El trabalenguas.

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Pues sí, "¿qué te creías, Lucía?", pensaba con una sonrisa indeleble, viendo la carita atontada por el vino de Carla, que cantaba en el coche sin vergüenza alguna de camino a casa. De repente, a Luc la vida le pareció tan perfecta que le dio miedo. Carla le pidió unirse a ella con la sonrisa más grande que la boca, pero declinó la oferta para no estropear la noche.

—Jolín, Luc. Pues me lo he pasado muy bien —confesó, con la incredulidad aún pegada a la expresión.

—¿Sí? ¿Aunque mi hermano se haya pasado la noche mirándote zombificado?

—Ay, Dios. Qué mono. —Carla arrugó la nariz con las manos enlazadas, conquistada por su ternura. —Justamente ha sido por eso.

—¿Mono? Lo que hay que oír. —Se quejó, fingiendo recibir una puñalada.

—¿Y a qué no sabes? —anunció, cantarina. Luc le echó un vistazo rápido, contagiándose de su sonrisa, y volvió a la carretera.

—A ver...

—Me ha invitado al próximo partido —canturreó, mirándola con fingido desdén. —Y piensa dedicarme la victoria. —Luc echó la cabeza atrás con una ruidosa carcajada.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuándo ha sido eso?

—Cuando fuiste al baño —responde triunfal.

—¡Ohh vaya! —Abrió los ojos, sorprendida por la traición. —Menuda rata.

—¡Luc!, deha a tu hermano. —Intentó remedar a su madre con poco éxito, consiguiendo al menos hacerla reír.

—¿Y piensas ir? —Su voz suave se adentró en ella, buscando hueco en la esponjosa sensación que el vino había creado en su cabeza.

—Ummm... Déjame que piense... —Se acomodó relajada en el asiento, con un aire soñador que le quedaba muy bien, y Luc pensó en lo afortunada que era, si cuando pensaba en ella, la pensaba con esa expresión. —Quizás vaya, pero... —Dejó en el aire.

—¿Ajá...?

—Pero sin ti —sentenció, y disfruta viendo como aparece su sonrisa de chulita.

—¿En serio? —Carla asiente, mordiéndose los labios para retener la carcajada que le burbujea dentro.

—Totalmente en serio —la desafía buscando su ingenio celoso.

—Pues... puede que te quedes con las ganas, porque no llegará vivo a ese partido. —Soltó con frialdad de psicópata, desenfocando la mirada para añadirle teatro.

—¡No! —Rio con ganas. —¡Pobre! —Reposó la cabeza en el respaldo con la mirada adormilada.

—¿Pobre? Psss... Rata miserable... —Soltó entre dientes, acicateándole un orgullo tonto.

El coche se desliza como una silenciosa serpiente, y Carla parece haberse dormido o, al menos, está funcionando en servicios mínimos. Esa calma le permite a Luc saborear los momentos de paz que le regala la vida. Últimamente, atrapar a Guillén ocupa con obsesión su cabeza, y la ambigua promesa que le ha hecho a Carla le agota, al tener que inventar minuciosos planes que encajen entre guardias y cambios de turno. Nota que le acarician la nuca, sacándola de esos intrusivos pensamientos que no quería permitirse esta noche.

—Qué concentrada... —Aventura, Carla, adentrándose en su pelo en una gustosa caricia.

—Nah... relajada.

—Sí, ¿verdad? Y eso que este año está siendo superintenso —dijo con la voz cargada de sueño.

—¿Intenso? —Gira el volante hacia el Dharma. —¿En qué sentido?

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora