21 pasos.

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Jueves. Omar tiene partido, y Carla va a acompañarla. Uf... El estómago se le encoge ansioso. Porque hoy ese: "No sé qué somos, pero joder cómo me gusta", dará el volantazo a un contundente: "Mi novia", en cuanto sus padres le echen los ojos encima. Está ilusionada, y aunque no lo confesará delante de Carla, ni bajo tortura, temblando por la cita familiar de hoy.

Deja la moto en el aparcamiento del Dharma y sube a pie por la rampa. La tarde, vestida de un rosáceo cálido, le disparó el ánimo al salir de la comisaría, y saltó sobre la moto con una sola idea en mente: ir a darle a Carla un beso. Un beso, y se larga, prometido. Aunque, de paso, se asegure de que no se ha arrepentido de acompañarla.

El mono de dopamina por ese beso la tiene impaciente como a un perro escuchando la correa. Y sabe que le va a decir: pesada. Pero también sabe que Carla va a tirar de su camiseta para besarla como si le hiciera un favor, pero con una tremenda cara de boba que le merecerá la pena quedar como una pringada que no puede vivir sin ella.

Rodea el edificio para toparse adrede con Browning, y va saludando con su carisma de comercial a los empleados que encuentra. Debe de ser contagiosa esta felicidad que siente, porque todos le devuelven una sonrisa tan grande como la suya, incluso Browning. Ah, no. Él no. Él está parado en la entrada del club, observando con la pétrea eficiencia de una cámara de seguridad su alrededor.

"El día en que destruyeron Sodoma y Gomorra, Jehová estaba menos serio que este hombre". Le hizo tanta gracia al pensarlo, que baraja la posibilidad de decírselo a ver si se ríe y comprueba de una vez si hay dientes bajo sus gruesos labios. Omite la idea al ver que está serio, pero serio de verdad.

—¿Qué pasa, Ray? —Rascó la superficie con su humor a prueba de bombas.

—Lucky. —Browning inclina solemne la cabeza rapada, tan brillante como una pista de hielo de chocolate. Luc le sonríe al escuchar su apodo, aunque siga sin entenderlo.

—¿Carla está dentro? —señala el edificio con el pulgar.

Browning afirma despacio, sin dejar de otear el otro lado de la calle por encima de su cabeza. La insistencia atrae su atención, y Luc hace ademán de girarse. El guardián del Dharma la detiene con una zarpa, y le presiona el trapecio previniéndola para que no se voltee.

—¿Qué pasa? —Frunce el ceño, alerta. El peso firme de su mano presiona como un cepo en su hombro.

—Guillén. —Fue pronunciar su nombre y el humo de colores que sale por la puerta del club se vuelve sucio y espeso como polvo de carbón.

—¿Cómo? —pregunta incrédula. —¿Está aquí? —Una fría inquietud se le forma en el estómago.

—Tercera noche —responde torciendo un lado de la boca, y salta a la vista que está preocupado.

—¿Lleva tres noches parándose ahí? —Repite como una idiota, pero no puede creérselo.

Una afirmación leve de Browning la hace entreabrir la boca sin saber cómo reaccionar. Tiene que sacudirse el desconcierto para ordenar la situación y encontrar soluciones.

—¿Está buscando a Carla?

Browning contrae sus pétreas facciones y deja la probabilidad abierta, añadiendo un escueto:

—Hummm —que ni afirma ni desmiente.

—Pues vamos a ver qué quiere —resuelve dispuesta.

Cuando la ve palmearse el costado, con un gesto que dice: pistola y placa; la frena firme de un brazo, porque tiene toda la pinta de hacer una locura.

Luc, con la adrenalina calentando motores, se sobresalta al sentir el duro anclaje de su manaza impidiéndole moverse. Lo aparta del pecho sin mucha delicadeza, y es consciente de que la tensión la ha hecho ser brusca. Le da unas palmaditas conciliadoras en el pecho con las que pretende explicarle que no va a pegarle un tiro a nadie, alucinando al tocar aquel muro de hormigón con más de cincuenta años.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora