La extraña jerga.

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"¿Mi novia?".

Todos lo creen. Todos lo saben, pero nosotras sobrevolamos el tema de puntillas, con el temor de que, al destaparlo, lo tengamos que consumir antes de la fecha. Pero yo la miro y pienso: está ahí, tumbada en mi cama, en mi piso. En este piso en el que pensé que jamás tendría las narices de vivir, porque la soledad se empeñaba en morderme. La miro, y su cuerpo poderoso se ve pequeño en la ostentosidad de esa cama. Y me parece más diosa que nunca, enmarcada por todos esos almohadones como si fueran nubes en el Olimpo. Que esté ahí, a pesar de todo, lo normaliza. Y entonces, supongo que eso significa que somos lo que todos piensan, pero nosotras no hablamos.

Carla escribe en el tocador, mientras Luc, tumbada en la cama, mira el móvil. Suelta el bolígrafo, coge un poco de crema y la extiende por sus manos, girando la silla en su dirección. La observa enterrada entre almohadas. La luz del teléfono le crea una concentrada sombra ceñuda, que la hace parecer enfadada. No le sorprende estar tan cansada cuando se percata de la hora que marca el reloj sobre la mesita. Era de prever que la velada se extendería hasta hacerla barajar la posibilidad de pagar rescate para que Javier las liberara. Pero tiene una duda en mente, que le ronda desde que Luc ha pronunciado en la cocina ese tú y yo, y piensa solucionarla.

—Luc —extiende el resto de crema por sus brazos.

—Dime —amplía una foto.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Yo no he sido. —Una ceja curvada aparece tras el móvil. Carla pone los ojos en blanco, y la ignora. Se acerca a la cama, con esa actitud paternalista que usa contra sus tonterías.

—Verás. ¿Cuánto tiempo llevo en tu casa? —Luc se pone en guardia. Teme que estos días tranquilos hayan sido un espejismo, y que la conversación de hoy la haya agobiado. Decide bromear y cambiar de tema.

—Pues no sé... ¿Dos días? —Sonríe a ver si cuela.

—No seas tonta, va, contéstame. —Se sienta junto a ella en el borde del colchón y espera mientras termina de extender los restos de crema. Luc baja el teléfono a su regazo y chasquea la lengua con fastidio. Mira al techo y busca en su memoria el cálculo que pide.

—A ver... ummm.... Si estamos en abril... tres meses y pico. —Tercia a regañadientes y vuelve a sumergirse en el móvil.

—Bien —le obliga a bajarlo para que la atienda. —Lo que te pregunto es... ­

—Carla, por favor. No empieces —se adelanta.

—¿Pero si no sabes qué te voy a decir? —le baila una sonrisa.

—Sí que lo sé, porq... —Carla se incorpora y le tapa la boca con la mano.

—Hablas mucho.

Tiene que morderse las mejillas para no reírse de su cara de fastidio.

—Bues befame y afi fe fafo. —La voz amortiguada le arruga en interrogación el entrecejo.

—Entiendo mejor a mi sobrina que a ti —apunta, y cuando destapa esa bonita boca, sonríe con sus ojos curvos de gata. —¿Qué has dicho?

—Que me beses y así me callo —traduce alto y claro.

—Oh, no sabía que era tan fácil hacerte callar. —Y adelanta el cuerpo obediente, con una sonrisa atontada en los labios que se posa sobre su sonrisa. Luc la sujeta por el cuello del pijama para impedir que se aleje.

—¿Dónde vas, Ribó?

—Pues...

Carla ve cómo se relame ante la anticipación de robarle algún que otro beso, y se queda enganchada a la curva chulesca que esboza la comisura. Luc tira e impide otro intento de poner distancia. La vuelve a besar, y Carla entiende por el lenguaje que usa que no está por la labor de hablar nada.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora