Todo.

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Verla conducir ese deportivo que no pensaba quedarse, pero lo bien que se veía al volante le hace pensárselo; fue un descubrimiento. La capota bajada les alborotaba el pelo, y Carla percibía el acondicionador de Luc por encima del intenso olor a coche nuevo. Las gafas de sol le acentúan ese aire autosuficiente que en cualquier otra mujer le hubiera crispado los nervios, pero en ella le despiertan unas ganas locas de obligarla a parar en mitad de la carretera y blandir el pósit como la pulsera de un resort con privilegio a todas las instalaciones del recinto.

—¡Canta conmigo, Carla! —le dijo alzando la voz por encima de la música.

—¡Ni lo sueñes! —Se encorseta en su vergüenza y desoye a Luc, que insiste con todos los poros de su piel irradiando felicidad.

Paradas en un semáforo, baila ajena a las miradas de todo tipo que cruzan el paso de cebra. Carla le reprocha su comportamiento con ganas de que se la trague la tierra. Aún va por el capítulo uno de su manual para la vida bonita, y hay fronteras que todavía se le resisten.

—¡Luc, nos está mirando todo el mundo! —Intentó hacerse oír sobre la música.

—Pero eso es porque jamás han visto una copiloto tan bonita como tú —le dice asombrada de que no se haya dado cuenta.

—Ay, Dios... —Se echa a reír, dando por sentado que esa preciosa y engreída aduladora que está al volante, no va a perder nunca la ocasión de piropearla. Le desliza la mano por la nuca, porque le encanta el tibio calor bajo su melena.

—Venga, va. —Luc le lanza el móvil. —Pon una canción que te sepas. Yo tengo que descansar la voz —bromeó con un carraspeo, sabiendo que suena como un gato atropellado.

—Sí, y mis oídos también. —La hizo soltar una carcajada inmensa, obsequiándola con un:

—¡Envidiosa!

Carla respira aliviada de que el incidente del parking no les haya empañado el día. El coche avanza arrastrando miradas, y Carla juraría que el Lexus LC 500 no tenía nada que ver, porque una felicidad como la que ella siente no puede pasar inadvertida a nadie. La tarde está preciosa, e improvisaban buscando dónde ver atardecer. Un postre visual, tras comer en un restaurante y pasear un rato de la mano, sintiendo su pulgar acariciarle el dorso como de costumbre.

—¿Qué? —la mira un instante y vuelve a la carretera. —¿No pones música? Alguien me ha chivado que cantas muy bien. —Se inclinó hacia ella para la confesión, y le da las gafas para que las guarde.

—Déjame adivinar a ese alguien —finge reflexionar, con un dedo sobre los labios.

—Ehh, ehh. No hagas eso, que tengo que estar pendiente de la carretera —agarra su mano. —La voy a multar por delito de peligro concreto.

—Pero qué idiota eres —arrugó el entrecejo buscándole sentido. —Aunque no tengo ni idea de lo que me acabas de decir, seguro que te lo mereces.

—Da igual. Aunque lo supieras, no puedes evitar hacerlo. —Besó su mano, y el grosor de esos labios, estampándose en su piel, le deja una imagen para enmarcar.

Luc gira el volante y se incorpora a una vía tranquila, dejando atrás el caótico ruido de la ciudad. El coche se traquetea al salir del asfalto, arañando con las ruedas el terreno de gravilla de una carretera secundaria. Carla recuesta la cabeza y mira un cielo rosáceo y tostado que se entremezcla con la polución como helado derretido. Parece más grande sin los edificios recortándolo, y las nubecillas dispersas se mueven perezosas a pesar de la velocidad. Es extraño dejar atrás el seco hormigón por tierra y matorrales. El aire se refresca, y Carla siente una inexplorada sensación de libertad que se le abre paso en el pecho a cañonazos.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora