Realidad

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Will no era tonto. Lo había notado. Desde que comenzó a compartir cama con Hannibal, algunas noches su bebida tenía un sabor distinto. Will, siendo policía, podía identificar cuándo una bebida estaba alterada; Hannibal le estaba dando somníferos. 

Decidió seguirle el juego. Fingía beber y caer en un sueño profundo. La primera vez que lo hizo, Hannibal lo cargó hasta la habitación, y Will, con los ojos entrecerrados, vio como su pareja se escabullía en la oscuridad de la noche

Con el tiempo, Hannibal dejó de intentar drogarlo y sus escapadas nocturnas se volvieron más evidentes. 

Algunas noches, Will se dormía de verdad, así que no sabía cuántas veces Hannibal se había ido por la noche. Sin embargo, cuando lograba mantenerse despierto, fingía estar dormido cuando Hannibal susurraba su nombre o chasqueaba los dedos cerca de su oreja, comprobando que Will estuviera dormido. Will mantenía su respiración lenta y regular, su cuerpo inmóvil, hasta que Hannibal salía de la habitación en absoluto silencio. Regresaba al amanecer y se dirigía directamente a la ducha.

Al principio pensó que Hannibal lo engañaba, una sospecha alimentada por las noches en que lo veía salir con una maleta de ropa. Antes de poder matarlo a golpes ante la posible infidelidad, Will decidió investigar. Rebuscando en el armario, encontró la maleta oculta. 

No encontró ropa ni artículos de higiene, como había imaginado. En su lugar, encontró una colección de bisturíes, guantes desechables, una botella con un líquido con olor medicinal y un traje de cuerpo completo transparente y de plástico. No había artículos de higiene ni condones que sugirieran encuentros sexuales con otra persona. 

En el fondo, Will siempre lo supo, pero no pudo aceptarlo. Desde joven, fue consciente de las desapariciones de personas a su alrededor. Cuando empezó a sospechar que el Destripador de Chesapeake podía estar tras él, sus pensamientos se dirigieron inevitablemente hacia Hannibal. Cada nuevo cadáver encontrado solo aumentaba sus sospechas, y podía ver la obsesión en los ojos de Hannibal, la posesividad con la que lo miraba cuando alguien más se acercaba a él.

Buscando escapar de esa aterradora realidad, Will huyó a Luisiana con su abuela. La idea de que el Destripador fuera Hannibal era demasiado para soportar. ¿Cómo podría enfrentar la verdad de que su mejor amigo, el hombre en quien confiaba plenamente, pudiera estar detrás de esos horribles crímenes?

Después de un tiempo en Luisiana, Will decidió regresar a Baltimore, convenciendose a sí mismo de que Hannibal no podía ser el Destripador. Si aceptaba esa verdad, significaría que todas esas muertes habían sido culpa suya, una carga demasiado pesada para soportar a los diecisiete años. La negación se convirtió en su refugio, un escudo contra una verdad demasiado devastadora para aceptar.

Las sospechas y las evidencias seguían acechándolo, nunca lejos de su mente. Por eso, cuando encontró un guante manchado de sangre en una escena del crimen asociada al Destripador, sintió que el corazón se le detenía. 

No supo qué hacer.

La confusión y el pánico lo invadieron. Debía llamar al equipo de laboratorio para que recogieran el guante, pero el hallazgo lo condenaría si Hannibal realmente era el Destripador. ¿Podría condenar a su mejor amigo, al hombre que lo cuidó durante su infancia, quien estuvo a su lado cuando estaba enfermo? ¿El hombre que nunca lo juzgó y lo aceptaba, con quien se sentía libre para ser él mismo? ¿Al hombre que le dio su primer beso consensuado, a quien le entregó su primera vez?

Con manos temblorosas, sacó una bolsita de evidencia de su bolsillo. La duda y la lealtad se debatían ferozmente dentro de él mientras recogía el guante manchado de sangre y lo colocaba dentro de la bolsa.

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