie.
Al abrir la puerta, lo primero que vio fue una maraña de rizos escondida en una capucha roja.
—¿Will?
Will alzó la mirada, sus ojos azulados brillando intensamente. Traía puesto un impermeable rojo y llevaba cargando su mochila debajo del impermeable, apretando las asas con fuerza.
Hannibal se apresuró a ingresar a Will a la casa; sus manos estaban heladas, y aunque su ropa había sido protegida en su mayor parte por el impermeable, su cabello estaba mojado.
Will parecía querer hablar, pero Hannibal fue corriendo a conseguir una toalla, con la cual secó el cabello de Will y le quitó el impermeable, envolviéndolo. Intentó quitarle la mochila, pero Will se aferró a ella.
—¿Qué haces aquí, Will? Deberías estar en casa —lo reprendió, preocupado por que el niño pudiera enfermarse.
Fue entonces cuando se percató de las lágrimas en los ojos de Will, brillantes y cristalinos, amenazando con derramarse en cualquier instante.
El niño se quitó los lentes con movimientos temblorosos y se restregó los ojos, limpiando las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—Papá… —susurró con voz quebrada.
—¿Pasó algo? Me estás asustando. Háblame, Will.
El niño se removió inquieto.
—Fui al taller mecánico con papá esta mañana. Me mandó a buscar algo en la trastienda y… Vi una caja rara. La abrí y había un perrito, un cachorro —murmuró Will, bajando su mirada al suelo, aferrándose a la toalla que lo abrigaba—. Me emocioné mucho, así que lo recogí y lo llevé a casa, pero papá me dijo que no quería perros en la casa
Will abrazó a Hannibal con fuerza, su pequeña figura llegando apenas a la altura del pecho de Hannibal. Cuando alzó la mirada, sus ojos azules buscaron los de Hannibal, revelando una mezcla palpable de tristeza y súplica. La vulnerabilidad reflejada en esos ojos era nueva para Hannibal.
—El perrito estaba triste, llorando, y aún así, papá me dijo que lo dejara donde estaba —lágrimas comenzaron a surcar las mejillas de Will—. Le supliqué y le lloré a papá, pero no me hizo caso. El cachorro tenía hambre, temblaba, y tenía frío. Está solo, sin nadie que lo cuide.
—Will…
—Es hembra y muy pequeña, y ella me eligió a mí para cuidarla. No puedo abandonarla, Hanni. No sé qué hacer.
Hannibal se encontró completamente envuelto en la dulzura hipnotizante de los ojos azules de Will. La expresión del niño era como un hechizo irresistible que lo atraía, forzándolo a rendirse ante ella. Hombres más débiles que Hannibal se habrían arrodillado para hacer todo lo que saliera de los temblorosos labios de Will.
Las palabras escaparon de la boca de Hannibal antes de que pudiera sopesar completamente sus implicaciones.
—¿Por qué no lo traes a mi casa? Veremos qué hacer a partir de ahí.
Estas palabras lo condenaron. Will, con voz dulce y melosa, preguntó:
—¿Lo adoptarás, Lecty?
Hannibal no podía resistirse a complacer a Will.
—Es tu perro, Will... Pero puede vivir aquí —dijo Hannibal, atraído por la idea de que Will visitara su casa con más frecuencia—. Podría ir a tu casa mañana para recogerlo.

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Promesa Eterna
FanfictionHannibal Lecter es un niño que perdió todo lo que le importaba a una corta edad. Mientras intenta reconstruir su vida y atormentado por los fantasmas del pasado, es cautivado por un curioso infante. Will Graham acaba de mudarse a Francia con su pad...