El cuarto de baño de Carla era probablemente del mismo tamaño que su piso entero, perdón, su mohoso piso entero.
Mira la ducha y piensa que es lo más cercano que estará de una cascada africana. Paredes y suelo de piedra, con un chorro de agua capaz de arrancarte la piel y, por la altura del techo, duda si no caerá en realidad del cielo. Sigue sintiéndose extraña entre tanto lujo. Su clase obrera no para de gritarle que está fuera de su hábitat, aunque últimamente pasan más tiempo allí, y lo prefiere. Es mucho más seguro.
Mirándose al espejo, se dijo: Vaya cara de imbécil, Lucía. "Te cazó la rubia y no lo niegues, te gustó que mandara".
Tuvo que darle la razón a su reflejo con un viso de timidez. Se pasó los dedos por el costado. La letra de Carla parecía una cicatriz recién cosida. Algo dentro de ella caminó fardando como Travolta en Fiebre de sábado noche, chuleando como si viera el mundo desde muy alto. Se mordió el labio al sentir un hormigueo juguetón en el vientre.
"Uff... Bueno, espabila, tía. Ten dignidad". Bajó a la pagafantas de la luna porque todavía tenía que ducharse e ir a casa de sus padres y, por la tarde, a trabajar. Lamentó no poder verla en lo que quedaba de día, pero...
—Me has convertido en latidos —recitó, pasando los dedos por encima de la frase.
Esas letras sobre su piel eran el contrato más alucinante que había aceptado en su vida. Su reflejo le devolvió una sonrisa de las que se aguantan un grito, y juraría que no se la había visto nunca.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
