Puta Kush.

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Había movido Roma con Santiago para estar ahí, frente al Dharma. Aunque Blas piensa que está en Santander, entregando el mismo coche donde tiene el coño sentado. Pero... ya iría mañana a primera hora. Pisándole a fondo le daba tiempo. Hoy tiene algo más importante que hacer que contentar al bigote despeluzado de Blas, porque hoy... hoy es el puto cumpleaños de Carla.

Y mira la muy pavilla. La que se supone que no quería fiestas. La que le había hecho tener que tragarse durante años su cara mustia en estas fechas, llorando por su papaíto, pero resulta que las luces de colores en la terraza del Dharma le indican que la señorita ha cambiado de opinión, y ella se está perdiendo un exquisito y lujoso bocado.

Desde el coche, Guillén fumaba Kush, mirando el alto de ese edificio iluminado que ama y odia.

—Ojalá arda —desea con fuerza en un siseo entre dientes. —Qué obsesión con el fuego —balbucea, reprendiéndose solo un poquito la nueva manía pirómana que la ronda últimamente.

Se recreó con placer, pensando en el Rádar, en Carla y en esa putita cara de ángel que le habían colocado de guardaespaldas. Todos juntos, apiñaditos como troncos ardiendo en una pira, y... sonrió como si fuera una chiquillada.

Su interior era una tormenta de nubes negras que no puede exorcizar con cada bocanada de humo que exhala e inunda el coche. No debería estar fumando aquí; Blas puede enterarse, pero le suda el coño los enfados de Blas. Está inquieta y necesita calmar esos pensamientos.

"¿Quizás sea esta mierda que fumo la que me hace pensar así?", se dijo. No, esta Kush relaja. Nota cómo le pega fuerte y la envuelve en una sedante experiencia que fomenta los colores de alrededor.

Sus sentidos se agudizan como un animal en la jungla, y desde allí —aunque es imposible— escucha las risas, el tintineo de copas, la música, y hasta el aleteo de las pestañas de Carla sonriendo radiante, intentando ocultar la timidez que siente siendo el centro de atención. Pega una calada profunda, que se le clava como chinchetas en los rincones esponjosos de sus pulmones, y dice en voz alta:

—Ummm... esa sonrisa de Carla. Con sus perfectos y blancos dientes... Se los rompería.

"Joder, otra vez esta mierda de pensamientos".

Pero se permite evocarlos un poquito más, recreándose en el rojizo recuerdo de cuando le rompió el labio. Se pasa la pastosa lengua por los suyos, notándolos secos como un reptil. Diferentes a los de Carla, que son jugosos como un bocado cítrico.

"Se los romperé otra vez", le promete a su insidiosa cabeza. Esboza una sonrisa astuta, que hubiera ocultado si tuviera a Carla en frente, porque tiene que convencerla de que eso no volverá a pasar.

Sabe que se ha obsesionado con ella. Se lo dicen las tripas, que le aconsejan largarse y aceptar que esa vaca no da más leche, que se meterá en un lío si se empeña en quedarse, pero no puede soportar la idea de que la deje tirada. Que la ignore, y se limite a echarle unas monedas al arroyo con ese rollo caritativo: "¿Necesitas algo?", que usa últimamente. Conformándola con calderilla como a un miserable personaje de Dickens. Solo a ella le corresponde el privilegio de dejarla tirada.

"Cuando yo no quiera más de ti". "No cuando tú quieras", le gruñeron disgustadas las tripas.

¡Qué asco le daba la gente que se cree algo! Pero ahora tiene que ser cauta. Primero unos mensajitos, después aceptaría alguna llamada. Más adelante tocaría aquí y allí, donde a Carla le duele, y así, descosería los hilos de sutura para volver a infectar la herida con toda su mierda. Y... ¡Voilà! Le abrirá su cartera, su casa, su corazón... Bueno, eso le da un poco igual; solo necesita las llaves de su necesidad.

Dio otra calada demasiado profunda y tosió. Acaricia el volante y lo aprieta, deseando que fuera su cuello. Tiene ganas de romper algo, pero está cansada, mermada por esa Kush que la hace sentir adormecida y lenta.

Le cuesta alzar la vista a la terraza. Los cañones de luz oscilan como un saludo en mitad de la noche. Los ve borrosos y con retardo, creando unos abanicos de colores en el cielo. Otra calada y listo, no fumaría más en lo que queda de noche.

"Palabrita del Niño Jesús". Su pensamiento, cruzó mentiroso los dedos.

El movimiento de los abanicos contra el negro lienzo del cielo era hipnótico. Como el reloj de un prestidigitador oscilando frente a sus ojos. Los párpados se le vuelven pesados, y lucha por la vigilia dando cabezadas. No piensa irse de allí sin verla. Verla al menos, solo pide eso. ¿Acaso es demasiado? Sigue los abanicos como a un péndulo, persiguiéndolos como una serpiente a una flauta.

—Uff... me encuentro mal —escuchó su voz deformada y doble.

—¿Con quién hablas, gilipollas? —escuchó a su lado. Se voltea sobresaltada hacia el asiento del copiloto. ¿Se ha traído al puto Rádar? No. Está sola, sin embargo... escuchó clarito una respuesta a su pregunta.

—Hablo contigo, subnormal —le contestan.

"¿Esa es mi voz?", preguntó al hilo de consciencia que aún la mantiene despierta.

"¿Quién es toda esa gente alrededor de mi coche?"

"¿Qué cojones miran?"

"¿A mí?"

"¿Y quién es ese gilipollas apoyado en el capó?"

—Coño... ¿Si parece el viejo de Carla? —balbuceó. —Pero si ese viejo lleva rato enterrado y bien enterrado.

Agarrada al volante, se acerca a la luna del coche para cerciorarse de que lo que ve es real.

—¿Y si estás muerto, por qué te veo? —gritó.

Un escozor en la pierna la sobresalta. Se había dormido y la china del cigarro le quema el muslo, despertándola de ese sueño inquieto. Y menos mal, joder, si llega a quemar la tapicería del coche, se la carga.

Allí no hay nadie, y el viejo Ribó no está, pero ha sido tan real... Que siente el impulso de salir y mirar si las huellas de sus palmas están marcadas en la carrocería.

Se echa hacia atrás, intentando tranquilizar el escalofrío que le ha dejado esa visión.

—Puta Kush... —Lanzó la colilla por la ventana. —Puto Rádar.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora