Con su despreocupado aire risueño, despeinado y ojitos de no haberle importado unas horitas más de sueño, se encontraron a Javier en la cocina comedor, desayunando entre bromas, rodeado de su familia. Eso es lo que tiene ser un tipo feliz. Que el mundo gira suave, con el eje bien engrasado y sin agujero en la capa de ozono. Al verlas entrar, les pone su mejor cara de sorpresa, pero de las reales, no de esas teatrales que usa para hacer payasadas.
—¿Qué hacéis vosotras aquí?
—Vivo aquí, hermano —señaló la obviedad.
—¿Cómo? —Abrió los brazos de par en par y engulle a Carla sin levantar el culo de la silla. —Alégrame el día y dime que os habéis mudado aquí definitivamente —suplicó ansioso entre su pelo.
—No, aún no —dijo separándose de él. —Me gusta el piso mohoso de Luc. —La aludida, que saludaba en el otro lado de la mesa a las dos Irenes, le echa una mirada reprobando el apelativo cariñoso que aquel día se le ocurrió darle a su inmueble.
—¿Aún? Eso amplía las posibilidades futuras —puntualizó optimista mientras se dejaba ahora espachurrar por Luc, sin perder el contacto visual con su hermana, que ya tiene a la pequeña Irene sobre sus piernas.
—Bueno, ya se verá. Por ahora, solo venimos a desayunar —le informa, jugueteando con la niña. —Si tienes a bien darles de comer a estas dos pobrecitas vagabundas. —Deshizo a la pequeña Irene en cosquillas, y la aguda carcajada reverberó arrastrando un coro de sonrisas embobadas.
—Por supuesto, sentaos —les indica. —¿Queréis algo en especial? —Buscó tras él a mamita.
—No, tranquilo, es más que suficiente. —Carla recapacita su respuesta al ver a Luc sobrevolar la mesa con mirada golosa. —Bueno, en principio, porque no he visto estómago que albergue tanto como el de esta mujer. —Javier le sonríe, masticando con la boca abierta.
—Di que sí, cuñada. Estamos en fase de crecimiento —palmeó su pequeña barriga. Carla desistió en comenzar con él, la típica batalla de si era o no su cuñada, hasta que añadió, pasándose de la raya: —Bueno, y tú en fase de apareamiento.
—¡Javi! —Lo reprende, y la sonrisa de pillo que puso al toque de atención la hizo dibujar una sonrisita con la que le daba alas.
Pero es que se ve adorable, con las arrugas alrededor de sus ojos infantiles, creando un contraste en el tiempo.
—Tampoco como tanto. —Se defiende pegándole un buen mordisco a un croissant.
—¡Será posible! —la mira estupefacta por su poca vergüenza, y Luc le sonríe con las mejillas llenas como una ardilla. —Creo que lo único que la he visto dejar en el plato es lechuga —informa a Irene, que participa en la broma con cálidas carcajadas.
—Que cante como un grillo no significa que sea un grillo —responde la aludida con la boca llena. —Por cierto, Javi —traga limpiándose la boca. —Tu hermana canta genial —recordó con sorpresa el dato.
—Te lo dije —asintió, retrepándose orgulloso en la silla. —Vas a flipar cuando veas los DVD's. —Disparó una pistola imaginaria hecha con sus dedos.
A Carla no le queda más remedio que intervenir de forma más contundente, o Javier no tardará en chasquear los dedos y montar un cine de verano en la pared del salón.
—No empieces, por favor. Es muy temprano. Y límpiate la cara, anda. —Le tiende una servilleta, que ondeó como pidiendo tregua en la guerra.
—Bueno. —Javi se sacude las miguitas haciendo sonar la barba incipiente. —Pues entonces. ¿Me decís qué hacéis aquí, o suelto a los perros? —Apoyó las manos en la mesa con el aire autosuficiente de un político en el atril.
ESTÁS LEYENDO
La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
