Carla toca apenas con los nudillos en la puerta del despacho. Se asoma levemente, y ve a Javi sentado en una butaca de espaldas a ella, mirando el ventanal que tiene enfrente. Un simple foco de luz ilumina la habitación y cae sobre su tristeza. La coronilla caoba asoma despeinada por encima del respaldo, y a pesar de no ver su cara, Carla sabe que estará machacándose el puente de la nariz con pulgar e índice. Empujó las grandes puertas de madera que se abrieron con la suavidad inesperada de un libro nuevo.
—Deja de apretarte el entrecejo, o te harás un morado como siempre —dice como obertura.
—A ver si se me sale el cerebro —responde dramático, haciéndola poner los ojos en blanco.
—Bueno, avísame. No quisiera verlo, la verdad —terció, amable. —¿Quieres estar solo?
—Me merezco estar solo —continúa en su línea, pero el tono de mea culpa la anima a acercarse.
—Javi... —Se materializa junto al brazo del sofá. —Déjalo ya. Luc no te lo tiene en cuenta —suplica, cansada.
—Pues debería —insiste. —La he atacado sin dejar que se explicara —y matiza. —Os he atacado.
—Bueno, en eso te doy la razón —suspiró encogiendo los hombros. —Pero si te sirve de algo, todos hemos perdido los nervios con todos en esta situación.
—¿Lo dices para consolarme? —Levantó una mirada apenada.
—No, cariño —acarició comprensiva su sien. —Te lo digo porque es verdad. Luc me ha gritado a mí, Samuel ha gritado a Luc, Browning me ha pulverizado con la mirada, y hasta yo me he gritado a mí misma.
—Y yo os he gritado a todos —se lamentó, coronándose el villano del cuento.
—Bueno, aún te queda gritarle a Samuel —repuso práctica. —Pero no te lo aconsejo, porque entonces sí que terminarás tras las rejas —bromeó arrancándole una sonrisa tibia.
—Quizás si supiera cómo he tratado a su hija, después de todo lo que ha hecho... Tiraría hasta la llave —exageró, castigándose.
Hundió la cabeza de nuevo, y Carla toma asiento en el reposabrazos, reconfortándolo con una caricia circular en la espalda.
—Ay, Javi. ¿En serio crees que Luc va a enfadarse contigo? Créeme, no es nada rencorosa. Solo tozuda y malhablada —sonrió divertida. —Pero el enfado, como le viene, se le va —ilustró la rapidez con un chasqueo de dedos. —Además. Te entiende. —Hizo una pausa, viendo el arrepentimiento en sus ojos, y se incluye. —Te entendemos.
Una leve esperanza ilumina el rostro de Javi, que se apaga al sopesar que quizás:
—Me perdonará por ti —repuso tozudo tras un suspiro afligido. —Y seguirá molesta, pero guardará las formas.
A Carla no le queda más remedio que sacar la artillería pesada. Se acomoda en el brazo del sillón y decide hacerlo partícipe de sus experiencias.
—Mira, deja que te cuente una cosa —comienza como si fuera a contarle un cuento para demostrar que los monstruos no existen. —El año pasado, Luc fue a mi casa de madrugada. Me abrió el corazón a su manera. Explicita —sonrió al recordarlo. —¿Y sabes qué hice yo?
—¿Comerle la boca? —la hizo reír, agradeciendo las ganas de bromear.
—Bueno, aparte —un amago de sonrisa pasó fugaz por sus ojos. —Pero no.
—¿Entonces? —pregunta, curioso. Que recuperara su placer por cotillear sí que era un buen síntoma.
—La eché de mi casa por la ventana —chasqueó los dedos. —Descalza, y con un septiembre de frío que hacía... puf, de morirse —recordó con un estremecimiento. —Y... —anunció en un canturreo el dato crucial de la historia. —Acto seguido, delante de sus narices, dejé entrar a Guillén.
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La chica del club II
Ficción GeneralCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
