Rumbo al Dharma.

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La ha puesto de mal humor. ¿Qué coño le pasa para estar tan rebelde? Carla siempre fue manejable, y Guillén ha usado su vulnerabilidad como llave para anular su voluntad, fingiendo ayudarla. Que obedezca, y punto, le da un equilibrio mental que últimamente se ha empeñado en fastidiarle.

Seguro que le están comiendo la cabeza. Sí, eso tiene que ser. Ese puto negro silencioso como una sombra, y el imbécil de Javier tocando los cojones. Carla, que siempre fue tan generosa como el maná, ahora la obliga a mendigar migajas, oponiéndose y cuestionándole todo. ¿Encima de qué es ella la culpable de sus deudas? Bueno, ella, y la puta carita de ángel, que la colocó en la cuerda floja con el asunto de los coches. Al menos, esa golfa ha desaparecido, y ella, con la jugada maestra de esta noche, volverá a los brazos de Blas y su cigarrillo babado.

¿Conclusión?

Carla la está cansando, y hoy ha tenido que hacer un esfuerzo titánico por parar de golpearla. Si no llega a esconderse en el baño, a saber qué hubiera pasado.

"En fin... te lo buscaste". Se dijo con una sonrisa dirigida a nadie en esa calle oscura.

—Te lo había pedido por las buenas, pero... es que eres tozuda, caray... —Y al decirlo en voz alta, sintió la conciencia ligera como una pluma. Guillén y la culpa no vivían en la misma realidad.

La impaciencia de la espera se le concentra en la pierna derecha, que mueve nerviosa. Aunque quizás haya una ansiedad añadida por meterse algo. Palpó el bolsillo por enésima vez, disfrutando de la seguridad que le da todo el dinero que ha podido sacar de las tarjetas. Hundió la mano en el fondo del vaquero y sacó las llaves del club, que brillaron en su mano iluminadas por la moribunda farola en la que se apoya. Las apretó fuerte, escudriñando la oscuridad. Blas le dijo que esperara allí, y que una tal Bibi no tardaría en llegar.

Un coche se materializa en la oscuridad, y menos mal, porque está empezando a llover. Para al otro lado de la calle y da dos fogonazos de luz. Era la señal.

Se acerca como un animal a la caza, arrebujándose en la chaqueta para pasar desapercibida como un gato negro. Tres oscuras siluetas se dibujan en el interior. Distingue dos moles en los asientos de atrás y un cuerpo de escoba al volante.

Al entrar, agradece el calor. Y mucho más, el tubito que le pasan, al que se lanzó inhalando sin decir ni buenas noches ni preguntar qué era. No hay necesidad, todo está más que hablado. Irán al parking de Dharma y robarán los coches de Javier. No era el golpe que había prometido a Blas, pero eso no era relevante ahora. Ya se ocuparía después. Además, solo los coches de ese imbécil eran un buen botín, y ella se relame ante la idea de imaginarse la cara de avispa de ese capullo cuando descubra su obra maestra por la mañana. Pintó una atolondrada sonrisa feliz, que nada tenía que ver con el denso humo que crecía en el interior del coche.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora