—¿Estás nervioso? —Luc, con la sonrisa puesta, procura serenar a Omar, que mira a su oponente con cara de circunstancias y las piernas temblorosas como gelatina.
—Ufff, sí... ¿Tú has visto a ese? —Lo señala con un movimiento de cabeza. Luc le echa una ojeada a ese tipo largo como un insecto, que revisa la raqueta con parsimoniosa seguridad. Su actitud de victoria es lo más preocupante. Luc desestima su miedo con un bufido sobrado.
—Prff... Omar, que es tenis, no boxeo. Además —señala con un gesto pícaro de sus ojos hacia las gradas, donde Carla está junto a Browning charlando con su padre sentado al otro lado. —Le prometiste una victoria a esa rubia, ¿no? —Lo acusa maliciosa, y disfruta de verlo pasarse la mano por el cuello, que se vuelve de un rojo brillante con zonas blancas evidentemente en apuros.
—¿Es necesario que hablemos esto ahora? —Luc suelta una ruidosa carcajada que viajó hasta las gradas.
—Sí, pequeña rata sinvergüenza. Y, ¿sabes por qué? —Lo agarra de la nuca.
—¿Por qué? —contestó bajando avergonzado la mira.
—Porque un Lucént siempre paga sus deudas —parafrasea su serie favorita. Omar sonríe aliviado de que su hermana no quiera romperle el cuello por ligar con su novia a sus espaldas.
—Es verdad —admite, desenterrando el orgullo de entre la vergüenza.
—Vamos, Omar, sabes que puedes. —Le palmea los macizos muslos y el chaval asiente, recargado de ánimo.
Megafonía indicó el desalojo de la pista para dar comienzo al partido. Luc estruja en un abrazo a aquella rata enamorada y camina hacia las gradas. Hace una tarde de puta madre, y todo está yendo sobre ruedas. Aunque ese traidor pierda, no le van a aguar la fiesta. Localiza a Carla. Cuando cruzan la mirada, le sonríe, y nota cómo se le disuelven los huesos como azúcar en agua.
Se vuelve una vez más hacia su hermano, y le insufla un, ¡vamos!, con los puños apretados, dándole un último arreón de ánimo. Trepa con agilidad el muro para acceder más rápido a los asientos. El gesto en las cejas de Elisa reprueba cuánto le molesta que no use las escaleras como todo el mundo. Luc toma asiento junto a ella con una sonrisa traviesa, que la hace poner los ojos en blanco. En la grada de abajo están Carla y Samuel, que siguen charlando. Elisa le sacude el polvo del vaquero con un suspiro resignado.
—Es lo que menos me alegra, de que te hayas recuperado de la rodilla tan pronto. —Da la regañina por perdida, a razón de la cara de zinvergüenza que tiene. —Siéntate bien, trasto —le baila una sonrisilla. —¿Y tu hermano?
—Nah, ni te preocupes. —Se frota nerviosa las manos y mira el reloj. —Verás que se lo come. Está motivado —le guiña un ojo a su madre, que pone su típico gesto escéptico de: A saber qué le has dicho.
Samuel está extrañamente serio. Asiente un par de veces con la boca apretada antes de concluir la conversación con Carla y ayudarla de la mano a mantener el equilibro para cambiar de grada y sentarse junto a Luc. Browning hace el ademán de levantarse, pero se detiene, siguiéndola con la mirada como si de un arnés de seguridad se tratara. Elisa le cede su sitio junto a su hija, a pesar de la resistencia de Carla de que no es necesario.
—Gracias —le dice a Elisa, que estira una sonrisa leve y se pone a trapichear en el bolso de provisiones que ha traído.
—¿Qué tal? —pregunta Luc en voz baja, al verla un poco inquieta. Ha llegado un poquito tarde, pero nadie le ha dicho nada.
—Muy bien. Tu padre es muy majo conmigo.
—¿De verdad? —desconfía al verle ese matiz ausente.
Carla ve cómo se opaca esa cara de felicidad con que Luc la recibió en la puerta del polideportivo, e intenta por todos los medios seguir alimentando una noche perfecta y de brisa cálida, como si no hubiera estado en la puerta del infierno hace un momento.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
