Podría ser Madrid o cualquier otro sitio. La terracita del piso de Luc daba a más terracitas. Hormigón, barandillas y ropa interior colgada que podrías alcanzar estirándote un poco, pero a Carla le parece el paraíso. La tarde estaba a punto de darle paso al alumbrado y dejó de escribir. Ese diario que le mandaron en terapia se había vuelto una costumbre, en el que lleva años vaciando su interior de negrura. Aunque hoy lo haya llenado de la luz que se siente cuando besas una boca que deseas.
El frío nocturno ha devorado el calor del día, pero se está tan bien allí, que no encuentra las ganas de moverse. Se cruzó la chaqueta y se arrebuja entre los cojines del silloncito de mimbre. Le fastidia que, con lo cómoda que está, se le caiga el cuaderno y encima, al agacharse, la cabeza se quejó esponjosa a causa de las pastillas. No piensa tomarse ni una más, lo jura. Le han hecho pasar el día con la mente emborronada, alternando techo y pared, entre la cama y el sofá. Eso sí, rememorando las confesiones tan brutalmente sinceras que Luc parece soltar sin esfuerzo. Por supuesto, como está en su naturaleza dudar de lo que dice, siente pánico de este amor que va creciendo en ella como un brote tierno.
—¿No crees que hace demasiado frío para que estés aquí?
No la ha oído llegar del trabajo y se sobresalta al escucharla. Vuelve la cabeza con cuidado y siente el cuello como oxidado de tan rígido. Contiene el aliento al verla, sin entender por qué la mirada de Luc consigue inundarla de algo cálido que le encanta, pero que a la vez le da miedo. Su corazón empieza a echarle madera al nerviosismo al ver sobre ella unos ojos así, pero se hace la interesante y responde:
—¿Te parece? —Luc resopla saliendo de la terraza, para regresar con la manta del sofá.
—Me lo parece, sí. —Se toma la libertad de echársela por encima.
Ese gesto le arrancó un motor en el pecho que la caldea. Se abrigó subiéndosela hasta la boca, y así crear de paso una buena tapadera que le oculte esa sonrisa tonta y delatora.
—Gracias —dice, amortiguado por el tejido.
—¿Puedo? —Alzó las cejas, señalando el hueco a su lado. Carla se movió un poco, haciéndole sitio.
—Claro. —Atreviéndose a abrir la manta para dejarla entrar en su crisálida.
Observaron en silencio el mar de hormigón. Luc intentó hablar algo, pero cualquier tema le parecía absurdo para romper esa calma. Se ha pasado el día dándole vueltas a la conversación, por llamarla de alguna manera, que mantuvieron anoche, sin lograr sacudirse el pensamiento de que quizás sí que se hubiera extralimitado con su insistencia.
Se centró en la cercanía de sus cuerpos. En la mezcla del calor de ambas, que vuelve comodísimo aquel trozo de silencio. En el roce de sus piernas, y en cómo sus rodillas sobresalen de la manta como una minifalda, y las de Carla están tapadas por completo. Le hizo gracia ver lo pequeña que es. Chocó hombro con hombro, llamando su atención.
—Vaya vistas, ¿eh? —bromeó.
Carla le echó una ojeada, y se le dispararon las inseguridades al verla tan cerca. Luc formó esa sonrisa suya de engreída, al percatarse de que se ha estancado más de lo permitido en su boca.
—Ajá... —afirma manteniendo la compostura, y se focaliza en el antiestético horizonte.
—Mira —le señaló algo con la cabeza. Carla sigue sus indicaciones, subiéndose la manta hasta los ojos como un gato al acecho. —Mañana vamos a ir a Victoria's Secret y compramos ese conjunto.
Señaló las bragas, en toda la extensión de la palabra braga, de su anciana vecina de enfrente. Carla comenzó a reírse, sintiendo tensa la herida del labio.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
