Cruce de destinos.

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La vida es una grandísima hija de puta con alas de ángel. Cuando menos te lo esperas, aparece frente a ti el amor de tu vida, la muerte, una mierda de perro o una moneda reluciente en el suelo. Luc no iba a ser menos. Con las manos en los bolsillos y la chaqueta terciada en el brazo, se adentra en el excitante mundo de encontrar un regalo de cumpleaños para alguien que puede comprarse todo. Se acerca a un escaparate. Ve su reflejo oscurecerse en el cristal. Agradece el toldo del establecimiento y flipa del calor que está haciendo para ser febrero. El tráfico crece y decrece al compás de los semáforos. Tras ella, hay un trío que monta bastante jaleo. La puerta a su izquierda se abre con una cursi campanita y salen dos chicas mostrándose algo en el móvil con cara de estar pasándoselo en grande. El trío suelta unas carcajadas histriónicas tras un comentario bastante sórdido. Las chicas aceleran, y unos niños cruzan con su madre de la mano. Luc se gira hacia el trío con aire reprobatorio, y te crees algo importante en el mundo, hasta darte cuenta de lo pequeño que es.

Junto a esos dos tipos. Un ciclado y otro tan desaliñado como una rata con sarna. Guillén, fumando, y ajena a la conversación.

Dudó de si era ella. Está más delgada, como si el nerviosismo la hubiera aspirado hasta el filtro, y su mirada dispersa buscara ansiosa de dónde alimentarse. El tipo desaliñado le pedía con golpecitos en el hombro respuesta a su chiste, pero ella hace poco caso, visiblemente cansada de su presencia. Le sonríe con falsedad para conformarlo, y las oquedades de sus dientes prendieron el recuerdo en Luc. Era ella. Nunca olvidaría esa mueca cruel. Sus profundas convicciones en la ley se tambalean, sintiendo el impulso de abalanzarse y golpearla hasta romperse todos los huesos de la mano.

Luc disimula con el móvil. Intenta captar algo de la conversación, pero solo hablan tonterías sin sentido. Unas ráfagas de miradas hacia ella la alertan y procura disimular, haciendo que hablaba por el móvil. Se aleja hacia la calle contigua donde tiene la moto y desde esa esquina los acecha.

Un coche paró frente a ellos. Las puertas se abren invitándoles. Guillén da una última calada y lanza la colilla antes de entrar en el vehículo. Luc saltó a la moto y arranca. Se pone el casco a toda prisa y espera lo prudencial con el acelerador apretado en el puño, pidiéndole gas. Los sigue hasta unos polígonos en Vallecas donde pierde el coche de vista. Al menos, sabe que sigue por allí.

Ahora, está aguantando la bronca de su padre como si estuvieran vestidos de uniforme, y no sentados en el salón de casa con un zumo de naranja delante. El inspector Samuel Lucént en todo su esplendor y con todos los extras. El ceño fruncido, las manos enfatizando cada palabra que intenta no gritarle y la boca apretada en una obstinada línea recta, muy al estilo Lucént. Solo falta la joya de la corona para certificar que está tan enfadado que la expulsará del cuerpo y de la familia. Entonces aparece. Torció el bigotito.

—¿Me escuchaste lo que te dije?

—Perfectamente —respondió sin pasión alguna.

—Pues no me lo parece. Porque seguir a un sospecho, que ya no es sospechoso —le señaló lo crucial. —Es meter las narices donde te pedí que no las metieras.

—Papá, ¿y has oído tú lo que te acabo de contar sobre el trato que le propuso a Javier?

—Sí —dijo cáustico.

—Pues no me lo parece. ¿Qué más pruebas quieres?

—Y dale con las pruebas. Que nosotros no podemos hacer nada, maldita sea. —Cansado, cercena la conversación con brusquedad. —Mira, no quiero saber nada más del asunto. Se acabó. Ni una palabra más, ¿entiendes? No voy a volver a repetírtelo —siseó entre dientes, intentando disimular cuando vio entrar a su mujer.

—¿Se puede saber qué os pasa otra vez? —Elisa se limpiaba las manos en un paño. —Os oigo desde la cocina.

—Nada, mamá. Que a papá no le parece bien que ahora me gusten las rubias. —Sorbió malhumorada el jugo de naranja y Samuel resopló entre dientes, aguantando gritarle un: Te mato.

—Vamos, que no me lo vais a contar. ¿No? —Elisa, viéndose como siempre fuera de su círculo, se cruzó de brazos, ilustrando que esta vez no piensa darse por vencida.

—Sí, Elisa. Te lo vamos a contar —tiró de las perneras del pantalón, incorporándose con un gruñido. —Estoy regañando a tu hija porque se pasa mis órdenes—. Enfatizó órdenes, mirándola a los ojos, para que viera que no está de broma. —Por las narices. —Terminó en su línea, contenido y educado.

Luc eleva las cejas hasta el nacimiento del pelo, sorprendida de que informe a su madre.

—Lucía... ¿No te habrás metido en un lío? —Le acarició el pelo, queriendo saber su opinión. Su marido podía ser bastante intransigente con lo referente al trabajo.

Samuel le quitó importancia al ver la preocupación asomar a sus ojos.

—No, cariño, tranquila. Porque ni ella ni yo lo vamos a permitir. Este asunto se ha acabado, ya —la amenaza con la palma, como si fuera a darle un azote. —¿Me has oído? —Esperó unos segundos a que las mandíbulas apretadas de Luc se relajaran.

—Alto y claro. —Alzó el mentón, contestando a regañadientes y él, imitó el gesto de su hija y dio por zanjado el tema.

Elisa, con las manos en jarras, alternaba entre ellos, observando sus gestos. Hay algo más gordo. Pueden apartarla, pero no engañarla. Ambos con la misma mirada de fastidio, y castigándose con saña el interior del labio con los dientes.

—Me quitáis el vivir con vuestras cosas, ¿lo sabéis? —Esperó a ver quién daba un paso al frente. Cuando Samuel la agarró de la mano, su mirada al posarse sobre ella se suavizó.

—Tranquila. Que a Lucía le ha quedado claro. —Alzó las cejas, advirtiéndole.

—En fin... —Resignada, Elisa se encogió de hombros, aceptando con fastidio el silencio. —¿Cenarás aquí, hija?

—No, mamá, pero gracias —declinó, seria.

—¿Cómo va a querer quedarse a comer? Si tiene una rubia en casa, cariño —bromeó Samuel, utilizando a Carla como cortina de humo.

—Ah, ¿pero lo de la rubia es verdad? —Su madre desplegó toda la sorpresa que cabía en sus ojos abiertos.

—No, mamá, no le hagas caso.

Encaró a su padre, fastidiada con la indiscreción. Se levantó para iniciar la despedida antes de que la conversación tornara a un peligroso interrogatorio. Besó a su madre, que se dejó apretujar mientras le recordaba:

—No te olvides que mañana es el partido de tu hermano.

—Que no, mamá, tranquila, no lo olvido. Allí estaré.

—Y tráete a la rubia si quieres —probó suerte.

—Mamá, que no hagas caso —niega fastidiada.

—Pues entonces díselo a Natalia. —Elisa percibió la crispación en su ambigua respuesta.

—Ummm, bien... le comento. —Suspiró, acercándose con cansancio a su padre. —Dame un beso, abuelo.

—Todavía te meto, Lucía.

Una sonrisa maligna apareció cuando su padre la fulmina, pero quería joder a ese coqueto por haber puesto a su madre bajo aviso con el rollo de la rubia.

—¡Ten cuidado con la moto! —gritó Elisa desde el salón en cuanto Luc cogió el pomo de la puerta.

—Sí, ma...

—¡Y no te olvides del partido! —repitió.

—Sí, ma... —Le devolvió en automático, cerrando tras ella.

Su padre ha vuelto a darle con la puerta en las narices. Sí. Esas mismas narices que le pidió encarecidamente no meter. Vallecas era una mina agotada. Javier no pensaba denunciar y Carla, le ha dejado clarísimo que ella, muchísimo menos. Así que está en una vía muerta con las manos atadas. No le queda más remedio que aceptar dejar al margen el asunto, aunque duda que Guillén haga lo mismo respecto a Carla.

Saca el móvil de la chaqueta y, a regañadientes, teclea a Izan un mensaje corto y liberador: «Abortamos misión». Luc sabe que no le dirá nada, que incluso la animará a no desistir, pero en su fuero interno, su compañero respiraría aliviado. Tiene que reconocer que a una parte de ella siempre le pareció una locura, pero... Se había enamorado de Carla Ribó, y ese amor aniquilaba la poca cordura que le quedaba para mantenerse lejos de cualquier advertencia. 

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora