Dharma.

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Carla asoma apenas al salón, donde Luc la espera sentada en una butaca con la cabeza hundida en el móvil. Un inesperado pellizco de deseo le asalta ante la mezcla femenina-masculina que desprende. Está tan nerviosa, y Luc tan guapa, que cada una podría hacer de esa definición su marca personal.

Sigue el largo de sus piernas cruzadas y ve cómo oscila un tacón de un lado a otro, como el rabo de un gato inquieto. Está impaciente por verla, y ella, en cierta manera, también está impaciente porque la vea. Se siente guapa, el vestido no puede quedarle mejor, y nada, nada, nada puede salir mal esta noche. Se lo repite un par de veces, como si intencionara en la antesala de un portal mágico. Toma aire y cruza los dedos porque sus piernas colaboren y no la hagan tropezar.

Luc alza la cabeza al repiqueteo de los tacones, y Carla aparece por el salón con un vestido verde claro, anudado a la derecha, de un favorecedor escote en forma de V que resaltaba su pecho. El cabello recogido le trae al frente la fuerza elegante de sus rasgos, y los pómulos iluminados resaltan la línea de su mandíbula hasta el mentón, haciéndote caer sin remedio al reclamo salvaje de sus labios. Cuando Luc volvió a respirar, dio gracias al cielo por estar sentada.

—¿Qué tal? —Carla le pregunta un tanto vacilante, como si su boca abierta no fuera tan obvia como un cañonazo en mitad de la noche.

Da unos pasos más y llega al haz de luz de la lámpara. El delantero del vestido se abre y le deja al descubierto la pierna hasta el muslo. Luc levanta una ceja y baja lenta por ella. Se quedó enganchada en los zapatos, anudados al tobillo, y no se aflojó la corbata, porque su coquetería se negaba a estropear el outfit. Su silencio empezó a hacer mella en el arrojo inicial de Carla, que le preguntó indecisa.

—¿Te parece un poco...?

—Me parece demasiado —balbuceó, carraspeando después para recomponerse.

—¿Me lo quito? —preguntó, interpretando mal que Luc se acababa de quedar en coma.

—¿Eh? No —se apresuró a responder cuando salió del trance, y vio que la duda se formaba en el bonito rostro de Carla.

Se levanta y va hacia ella sin poder cerrar la boca aún. Los tacones retumbaron en el piso semivacío, y a Carla se le encoge el estómago ante su decidido avance. Paró frente a ella, sujetándola por la cintura con delicadeza.

—Estás... estás bellísima, amor —maldijo que todas sus neuronas decidieran aflojarse el nudo de la corbata a la vez.

—¿De verdad? —Un tic, con pretensiones de sonrisa, movió su comisura.

—Uff... Es que no tengo palabras para decirte lo guapa que estás —la examina, echándose hacia atrás para abarcarla como a un cuadro impresionista. —Caray...

—Si usas caray, y no joder, tiene que ser grave —le respondió con un destello de felicidad, que disipaba la tensión.

—Uff, sí... gravísimo —sonrió con el labio atrapado entre los dientes. —Pero oye —alzó la vista después de hacerle un escaneo de pies a cabeza. —Me parece una idea fantástica que te lo quites, pero después. Y dame, por favor, el gusto de que sea yo. —Su mirada tenía más argumento que sus palabras, y Carla sonrió con timidez, procurando sacudirse el nerviosismo.

Le encantaría tener más dominio de la situación en momentos así, y poder soltarle algo que la tuviera prendida en llamas durante toda la noche, pero se limita a asentir, porque ha tomado aire para hablar, y se ha quedado en una respiración profunda para liberar tensión.

Luc le pasa las manos por el cuello y procura mirarla a los ojos. Desde que la vio aparecer con ese escote, no piensa más que en cosas que podría hacer allí con la lengua, pero procura ceñirse al guion o Javi la matará si tardan más.

—Felicidades, amor. —Le ofrece una cajita.

—Jo, Luc. Te dije que no me compraras nada. —No quería llorar, pero el día se lo está poniendo difícil.

—Es una tontería —se encoge de hombros.

—Sabes que me encantan tus tonterías —dice dándole las gracias con un beso.

En la caja descansaba lánguida una cadenita de oro. Tiró de ella, desenroscándola de su reposo, y osciló hipnótico un fino colgante en forma circular. Al girar, la luz incidió en él, arrancándole destellos. Carla torció la cabeza bizqueando al enfocarlo, y al identificar el símbolo, su sonrisa se ensanchó feliz.

—¡Es una rueda del Dharma! —La ilusión brilló en sus ojos de lobo más que la cadena.

—Así es —confirmó con gusto.

—Pónmela. —Se volteó rápido, retirándose los mechones de su recogido. —Ahora entiendo por qué no había ningún adorno entre las siete maletas de ropa que tengo ahí dentro.

Ambas rieron por el minucioso plan urdido por Javi. Luc la pasó por su cuello, y el enganche se le resiste porque le tiemblan las manos. Una vez puesto, besó su cerviz.

—Carla.

—Dime —se volteó para mirarla.

—Tú también eres mi Dharma —le dijo sin duda.

Carla se mordió el labio, con los nervios instalados en una pierna. Al final, la harían llorar estos imbéciles con tantas emociones juntas para gestionar. Sujetó el colgante sobre su pecho, encerrándolo en un puño como un talismán contra la tristeza. No quería hablar o se rompería, y Luc, notando cómo pide tregua atosigada por tanta seriedad emocional, opta por soltarle alguna payasada que la aleje de la incómoda vulnerabilidad.

—Tú eres la Dharma, y yo el vagabundo, ¿vale? —Pero no surtió efecto, y se le mezcló la risa con el llanto, y tuvo que advertirla. —No, no, no, Carla, el maquillaje. —Pero terminó abrazada a ella, contagiándose de esa emoción tan placentera que te amenaza con llorar.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora